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LA TRANSPARENCIA DEL REFLEJO
Eva Feld
Qué te parece, querida,
!No te retires del habitante de los sótanos¡
Franz Kafka
Ojos verdes, piel áurea, donaire de niña bien, demasiadas tentaciones en 1950 para cualquier muchacho en esa ciudad industrial de Europa del Este. Eugenio sacó a bailar a Lya enseguida. El aguardiente de ciruela destilado artesanalmente, en alambiques improvisados y comunitarios, tenía la virtud de contrarrestar las jornadas laborales de cuarenta y ocho horas semanales, sin contar las voluntarias-obligatorias, que exigía el dictador ¡por la Patria! Cincuenta y cinco grados de anestesia etílica para liberar las vísceras y anestesiar la lengua.
Lya mantuvo la nariz respingada mientras Eugenio escurría sus dedos aviesos entre los almidonados pliegues de su vestido de flores, estreno de primavera. Ella le ponía freno, tanto que él prefirió irse a cantar y a beber con los demás varones. Creyéndose a salvo de las miradas capciosas de sus amigas, Lya se refugió en el tocador y sólo lo abandonó al recuperar el porte de su imaginario linaje. Cuando recobró el antojo, ya Eugenio abrazaba otra cintura y susurraba en otros oídos. Cincuenta y cinco tonos de rubor cromático para atajar la vanidad y los celos.
Así transcurría la mayoría de las fiestas, o mejor dicho, de las bodas. Abril era mes de casorios, como septiembre de viñedos. Eugenio no dejaba oreja ilesa, su lengua causaba estragos en todas ellas. Sólo Lya lucía impávida y, por lo mismo, era también autora de estragos en los oídos de las gentes. Era ella el sujeto de los más inconclusos e infundados chismes de la comarca, tanto eróticos -sine qua non- como económicos: era hija única de madre judía, en un país laico por decreto. Era nieta única de matriarca comunal y era, además, engreída y caprichosa. De todos modos, en las pocas ocasiones en que Eugenio soñaba despierto, Lya se le aparecía altiva como un augurio. Eugenio trabajaba en la construcción y tenía tal don de líder que sus colegas le obedecían gustosos. Todo: cal, polvo, astillas y clavos parecían más llevaderos si Eugenio organizaba, si Eugenio cantaba, si Eugenio reía. Además Eugenio repartía de buena gana los obsequios que recibía de manos agradecidas. Nadie conocía mejor el tejemaneje, el trueque, el intercambio, el soslayo. Diligencias, favores, encomiendas, gestorías, galanterías, zalamerías lo hacían imprescindible. Era un seductor nato. Chicas y funcionarios, secretarias y cuadros partidistas sucumbían ante sus habilidades. Todos menos Lya, hasta que Eugenio le pidió la mano. El matrimonio se consumó al abrigo del edredón relleno con plumas de ganso y funda de seda dorada. No faltaron tampoco sábanas color salmón con iniciales bordadas ni aros nupciales.
Poco duró la eterna felicidad conyugal. Apenas amainó el invierno, Eugenio anunció su partida. Había conseguido trabajo en la capital con el mero propósito de cumplir con sus nuevas ambiciones. Abandonaría el regazo de su joven esposa ingenua para incursionar en tareas más duras y mejores ingresos. Cincuenta y cinco por ciento de incremento salarial en pleno asiento político-administrativo.
Lya acató. Ahora tan señora del hombre más guapo y popular del barrio cacareó su nuevo status por toda la ciudad sin prudencia ni pudor. Pensaba que en poco tiempo se reuniría con su amado convertido en potentado. Podría entonces comprar jabón en el mercado negro y trocar café por perfume. Habría también limón, miel y nueces en la despensa para perpetuar postres, potajes ácidos y encurtidos, pero añoraba a su marido, pasear con él por la plaza y que la vieran. Sedienta, ávida y viciada, resolvió sorprender a su esposo. Algo por amor, y mucho por presunción, se resistió al desmayo. Aquello que encontró en la capital era inmoral, inhumano, desalmado, deslucido. Peor, halló indicios de mujeres, de eyaculaciones, de sacudones. Lya sacó trapo y mantel, cosió cortinas, colocó flores y exorcizó las sábanas a ramalazos. Tenía demasiado orgullo para llorar y excesiva juventud para renunciar. Ahora cerraba los ojos cuando desconfiaba y creía que todo era un asunto de apenas nueve meses, durante los cuales se sobrepuso a todas las náuseas posibles, no hubo humos de repollo ni de coliflor, chismes ni decires que apaciguaran su ilusión. Cuando al fin nació la hija tan deseada, Lya vio desvanecer ante sus ojos el final feliz de la historia de hadas que había estado tramando. Se le impusieron en cambio los rigores de la escasez y del sacrificio. Sin reponerse aún del alumbramiento, se le endurecieron los senos como piedras y la estremecieron escalofríos. Fueron días de escozor, de dolor, de llanto sin consuelo. Los sollozos de la niña acabaron con su ya lisiada compostura cuando, en pleno invierno centro europeo y tragándose la hiel del desengaño, tuvo que alinearse en interminables colas en procura de leche de vaca para los biberones, luego de exprimirse la suya propia, porque la niña la rechazaba. Se tornó peleona e irascible y para colmo comenzó a fumar. Reñían continuamente: ella le reclamaba tiempo y dinero, él aspiraba compartir con ella la carga familiar y le recriminaba que en vez de trabajar como lo hacían las demás mujeres, se quedara todo el día encerrada en el apartamento de una sola pieza fumando o espiando a los demás. Eugenio no se privaba de recordarle a Lya el carácter ilegal de su voluntario desempleo, trabajar era absolutamente obligatorio para todo el mundo. Una estricta vigilancia policial controlaba el cumplimiento de la disposición oficial de contingencia. Los planes, primero anuales, luego trianuales y finalmente quinquenales, fueron la columna vertebral de la política económica comunista y, por supuesto, rigieron la moral, las buenas costumbres y el régimen de premios y castigos. No hubiese sido digno echarle en cara algo que él podía resolver por otros medios, conseguirle un permiso médico no era un problema, pero la actitud de su mujer no sólo lo perjudicaba, sino que lo desesperaba. Enloquecido gesticulaba y levantaba la voz hasta hacerla llorar. Acababa siempre consolándola y dilatando cada vez más sus regresos de la calle. Ella se vengaba de él pidiendo dinero prestado, comprometiendo tanto el salario como la reputación de su marido y comprando superfluos bibelots para adornar la inútil vitrina que achicaba aún más el limitado espacio habitacional que compartían. A veces se reconciliaban en fogosos abrazos. Fue así como engendraron a Adriano.
El niño colmó las expectativas de Lya; era silencioso, frágil, delicado y requería muchos mimos y gastos. Eugenio tuvo que endeudarse aun más para sufragar los viajes al litoral que Lya les recetaba a sus hijos para así cobrarle las infidelidades a su marido. Las deudas en dinero y en favores sofocaban a Eugenio, no así las ausencias de Lya. Una nueva y definitiva amante, cuyas virtudes no cesaba de ponderar, revitalizaba su energía.
Las peleas entre sus padres se hicieron tan frecuentes y agudas, que Adriano fue presa del miedo al ver a su madre morir por primera vez. Los desmayos de Lya se hicieron recurrentes y Adriano sentía que el terror le apretaba al mismo tiempo el vientre y la cabeza. Sus tripas rugían con furor lo que su grito ahogaba. Por retortijones falló en los estudios y a la larga perdió también el ingreso a la universidad, el único salvoconducto que le hubiera permitido evadir el ejército. Con el abdomen –archivo- de frustraciones y más callado que nunca, fue sometido a dos años de disciplina militar, puro abono para su rabia incubadora de ambiciones, vivero de juramentos interiores. Emigrar, emigrar, emigrar, ese sólo mandato infinitivo primero, pero cada vez más imperativo, lo protegió de las heladas al descampado, del peso de bayonetas, de la hediondez cabría. El callar políglota de Adriano, su capacitación en la milicia, su porte distinguido, sumados a su natural discreción resultaban atractivos para la oficialidad por lo que no cundió sospecha alguna. Adriano cuidó celosamente todos los detalles para no perjudicar con su partida a sus familiares, ni a sus amigos. Había una y unívoca forma de hacerlo legalmente y consistía en hacerse comprar por divisas. Tejemaneje bilateral, acuerdos de Ginebra, tentáculos del sionismo. Apenas terminó el servicio militar ejecutó su plan al pie de la letra. Transcurrieron dos penosos años entre diligencias y quehaceres, dos años de aplazamientos. Era como postergar la vida sin dejar de vivirla. Ejerció oficios, asistió a bodas, que ahora ocurrían en cualquier época del año, pero, sobretodo, soñaba despierto con su futuro: incierto, sí, pero libre.
La escala en Jerusalén fue breve, pues un pariente lejano y matrilineal, radicado en Venezuela, le avanzó el billete marítimo. El viaje en barco subrayó los retortijones. De poco valieron los coqueteos de jovencitas en la cubierta, ni la mirada libidinosa de su vecina de camarote. Adriano viajaba hacia una meta, el recorrido le era indiferente. Tenía dos cosas claras: nunca más pobre, nunca más sometido. La curiosidad también le ahorcaba el íleon; en La Guaira lo esperaba el benefactor.
Don Alberto se impacientaba en el malecón. Miraba su reloj con ansiedad. Ni cuarenta años en Venezuela le habían servido para entender el horario nacional. Durante los primeros treinta minutos de atraso, le había contado a su nieto de diez años, su propio arribo a un malecón en Puerto Cabello y cómo los habían congregado en un campo de concentración, mal llamado campamento para inmigrantes, un horno... y cómo había llegado sin un centavo, con su mujer- “tu abuela”- preñada y el luto múltiple en la garganta por tantos parientes, tantos amigos muertos en la guerra. Don Alberto odiaba hablar de esas cosas. Había plenado su vida con tareas y deberes (durante la semana) y pesca con tragos (los fines de semana. Esperar a Adriano -y sobre todo recordar- le resultaba inquietante. A él nadie lo había ayudado.
Alberto era hijo de burgueses industriales y fue la guerra, la guerra, la que acabó con todo. Había tenido dos hermanos con quienes pelear o disfrazarse y una casa de campo para pasar los veranos. Había allí perros y gatos, viñas y ciruelas, se jugaba al rumy y se asaban chorizos. El sudor del mediodía y las lágrimas internas le secaron el aliento, de modo que el abuelo narrador pasó la segunda media hora de demora libando cerveza y aprovechando el helado que saboreaba su nieto, para contarle cómo se hacían los sorbetes y las cremas congeladas cuando él era niño; apoyaba su relato girando una palanca imaginaria y fingiendo que agregaba sal al hielo alrededor de un envase que contendría frutas y azúcar. “La sal provoca un fenómeno exógeno mediante el cual el hielo produce más frío al derretirse...”, explicaba el abuelo, siempre con un cuento en la manga, una explicación, un juego, una charada.
Don Alberto había logrado salir del infierno europeo persiguiendo el gran sueño americano que corroía sus fantasías. Para entonces palabreaba en inglés con la facilidad del que ya habla otros cinco idiomas, pero la ansiada visa nunca llegó del norte franco, tuvo que conformarse con el subcontinente del sur. Sus comienzos en Caracas fueron duros, no era un hombre gregario como la mayoría de sus coterráneos y su esposa -compañera de ilusiones y de vómitos en aquel barco libertario- había fallecido de parto, pero él era un sobreviviente y no cejaría.
Estaba casado ahora con una señora muy sí señora venezolana y de sociedad que nunca le revolvía sus dolores. Todo estaba más o menos en orden, en regla, en forma. Salvo que David, su único hijo varón, había resultado poeta y músico. Alberto siempre había pensado que los primeros inmigrantes eran hombres rudos pues debían abrirse camino con los codos, pero que los hijos de éstos, nacidos en cunas bien tendidas, lograban ser profesionales (ingenieros, médicos, abogados) y sólo en la tercera generación aparecían los músicos, los artistas, los poetas o los hippies. Eso de que David se hubiera adelantado a sus cálculos psico-antropológicos amateurs le preocupaba un poco por el asunto de la fábrica. ¿Impelido a importar a Adriano? : ¡sí!, lo reconocía, pues, aunque tuviera dos hijas más, no podía contar con ellas para garantizar la continuidad de su obra industrial. Su hija mayor era el fruto del primer matrimonio. Era una mujer librepensadora y autónoma, además de divorciada. Era la madre de este nieto que esperaba con él -por tercera hora- en el malecón; se llamaba Mariana como tributo a Francia, por haber sido concebida en tránsito y ser víctima de muchos desengaños amorosos que la gente atribuía a su sobredosis de rebeldía, a su pasión intelectual y a su sed de justicia. La hija menor, Margarita, vivía de fiesta en fiesta, estaba muy bien casada con un criollo (de muchos apellidos), emparentado con la aristocracia cafetalera de antaño y vinculado también al capital financiero,(con ramificaciones incluso en el exterior). ¿Qué le podría importar al yerno su fábrica?
Empatía súbita. Adriano atraca como anillo al dedo. Alberto, gozoso, reconoce en los ojos del recién llegado tres virtudes: ambición, discreción y respeto. Enseguida le adosa otras tres: curiosidad, atención, tesón. Adriano sólo calla. El encantamiento de Alberto genera en su nieto algo incierto hacia el desconocido, por primera vez Andresito pierde el sufijo diminutivo y se siente en familia, miembro de una tribu viril de triunfadores. Adriano, investido de paternidad, calla.
Gaitas y guirnaldas enloquecen la ciudad, es Diciembre. El consumismo febril, el calor y el acogimiento sofocan los intestinos de Adriano y narcotizan sus nervios inflamados. Por primera vez en las últimas cincuenta y cinco semanas reconoce un triunfo, pero contiene el suspiro. Son hallacas, le dicen casi al unísono Margarita y su tocaya y cuñada y mejor amiga de la infancia, al ver la cara de sorpresa del recién llegado. Ambas Margaritas lucen una elegancia, un aroma y una desfachatez desconocidos. Guacharacas, guacamayas, Guaira, guáramo, son palabras que le van remachando el tímpano a Adriano. Pareciera que las muchachas quieren versarlo en todas las excentricidades del idioma, del trópico y de la libido latinoamericana. Hay en esos gestos más que histrionismo y coquetería, nada que ver con las muchachas rusas, checas, polacas o húngaras. Ni siquiera la televisión le había mostrado nunca algo similar. Ajeno a su propio poder de seducción, Adriano abona la fantasía de las recién conquistadas callando. Las Margaritas no logran mantener el tenor de sus cuchicheos y se refugian - como desde niñas- en el vestiaire.
- ¡Es un encanto!
- Vamos a llevarlo a la boda del sábado.
- Lo presentamos como un conde europeo.
- No chica, como un barón.
- Ji ji ji ¡tremendo varón!...
Entre risas y chanzas, las muejres-niñas traman toda suerte de equívocos para la boda. Cuando regresan a la sala ven con malos ojos que Mariana en blue jeans y en perfecto inglés mantiene clavado en un diván al susodicho. El monólogo de Mariana incluye datos socio-económicos, verdades filosófico-existenciales, chistes y camaradería, pocas veces ha contado con un interlocutor tan solícito. Los hombres de la familia aparecen a la hora del postre, David carga la guitarra bajo el brazo y ameniza - para beneplácito de Adriano- el pousse café. Los maridos de las Margaritas avanzan frases de cortesía.
“Yo ser de Sudáfrica, supervisar minas, irme dentro de dos semanas. Sí, sí, yo arqueólogo, gustar aventura. Allá en selva vida peligrosa. Un vez estar con hutus atrapado en guerra, otra vez huir con Mandela de secuestro”. Adriano pide otro y luego otro Scotch. Sus historias maravillan a los habitués del bar La Zorra.
. . .
- No señor, yo no pedí Armagnac, debe haber una confusión.
- Señorita, es una cortesía de aquel señor que está sentado allá.
La joven, entre indignada y sorprendida, descubre a contraluz la figura de Adriano con mirada profunda y donaire a lo Sir Lawrence Olivier. Con la sonrisa en ristre, el hombre deja a la mujer con ganas de reencuentro. Mismo sitio, misma hora: Restaurant Les Chats.
Una tasca hedionda a cerveza, pimientos morrones y chorizo carupanero acoge todos los jueves a un hombre apurado y a su ambiciosa amiga. Allí, sorbiendo, ambos reacomodan la escala moral. A veces sin terminar el trago del estribo, se embalan hacia un motel cercano para acabarlo.
Adriano sabe de armas, de economía política, de construcción y de tejemaneje; conoce el soslayo, el trueque, las diligencias y las gestorías; aprendió manierismos y cortesías; maneja el lenguaje comercial y el financiero; domina la simbología monetaria y los pronósticos económicos; está versado en poesía y música, reconoce apellidos, parentescos y protocolos. No se piense ni por un instante que la doble vida de Adriano pudiera rallar en psicosis, o que su callar y su excesivo hablar tengan algo que ver con una doble personalidad. No, la vida oculta de Adriano es una válvula de escape, un cinturón de seguridad, una sana diversión histriónica frecuentemente útil para garantizar la continuidad de su juramento. Habiendo cumplido lo de “nunca más pobre,” quiere asegurar también lo otro. Jugando, actuando, camuflándose, enamoriscándose, puede zafarse -a ratos- de la sumisión afectiva.
Esta noche Adriano y Mariana cumplen dos años de casados, Andrés tiene casi trece, ya asoman en sus facciones ciertos rasgos de virilidad. La fiesta ecléctica reúne con elegante informalidad a muchos allegados. Mariana y Adriano representan el paradigma del triunfo, del amor. Ella ha adquirido la hermosura que brinda el sosiego. Él, el aplomo que proporciona el poder. Alberto y Andrés, cómplices del artilugio, brindan por primera vez en igualdad de tragos. Pero Alberto no obtiene respuestas de su nieto. No es que esté taciturno, ni que rehuya, simplemente calla. Al increparlo, el muchacho inventa una excusa pueril, aduce un dolor de estómago. Andrés sabe que no se trata de una excusa, en verdad le duelen las tripas y además no puede concentrarse en los estudios. Callar es un refugio perfecto para ocultar sus sospechas.
Alberto, solidario con su nieto adolescente, relaja el cuestionario. En verdad está absorto en sus propias reflexiones. Ahora que por fin puede dedicarse a viajar y a pescar porque coronó a un digno sucesor en la fábrica, le cuesta trabajo disimular su preocupación. Ha interceptado accidentalmente unas llamadas telefónicas de lo más curiosas.
En pleno canturrear de celebración del alba, interfiere una llamada telefónica urgente para la señora. Es Margarita, la tocaya de su hermana para disculparse sollozando: “Mariana, perdóname por no ir a tu fiesta”. “Gracias por llamarme, pero ¿qué te pasa?, ¿por qué estás llorando?”, increpa solícita Mariana; la respuesta apenas audible es un inquietante “por ti”, pero Margarita acaba de colgar el teléfono. “¿Por mí?”, se pregunta la anfitriona mientras acompaña a sus últimos invitados al umbral de salida. En vano busca por el rabillo del ojo a su esposo, tampoco se sorprende, hace semanas que Adriano encuentra la forma de escabullirse de la intimidación que le produce su mujer. A sus ojos y sólo a sus ojos conserva aún una fragilidad epidérmica aterrante. En su presencia se siente siempre desnudo, develado, acusado y reo. En tres o cuatro zancadas ha trepado la distancia que lo separa de la sala de baño de su recamara y le habla quedamente al espejo: “¿Cuál es la meta? Nada es mío: no tengo casa propia, ni hijos de mi sangre, ni ancla, ni nave? Efímero es todo cuanto me rodea, sigo sometido a las leyes del afecto y del efecto. Cada hombre de los que apretaron mi mano esta noche, con cordialidad me humilló, no tengo amigos comunes con ninguno, no tenemos nada que compartir” Al constatar que Mariana se demora con los amigos, Adriano se precipita sobre el teléfono celular y lo pulsa alegremente:
- Aló – responde solícita una voz muy familiar.
- -Doñita- dice Adriano con exagerado acento provinciano y su interlocutora interpreta prontamente su dejo de solicitud respondiéndole enseguida: “Espérese, ya le paso a Marianela”. El corazón de Adriano se regodea en la aventurilla, ensaya a tientas explicaciones para Mariana aún a sabiendas de que ella no ha de preguntarle nada. Al fin llega Marianela para retarlo: “Mi amor- le dice- te estoy esperando, ¿no íbamos para El Chicote, o era a La Zorra que íbamos?” La sola mención de los lugares ocultos adonde puede a ratos ensayar identidades le causa arrebato. “Hoy no mi amor, acuérdate que vamos el viernes, sólo te llamo para que no me olvides...”. Al escuchar los pasos de Mariana, Adriano apaga el teléfono y enciende el televisor con la certeza del que espera ver, hasta el amanecer, aunque sea en diferido, un buen partido de fútbol. Al entrar en la habitación Tatiana lo encuentra totalmente distendido, sosteniéndose con las manos la cabeza y absorto en el juego.
El callar no es un arma circunstancial para asesinar la incertidumbre. Tampoco una trinchera. Es el fruto de algunos sauces, sobre todo de aquellos que engañan los oídos haciendo creer que lloran a la orilla de los ríos. El callar es pulposo, áspero, parecido a la tuna, al jobo. Morderlo confunde. Allí donde sabe dulce se precipita la saliva para quedarse absorta en una desazón. Así fueron siempre los besos de Adriano: astringentes. Mariana llegó a disfrutar de la dentera que le producía aquel callar. La enorgullecía su propio paladar capaz de destilar, de aquel zumo acre, unas gotas de aguardiente. Uno que no variaba nunca en concentración ni tornasolaba jamás.
Sólo yo respondo ante mi misma por el pecado de extralimitación, yo, la que confundí el callar con el silencio y quise encontrarme cómoda en ese constante inventarlo. Cuando Adriano calla, yo me congracio con sus omisiones, me traslado a sus silencios anteriores. Ensalivo grácil su labio inferior rozándolo apenas con la punta de mi lengua, creo entonces en el poder de transfusión y en la propiedad de equilibrio que producen los vasos comunicantes. Acuno la tiesura de su torso. Creyéndome omnímoda, inventarío los surcos de su esbeltez hasta creer entender la clase de hambre que han padecido carencias.
Me complacen sus muecas cuando se endilga placer. Lo primero fue la boca para aprender a callar. Bebe Coca Cola con ansia, la trasiega a su organismo como quien pretende reparar un daño genético provocado por sutil malformación embrionaria. Haber sido concebido en lugar equivocado, en el paraíso de las aguas minerales, en la sede de los manantiales, en medio de fuentes termales, sólo aumenta en él la sed, de manera que bebe Coca Cola. Regurgita y yo inhalo su elogio y su beneplácito. De poder, burbujearía yo misma en su glotis. Calla y yo adorno su encono con impecables teorías psico-sociales. ¿Qué clase de hombres se levantaron en Europa del Este durante cuarenta años de comunismo? Me crezco para entender lo callado, ornamento lo que infiero, yo misma compro en vano galones de Coca Cola: no aplaco su sed. Calla y bebe. Se envenena. Incuba. A Veces, sólo veces, Adriano habla y yo aprendo con él todas las diferencias y asimetrías posibles relacionadas con los automóviles. Puedo diferenciar los que tienen seis cilindros de los que poseen cuatro por el ronroneo redondo de los motores. Sé que la colocación geométrica de las bujías no es casual y que inyección rima con combustión. Me maravilla la capacidad de Adriano para retener de memoria la marca y el año de fabricación de los carros y los números de todas las placas de las camionetas con las que se distribuyen las prendas que producimos en la fábrica; se sabe también todos los dígitos de todas las cuentas bancarias. La retentiva de Adriano abarca igualmente los teléfonos de nuestros principales proveedores, los de los clientes relevantes y los números de la cédula de identidad de casi todo el personal que labora en la empresa. Su memoria acoge con absoluta naturalidad el mapa plano de los lugares que transita, las capitales de todos los países del mundo y es capaz de actualizar su banco de datos geopolíticos a la velocidad con que se producen. Su apetito memorioso se emparienta congénitamente con el que padece por la Coca Cola, pues también archiva automáticamente los nombres, desempeños y nacionalidades de los principales beisbolistas, futbolistas, corredores y motoristas con una sed maratónica gaseosa. Admito con sorna un amago de sonrisa cuando lo escucho imprecar, totalmente inundado de adrenalina, porque Stoikov, el delantero búlgaro, cobra una falta según las normas y procedimientos que él mismo, Adriano, aprendió de niño jugando fútbol con amigos en las calles polvorientas o, las más de las veces, en los partidos locales que transmitía el único canal de televisión, el estatal. En cambio pierdo la contención al escuchar la narración del juego en un lenguaje venezolano. Dice el comentarista: “Estoico, estoico, estoico lleva la delantera”, “Estoico” repite y repite el narrador del juego de fútbol que vemos juntos en la pantalla por mi afán de compartir con él y he aquí que el gol de Stoikov, devenido fonéticamente “estoico” me lanza en catapulta hacia la filosofía ecléctica, tanto más ecléctica cuanto más abarque el balón blanco y negro objeto de toda la atención de Adriano y de todo mi degenerado sentido del deporte que me hace ver el momento entero en blanco y negro, sin matices ni claroscuros. Tomo su mano crispada entre las mías sólo para devolverle inmediatamente la libertad de manotear en el aire. Tomo las mías, acaricio mis propios dedos, me detengo allí donde se empalman. Logran mis manos tal liviandad que su roce se vuelve apenas perceptible. Es en el forcejeo de reducir el aire que separa mi piel de mi piel donde se aloja la caricia y los estoicos amagan y driblan dentro de mí hasta convertirme en comentarista del juego recién iniciado entre, Zenón, por un lado, y sus discípulos y Stoikov, el delantero estrella del Barça con su oncena, por el otro. Al minuto sesenta y nueve, justo cuando el partido con el equipo contrario acaba de igualar el juego a dos goles, avanza Zenón de Citio en su afán de demostrar, en el siglo IV antes de Cristo, el valor del esfuerzo. Adriano a mi derecha lo aprueba asintiendo. Asentir es a todas luces una palabra compuesta, ¿puede que la negación de sentir? Me recrimino: se trata de competir, de medirse, de pronunciarse por un equipo y de comprometerse con él. Es una cuestión de fidelidad, de preferencia, de toma de posición. No todo asunto ha de ser emocional ni afectivo. Vuelco el encono contra mi egocentrismo y en procura de la excentricidad vuelvo a toparme con Zenón, quien, para mi total sorpresa, apoya también al equipo catalán conformado ampliamente por fornidos jugadores del este europeo. Dice Zenón que los únicos seres en la naturaleza son los cuerpos y que su principio activo, la fuerza, es inseparable de la materia. El gran Estoico mete el último gol del partido, gracias al cual vence el Barça. Adriano aplaude con frenesí, también yo, que he sabido vincularme con su callar gracias al mío. Agotado por el esfuerzo de aupar, Adriano se entrega al sueño. En vista de que su callar ha sido sustituido, suspiro con alivio. Los estoicos en su estudio del conocimiento humano afirmaron que la impresión no es más que una afección pasiva. Me alzo aún perpleja por el golazo del estoico: “Vivir en armonía implica dimensionar la razón y la virtud. Somos todos hermanos, el sabio no debe conocer la pasión; debe abstenerse y permanecer impasible, insensible. La resignación ante el destino no impide, sin embargo, la crítica de la sociedad”. No por nada soy socio-antropóloga.
Amanece, acaba de despertar Andrés, viene pateando una pelota de fútbol. Está rubicundo, sudado, aleteando y con sed. Juntos preparamos un granizado de limón y lloramos de risa, él porque es joven y no puede contenerse, yo porque me he contagiado. La risa y el orgasmo son autófagos, se devoran a sí mismos sin jamás dejarnos ahítos. Ya no reímos, ambos bajamos la voz al recordar que Adriano duerme. Domesticados recordamos nuestros deberes, mi hijo se aboca desganado a las ecuaciones que ya son derivadas, yo sensualizo un almuerzo. Cocino masturbando lo vegetal, lavo el pepino parsimoniosamente y aún antes de comenzar a descartarle la piel, me da gusto recordar sus propiedades hidratantes. Llevo el fruto a mi rostro y lo voy girando contra mis pómulos. Largo rato me detengo en la comisura de los labios para prolongar en mí el deseo de morderlo. Un frescor como de rocío desprende el pepino en su recorrido colector de humores faciales. Luego lo cerceno en ruedas muy finas y lo salo profusamente. Su verdor pálido queda suplantado por un color que asemeja el del mar coralino cuando roza la arena. Allí lo dejo por unos minutos en un regodeo eyaculador. Cuando vuelvo a mirarlo, lo hallo aguachinado y sumergido en su propia secreción. Lo tomo en mis manos y lo exprimo al máximo, separando el cuerpo de la materia mediante la fuerza, sin determinar en cual recipiente queda almacenada la virtud. He intervenido la forma fálica, la he rebanado en ensalada. Sustituyo el exudado del pepino con una mezcla de azúcar y vinagre. Mis manos han quedado olorosas mas no saciadas, de manera que hurgo en la nevera en procura de materia prima para hacer croquetas. Ansío hundir los dedos, embarrármelos y hacerlos resbalar en la textura movediza del huevo que acabo de añadir. Que me arda la piel al rociar la mezcla con pimienta y reestablecer la forma fálica al darle volumen a las sobras del puré de papas. Aún así he quedado inconforme, ahora deseo henderme en carne al rojo vivo, aderezarla con ajo, con pan y leche, arrojarla en aceite hirviente. Listo el almuerzo dominical, sobregiro en Adriano, vuelvo a pensar en él y en su capacidad de retener. Noto que cuando alguien le induce un nuevo listado da un respingo adrenérgico. Entonces veo florecer celo en los anclajes de mi cuerpo. ¿Existe un lugar corpóreo y material adonde vierte, cual semen diferenciado, semejante caudal de información retenida? ¿Un espacio amatorio adonde se confunde y fluye? No basta auto flagelación ni penitencia para purgar de mí el análisis ni la duda, pero tampoco me abandona el resquemor. Coca Cola y memoria cuantitativa son apenas dos de las descarnadas apetencias insaciables que padezco con Adriano. El hambre que lo muerde me amordaza. Aso potajes para su alma: que se vista a la mejor usanza; que demore sus regresos de la fábrica; que deje tras de sí una estela de pespunte. ¡Qué se sacie! y no siga alimentando en mí una compasiva tolerancia. Allí viene. Hola, me dice llano. Hola, le respondo y me sueno mal. Me traiciono con un requiebro. Diligente me adelanto a las expectativas que arbitrariamente le impongo. Ha de tener hambre. Se cierne sobre nosotros un silencio impío. No logro contener la catarata de preguntas amables y edulcoradas que me han enseñado a formular para agradar. El signo interrogativo arranca de Adriano enroscadas y cortantes virutas monosilábicas. Me salva la proximidad del equinoccio de otoño, la idea de concretar el viaje del que hemos estado haciendo conjeturas desde que nos casamos. Él se lo debe a su familia y a sí mismo. Un regreso triunfal del ultramar promisorio, llevar consigo a su flamante esposa. Así como nombrar la soga en casa del ahorcado equivale a denostar, sería el mostrar plenitud en el seno de la carestía. Pienso sin decírselo que no debería injuriar a los que se quedaron exhibiéndoles sus conquistas materiales. Me consuelo acechando claves para una mejor comprensión. Imagino que al conocer a los suyos, a sus iguales o parecidos, hallaré alivio. Además, se trata de un viaje al lugar de mis propios ancestros, es decir, al de sus propios callares. Si mi esposo para ocultarse trama de enumeración cualquier conversación, mi padre, en cambio, las salpimienta con relatos. No he conocido jamás a alguien más capaz de narrarse. Así me ha mimado. Así le he escuchado hablar de escritores inéditos en español que han convertido la descripción de una escena en paroxismo de lenguaje; de historiadores que convierten los hechos cronológicos en apologías; de sus propios maestros injustamente enterrados en conocimientos anacrónicos; de tíos decimonónicos y amigas picaronas y de cómo se salvó de ser deportado en la Segunda Guerra. En cambio jamás me ha hablado de los tipos de carnada que utiliza para pescar, ni me ha nombrado los peces que logra atrapar. Ignoro la marca o el caballaje de la lancha que pilotea los fines de semana, o del vodka que bebe, menos aun de las máquinas talladoras de la fábrica. Las caricias de mi padre se manifiestan sonantes en historias que no se repiten y que nos dejan alelados a Andrés y a mí. Por eso la idea del viaje cobra aún más en misterio. Planeo viajar en el tiempo, curo y curto una retrospectiva. Me espera en la misma galería la última escena que vio el que huyó del nazismo y la del escapado del comunismo. También pretendo comer salchichas como las que se asaban en la casa de campo de mis finados abuelos y beber aguardiente del que anestesia la lengua. Se lo hago saber a Adriano.
-¿Me mostrarás, querido, la escuela donde estudiaste? ¿Me harás ver lo que ni siquiera sospecho?
-El avión hace escala en Frankfurt, allí probarás la verdadera milanesa de ternera y la torta Selva Negra. La próxima escala será Budapest, ya verás cómo es el gulyas preparado con los verdaderos ingredientes y las salchichas y los encurtidos en vinagre; bajaremos por Rumania, tengo una entrevista con el ingeniero Pruteanu sobre las condiciones para que importemos algodón de hilado grueso. Lo he estado sopesando para la implantación de una línea de franelas aptas para los jugadores de béisbol y que puedo negociar con el Instituto Nacional de Deportes bajo condiciones favorables de pago mediante la apertura de carta de crédito pagadero a noventa días directamente al proveedor, de manera que lo que voy a negociar es el descuento y la comisión porque de ese modo rebajaría el riesgo y los gastos de cobranza, amén de ahorrarnos la fianza de fiel cumplimiento. Podríamos invertir la ganancia en una maquinaria que nos permita la fabricación en serie – mediante control numérico- de uniformes escolares para el año lectivo que viene. La perorata le ha abierto la sed, me lo indica su tos entrecortada y nerviosa, le sirvo presurosa una Coca Cola y le digo, casi en un susurro, que me encantaría que me hablara de su mamá. Acaso pueda parecerse en algo a la mía, a quien nunca he conocido. Como respuesta calla callando. Por no llorar, hablo de mi abuela. Lo hago a borbotones, pero ni desenfrenándome puedo evitar los punzantes celos; en mi cabeza bulle la inocente confesión tácita de Adriano, quién, si no Margarita, le ha llenado la cabeza del listado que lo encabrita, quién si no Margarita, la viajera contumaz, la hedonista, ha despertado en él el afán enumerador de destinos turísticos, de platillos típicos, quién, si no Margarita, es la responsable de su nueva manera de vestirse, acaso no la he escuchado ponderar el estilo protagónico que distingue a quienes portan las prendas diseñadas exclusivamente por su amiga Margot, recién llegada de Nueva York.
Adriano estira el cuello y sacude levemente los hombros para asegurar la perfecta caída de su camisa de estreno. Ni la duda ni la certeza me impiden seguir informándole, en un largo monólogo que no sé si está armado de sonido:
-Allí verás sentada en la cocina a la abuela húngara, en invierno como en verano, cumpliendo con los rituales de la vida para que no se le escape la razón y repitiendo en alta clara e inteligible voz, para escucharse bien a sí misma, pues nadie más está allí con ella, que sólo quiere vivir mientras pueda conservar las tres independencias básicas: la económica, la intelectual y la física. Que no le envíe el Estado a ningún voluntario de la comunidad y mucho menos a una enfermera para cuidarla o acompañarla; que nadie ahuyente a sus convidados invisibles; que nada interrumpa sus tertulias con su finado esposo, con su padre, con su profesor de latín, allá en su Miskolsz natal a comienzos del siglo veinte; que nadie pague sus cuentas ni le envíen ninguna caridad. No le cuenten tampoco como es el mundo porque ella lee el periódico a diario y escucha las noticias en la radio y en la televisión. Ha vivido las dos guerras mundiales, la revolución de 1956, y conoce el olor de la muerte. Por eso mismo ha desterrado la autocompasión y nunca llora. Tampoco se salta ninguna comida del día. A sus noventa y tres años se prepara, en una olla que parece de juguete, una papa y, en otra, aún más pequeña, fríe cuatro higadillos de pollo con cebolla. El asunto se narra mucho más rápido de lo que en realidad se tardan estos sucesos en ocurrir. La hornilla tiene sus trucos y sus mañas como todo en ese apartamento intacto por más de cuarenta años. Entre sus dedos cansados, las cerillas de madera lucen rudas, da miedo que pueda herirse o quemarse, pero ella es muy diestra en el manejo de la cotidianidad y logra el milagro de cocinar sin percances tres veces al día. Para el desayuno pulveriza el café en grano en un molino eléctrico de los primeros que salieron al mercado y que en sus manos sigue funcionando; para la cena, varias veces a la semana, se reclama moderna y prepara un sándwich y un té, aunque a decir verdad prefiere un yogurt porque es más sencillo y mucho más digestivo. Se sonríe casi todas las noches al decirse que quiere morir sana. Está sola en Budapest, su esposo falleció hace diez años, su única hija, hizo la América en la posguerra y aquí murió. A su única hermana la deportaron en 1943 y nunca regresó; sus dos hermanos varones también vertieron un océano en la reconstrucción de sus vidas, más allá, más lejos: en Australia. Una amiga le queda, sólo una. Las unen tantas coincidencias como diferencias. Elizabeth se llaman ambas y son viudas las dos; viven a una cuadra de distancia, estuvieron casadas con ingenieros civiles y son judías no practicantes. Pero la una es delgada y de frágil digestión mientras que, epicúrea, la otra se engolosina cocinando, en ollas grandes, humeantes platazos de gulyas con ñoquis y complicados repollos en hojaldre o preparando jarabes aromáticos para almacenar guindas en almíbar. Elizabeth, la mía, es introvertida en oposición a su tocaya extremadamente sociable y permanentemente acontecida por eventos truculentos y fraudulentos chismes, a los noventa años aún no ha perdido el vigor, hay que verla trepar cinco pisos en las escaleras de caracol de un edificio de siglos pasados, hay que verla hacerlo con bolsas de cinco kilos en cada mano. Vive con dos gatos a quienes les habla cordialmente. Hay que verla llegar a casa de mi abuela desdeñando el ascensor, pues qué son para ella apenas dos pisos y además de esos, más modernos, con descanso intermedio. Siempre le trae algo, por lo menos un frasco de encurtidos o pastelillos salados decorados, por el sabor, con semillas de comino. Estos encuentros no ocurren más de dos veces al mes y Elizabeth, la mía, queda siempre aturdida con los desafueros de Elizabeth, con sus historietas de la vida menuda. Cuando aliviada recobra su preciosa soledad, regresa a su salita de estarse y echa mecánicamente una mano de solitario. Su mente no está en las cartas sino en el hogar matriarcal de Miskolsz. Allí está, conviviendo con sus padres, sus abuelos y sus hermanos. Hay muchos animales en esa casa: caballos que tiran de los carros repletos de madera pues de eso vive la familia; perros guardianes y gallinas que alcanzan las migajas de la mesa de la cocina cuando logran escaparse del corral. Allí manda su abuela, una señorona que disfruta del arte de victimar a las demás mujeres, excepción hecha de Elizabeth, su nieta favorita, que todavía es niña. Los demás pequeños de la casa ni se enteran de la nimiedad, los dos varones se la pasan peleando, jugando, armando lío; la más pequeña es la niña de los ojos de su mamá, ¡qué conflicto adorar a la madre y que ésta adore a su hermana! Aquello que se vislumbra como un mini drama común, corriente y familiar es interrumpido abruptamente por la Gran Guerra. El padre debe marcharse al frente. Algo que no llega a definirse como celos queda suplantado por algo que no llega a ser tampoco duelo, pues no le falta amor a Elizabeth ni ha muerto su padre, pero a los catorce años, la pequeña Elizabeth ya tiene fibra de escritora y como tal va viviendo internamente magnificados todos los sucesos. Así mismo se destaca en la escuela, ya recita de memoria y en latín a Ovidio y las cuitas de Catilina y a los quince, cuando su padre regresa apocado de la Primera Guerra Mundial para encontrar el hogar devastado económicamente, como lo está todo el país, Elizabeth advierte en las nuevas y frecuentes ausencias del padre un olor a dolorosa felicidad. Ella ignora que los escapes del padre tengan que ver con el amor furtivo, hasta que descubre en su propio cuerpo ese mismo aroma oleoso. El profesor de latín, apenas apuesto, pero muy culto, la escolta por las tardes del liceo hasta una cuadra antes de llegar a su casa. A veces sus manos se rozan en el vaivén rítmico del paso acompasado que llevan. Apenas se gradúa con honores de bachiller en humanidades, la niña es enviada a la capital porque el profesor es un hombre casado y Elizabeth está peligrosamente enamorada de él. En la ciudad provinciana de 1920 donde vive el matriarcado Friedman se desconocen las vanguardias, se desentienden, se condenan. Privan en cambio las premuras económicas, hay muchas bocas y poca comida. El hambre intelectual de Elizabeth ofende. Budapest también está afectada, cuesta en ella sobrevivir, más aún si se pretende al mismo tiempo estudiar, Elizabeth lo intenta. Ingresa a duras penas en la Universidad y trabaja en una tienda. El dinero apenas le rinde para pagar una especie de buhardilla en un ático. Para dormir sin calefacción no basta la frazada ni los suéteres tejidos en casa, ha de cubrirse con la alfombra, pero, aún así, tirita. No por ello desmejoran sus calificaciones en latín y literatura; se destaca también en francés y es gracias a ese don que alguien la recomienda como institutriz en una casa acomodada. A cambio de sus servicios, le ofrecen un buen almuerzo, la calidez familiar y unos pocos centavos para cubrir otros gastos. Mas poco a poco la familia se va resintiendo a las pretensiones que tiene Elizabeth de salir todas las tardes por lo que la colman de exigencias. Se le acumula la ira en las encías, ¿no entienden esos señores que ella no es Cenicienta? Se aproximan las vacaciones de verano y una pariente querida, que vive en Transilvania, la invita a pasar allí el estío.
El timbre del teléfono sacude a los esposos. Mariana ignora cuánto rato lleva recordando la historia que su abuela le ha contado mil veces. Adriano carraspea para, a su vez, aclarar su propia voz interna que no ha cesado de pensar en los beneficios del viaje y sobre todo en la estrategia gerencial para que todo funcione a la perfección durante su ausencia. La llamada es de Margarita. También ella carraspea al escuchar junto a la voz de Mariana, la de Andrés, pues ambos han atendido el teléfono al mismo tiempo. Margarita se disculpa, ha marcado el número por equivocación. Mariana se vuelca hacia Andrés, para quien los estímulos tecnológicos funcionan como transbordadores. “En serio, hijo, -le dice- ¿cómo puedes atender el teléfono mientras estás conectado simultáneamente a la computadora que a su vez despliega seis micro pantallas; a dos equipos para escuchar con el oído derecho la última interpretación de Yngwie Malmsteen y por la izquierda la narración diferida del juego de fútbol, en el que se ha lucido Stoikov?” Andrés mira a su madre sin conmiseración ni arrogancia, ha estado escuchando su monólogo sin que ella hubiera siquiera advertido su presencia, como sola respuesta juguetea con el teléfono inalámbrico de última generación sin lograr entender que Mariana esté contándole a Adriano la historia familiar, circular y sin fin, cuando debería darse cuenta de su desinterés; ella no reflexiona sobre la posibilidad de no estar hablando.
Bajo el comando remoto de la fatalidad, Mariana prosigue con su relato mientras Adriano continúa sacando cuentas mentales y aplicando someras reglas de tres a la trigonométrica operación comercial que lo ocupa. Cada uno enclavado en su propiedad existencial sobrevive a la forzosa convivencia dominical. “Tendré enorme placer en conocer a tu abuela” musita Adriano, como si hubiese escuchado. La somera cortesía catapulta en Mariana un designio matriarcal, un mandato de perpetuación, una investidura. Siente que al hacer la crónica familiar, enraíza el amor conyugal y también el filial. Cree convertir en presente su patrimonio vivencial. Adolescente se revuelca en inconclusa remembranza:
- No se sorprendan, queridos, cuando conozcan a mi abuela. En cada pliegue de su piel lleva incrustada la réplica total de una decepción histórica.
- Mamá: ¿no has visto mi compact de U2?- interrumpe Andrés con plena intención de rescatar a su madre del afán memorioso, al padrastro del yugo densamente apalabrado y a sí mismo que en verdad precisa de un tono ligero, coloquial, gesticular y cariñoso. No contento con irrumpir, se aprovecha de su robusta corpulencia para alzar a Mariana en vilo y recorrer con ella en ristre toda la cocina. Ella prorrumpe en carcajadas y mientras más la hace girar el hijo, menos se percata de que Adriano aprovecha el momento para huir. Él no piensa en demorarse, sólo en darse un tiempo para dejarse estar en un lugar que le sea ajeno, en un espacio adonde pueda inventarse una identidad y oficiar una frivolidad. Espeta un “ya regreso” tan discreto como inaudible y gana la calle a pie con la naturalidad de quien sale a caminar, sin darle chance a Mariana de quererlo acompañar y sin que Andrés pueda retarlo a trotar varios kilómetros. No bien cruza la primera esquina que lo separa de casa, Adriano llama un taxi desde su inseparable teléfono celular y al cabo de cinco minutos, y de unas manzanas de recorrido, es alcanzado por un diestro conductor a quien le pide, con exagerado acento británico que lo lleve a dar una vuelta por el barrio “Manicomio”. Madhouse, casa de locos, cómo puede llamarse así un barrio, da risa, una risa de locos. Me río de mí mismo que pongo en peligro lo que tengo por el sólo placer de espiarla, de adivinar, a través de las paredes de su casa, cómo se desviste, cómo aparecen sus nalgas que aun no he visto, sus pechos cuyo aroma me las anuncian delicadas y erectas. Sus usurpadoras bragas han de estar aún clavadas invadiendo su hendidura. Me río de mí, que no sé lo que busco en ese cuerpecito ceniciento con tal de oír latir mi corazón aletargado. O simplemente reír como ríen los personajes en las telenovelas que me enseñaron a hablar el idioma de este país. Hablar como el pueblo, pronunciar y escuchar “mi amor”, oír y decir “te amo”. Creer en promesas. Beber cerveza. Ver un juego de pelota en la televisión con alguien que se muera por ir al estadio para disfrutarlo en vivo, al calor, con los demás. Ser fanático. Parecerse. Soltar una carcajada o una grosería. No otra cosa ha de ser la libertad.
- ¿Qué te pasa Mamá? –inquiere Andrés a sabiendas de la respuesta- no te pongas sentimental. Ven mejor a mi cuarto. Te reto y te invito a un viaje. Acabo de quemar un programa estupendo de laberintos tridimensionales. ¡Anda!- insiste zalamero.
Mariana ríe por encima de sus propias carcajadas porque Andrés ya está de nuevo dispuesto a cargarla, decidido como está a no aceptar un no como respuesta. Mucho menos a permitir que su madre se vuelva a embarrancar en la historia interminable de esa antigua abuela lejana. Andrés la remeda cariñoso, “yo se mamá que fue un alivio para mi bisabuela que una tía de ella. ¿Ilona no?, una mujer culta y casada además, en segundas nupcias, con un interlocutor fantástico la rescató de Budapest y que sus días en Transilvania se sucedieron con tanto placer que pasaron demasiado rápido. Me encantaba que me lo contaras cuando era pequeño pero ahora quiero que juegues conmigo y me ganes”. Mariana hipa de la risa, se recoge el cabello en un moño y sube apresurada las escaleras con su hijo, saltando los escalones de dos en dos, de tres en tres, y en el esfuerzo calórico se da cuenta de que también ella es capaz de participar en tres o más actividades mentales, físicas o cibernéticas a la vez. Le hace gracia seguir rememorando los cuentos de la abuela mientras manipula con cierta destreza el comando alterno de la computadora. Se le bifurcan las palabras, se trillan. El pasado remoto y el presente incierto se le sobre imponen. Ella, la incrédula por excelencia, le da conscientemente prioridad a los relatos de Transilvania porque se cree protegida de sí misma, tan ávida y tan dispuesta a convertir la cotidianidad en acontecimiento. Al forzar en mantra la repetición de los cuentos conocidos, se permite omitir las sospechas que la carcomen desde que Adriano ganó la calle. Run run mula mula run run suena el juego cibernético indicándole que va ganando por conmiseración de su hijo que le da ventaja, Aún así, ella no cesa de ronronear internamente la inconclusa historia húngara de 1923: Enseguida parecen estar llegando a su fin esos meses de sosiego y comunicación intelectual, en Transilvania. De los libros y los pensamientos acaban saltando a las intimidades, a sus problemas. Pareciera que traman, que urden y que confabulan, cuando en verdad sólo conversan. Elizabeth ha hallado en Ilona y en su esposo la patria que necesitaba, pero una angustia muerde las vísceras de sus interlocutores, se trata de su único hijo, Pablo, “un buen muchacho, pero frívolo y desenfocado”. Sin darse cuenta les va resultando cada vez más natural el emparentarse. Sólo una mujer tan asertiva y atractiva como Elizabeth podría hacer entrar en razón al saltimbanqui y ella, a su vez, podría salvarse de las penurias económicas quedándose en Transilvania. Cierto que prescindiendo de la universidad, pero sí enrolada en la escuela de la vida, bajo la conducción del ahora cómplice tío y prospecto de suegro. Un enroque casi perfecto sin garantía de triunfo pero con excelentes posibilidades, al menos mucho mejores que cuidar hijos ajenos, en Budapest, bajo un régimen de feudalismo tardío. Pablo accedió a ese matrimonio como a todo aquello que le resultaba fácil. Si Elizabeth hubiera sido latinoamericana efusiva y grandilocuente, habría descrito su vida marital como una catástrofe. En cambio decía con la mirada perdida en el pundonor que su novel marido se la pasaba leyendo novelas de aventuras y luego sólo quería hacer el amor. Aquello debía sonarle entre cursi y desventurado, pues inmediatamente se corregía: “quería sexo, sólo sexo”. En consecuencia quedó muy pronto embarazada y según los usos y costumbres fue circunscrita a labores domésticas. Tejía, bordaba, confeccionaba y, viéndose crecer la panza, musitaba: “Si eres niña he de llamarte Marianne en honor a Francia, a la cultura, a la poesía, al pensamiento”. Le susurraba en francés a su bebé con más determinación intelectual que amor, pero no se quejaba. Cubrió todas las mesas con carpetas tejidas en macramé; los respaldares de las poltronas con delicados puntos de croché; vistió la cama matrimonial con un cobertor cuya labor le llevó varios meses y todo esto sin descuidar sus estudios. Leía de noche, cuando todos dormían para no suscitar en nadie el deseo de desaconsejarla. Le encantó Verlaine : Il pleut dans mon cœur/ comme il pleut sur la ville/ Quelle est cette langueur/ qui pénètre mon cœur ? Y lamentó tener que devolver el libro a la biblioteca. Prefirió aprenderse algunos de sus poemas de memoria, antes que escribirlos en cuadernos a la usanza de las chicas románticas a quienes desdeñaba. A nadie perturbó hallar entre sus papeles encendidos manuscritos dedicados a Paul, nunca habrían sospechado que Elizabeth obedecía al diapasón existencial que vinculaba a Paul Verlaine con Arthur Rimbaud, ni que escribir en francés le permitía regresar a un París imaginario. Creían complacidos que afrancesaba el nombre de su esposo. Cuando nació Marianne, Pablo se volvió intolerablemente celoso y posesivo, pues a su natural inmadurez se le sumó un inhóspito machismo. La pequeña sietemesina vino al mundo en pleno invierno, hubo que acondicionar la cuna con más trabajo que ingenio: primero se colocaban ladrillos en la chimenea y luego, valiéndose de tenazas, se sacaban del fuego, se envolvían en gasas y se ponían cerca de la recién nacida para mantenerla en calor, fue un milagro que sobreviviera. El agua del inconsciente erosiona. Por muy resistentes que sean las paredes del dique de contención, el agua del inconsciente siempre encuentra su cauce. Apenas destetó a su pequeña, Elizabeth regresó a la biblioteca y a los libros y pronto encontró con quienes compartir sus lecturas. Eran dos ingenieros civiles, Tibor y Bandi, judíos y cultos, que hallaron agrado en frecuentar a la joven y docta señora. Elizabeth contaba con el apoyo de su suegro para justificar aquellas tertulias vespertinas infrecuentes pero nutritivas. Idéntico interés demostraban ambos amigos, idéntico trato preferencial recibían los dos. Mas pocas veces son evidentes, para quienes en verdad se aman, los detalles sí accesibles a un tercero; por ello fue Tibor el primero en darse cuenta de las incipientes grietas que se dibujaban en la contención de sus amigos. Una tarde se demoró en llegar y Elizabeth recibió solo a Bandi con las mismas atenciones que les dispensaba siempre a los dos, con el mismo saludo y sin preguntas. Bandi también se hizo el desentendido y repitió sus pequeñas rutinas con similar parsimonia: el abrigo, el sombrero, el agudo comentario político, el escueto pellizco intelectual desde la misma poltrona desde donde podía observar ahora a Elizabeth de espaldas, sirviéndole, en un vaso corto, un trago de aguardiente de ciruela. Aquel proceder de Elizabeth le pareció encantador y ella se sintió mirada con tanto fuego que dilató cada movimiento porque temía que se le notara el ardor en las mejillas. “Betty Blau –espetó él con determinación- yo me quiero casar con usted” “No puede usted casarse conmigo, Bandi, -respondió ella con similar certeza- sólo puede Usted casarse con nosotras, porque bien sabe que tengo una hija”, a lo que respondió él: “Faltaría más. Jamás me casaría yo con una mujer que abandonara a su hija”. Que él además la hubiera llamado Betty Blau, en vez de Elizabeth fue un acierto que marcó para ambos una rutilante complicidad. En el recién inventado pseudónimo advirtió ella un reconocimiento a su talante, a sus intereses, a su verdadera identidad. Después de este diálogo transcurrieron varios años calamitosos, pues cuando Pablo supo que se hablaba de divorcio, se enfurruñó y pataleó como un niño y quiso quedarse con todo. Cuando Elizabeth lo recuerda aún siente rabia: “tuve que dejarle hasta mis vestidos, mis labores, todo”. Hablar de divorcio en 1930, en una pequeña ciudad de Transilvania fue apenas el entrenamiento para regresar a su Miskolsz despojada. Enfrentó el gélido recibimiento de su familia matrilineal con entereza y hubo de pasar allí dos infinitos años hasta que efectivamente saliera el divorcio. Bandi mientras tanto seguía trabajando en Transilvania. Esos setecientos y tantos días fueron los más felices en la vida de Marianne, pues en ella volcó Elizabeth todo su afecto, toda su dedicación, sin reparar en que, más que mimarla, minaba a su pequeña sembrando en ella futuros resentimientos, pues no bien salió el divorcio tuvo que dejarla en Miskolsz para emprender una vez más la vida en Transilvania. Una vez que estuviera bien establecida la buscaría nuevamente para brindarle, por fin, una vida burguesa, con un ingeniero respetable. La niña dejada atrás contrajo escarlatina. Luego de largos meses de separación, Elizabeth cumplió su palabra pero el regreso con su hija no fue lo que esperaba. Marianne no conocía el concepto de autoridad masculina, ya se sabe que provenía de un matriarcado y que su propio padre era un niño. Aquel hombre grueso y circunspecto, que le había robado a su madre, pretendía educarla y su madre convenía en ello. Elizabeth nunca pudo comprender las quejas de su hija cuando ya mayor le reclamaba, por ejemplo, que ni siquiera la hubiera dejado asistir a la escuela como a otros niños, para que al menos pudiera distraerse. “Bandi no quería enviarla al colegio rumano, sabía que tarde o temprano regresaríamos a Hungría, así que yo le daba clases y la hacíamos presentar los exámenes allende la frontera. Marianne era muy inteligente y era un placer enseñarle todo cuanto fuera humanidades. Más tarde, cuando comenzó a ir a la escuela húngara, Bandi se desesperaba con ella tratando de enseñarle matemática y ella acababa siempre llorando”. Los años felices son los que más rápido transcurren, de modo que en un abrir y cerrar los ojos y de vuelta a Hungría, como lo habíamos aspirado, llegó la Segunda Guerra Mundial y con ella las movilizaciones de los judíos a los guetos. Nos impusieron el uso de la estrella de David amarilla cosida al saco. Enviamos a Marianne pronto a la embajada de Rumania a ver si como ciudadana de ese país, por haber nacido en Transilvania, le daban la visa, para enviarla a casa de su padre, que aún vivía allí. Era ella una pelirroja muy bonita, con ojos vivaces y donaire natural, así que cuando llegó a la embajada de Rumania enseguida fue acogida con cariño y simpatía. Lo primero que le recomendaron fue que no usara la estrella distintiva de los judíos y le dieron inmediatamente el salvoconducto. De modo que ella pasó la Guerra sin los traumas que nos sacudieron a Bandi y a mí”. Dos de los peores traumas que recuerdo del relato de mi abuela tocan fondo en la memoria del superviviente: Una vez vinieron a desalojar de judíos el edificio donde vivía, ella estaba sola y muy asustada en el apartamento en ese momento. Se escuchaba el tropel y la movilización. Era invierno y para amainar el frío detrás de las puertas se colocaba una cortina a manera de segunda protección. Desde atrás de esa cortina trataba de entender lo incomprensible y escuchaba órdenes a gritos. Su corazón latía con tanta fuerza que pensó por un momento que era audible a distancia. De pronto escuchó vehemente la voz de la conserje asegurando que en ese apartamento -en el que ella estaba- no había nadie y cuando los guardias echaron abajo la puerta, le dio tal manotón a la cortina que la desprendió y abuela quedó tan ovillada dentro de la cortina que pasó desapercibida. No bien llegó Bandi, debieron abandonar el inmueble, dejando, una vez más, todo atrás, apenas con la ropa que llevaban puesta. Qué pronto se dio cuenta Betty Blau de lo mal que había escogido los zapatos, más que por el miedo a los guardianes del orden y de los soldados, sufría por sus pies. Había pensado, por precaución, en los zapatos más nuevos y resistentes, sin reparar en otras consideraciones. Fue en esa primera y no única caminata interminable, en búsqueda de asilo seguro, donde se le deformaron los pies. Era como caminar sobre tachuelas y brasas vivas, le daban ganas de sentarse en el primer banco y de cerrar los ojos, pero para eso estaba allí Bandi, para pensar en los dos, para conducirla sin titubeos hasta el anexo de un sótano en el que se amontonaban otros judíos, tan peregrinos y amenazados como ellos mismos e igualmente apremiados. Allí estuvieron refugiados hasta que una bomba acabó con el edificio en cuyo sótano anexo se hallaban alojados y desde el cual emergieron creyéndose muertos y en tránsito hacia otras muertes. Si algún don ha tenido mi abuela en su vejez, ha sido el de no complacerse en los dramas. Nunca entendí cómo hace para compensar sus historias dolorosas con gentiles remembranzas pequeño burguesas: “Cuando acabó la Guerra- le gusta narrar- tuvimos que renovar nuestros documentos y Bandi se encargó de mi cédula y de mi pasaporte, como siempre, de todo. Cuál no sería mi sorpresa cuando vi que había declarado bajo fe de juramento que su esposa era rubia de ojos azules, cuando mi pelo era castaño ceniciento y mis ojos siempre han sido pardos. Jamás habló Bandi de sentimientos, menos que menos de amor, en cambio me había dicho siempre que le gustaban las mujeres rubias de ojos claros, así me veía él”.
Entre Budapest y el lúdico laberinto cibernético de Andrés continúa hilándose, como hebra torcida, una sospecha sobre Adriano. Mariana no quiere permitírselo, tampoco puede evitarlo. Lo ha visto salir demasiado ataviado como para una caminata, demasiado intempestivamente como para tardar tanto en regresar. Callar es campo fecundo de imperecederas contradicciones, un erial de ideas. Calla para ausentarse, se ausenta para callar. Tarareo esas palabras como canturreando una canción infantil y Andrés me mira con ese reojo tan propio de él.
- ¡Cantas! ¿Quieres que hagamos un registro de tu voz? No ha concluido Andrés la propuesta cuando ya despliega en la pantalla un ecualizador en el que una decena de barras multicromáticas y hasta psicodélicas bailan al compás de mi desafinación. Interviene el experimento sónico con altisonantes notas provenientes del disco duro. Río. Querría entregarme con él a las especulaciones tecnológicas, llenar el vacío, como él, con vacuidad, pero vuelvo a desdoblarme como una célula en reproducción, En progresión geométrica se acrecientan en mí el callar y la ausencia de Adriano. En dos, en cuatro, en ocho en dieciséis, en versos barrocos se me aglutina la ambigüedad. Siempre desdoblándome transmuto a Adriano en Sexto Tarquino, aquél que preso de fatalidad, de lujuria y de emoción abdicó de su rango para convertirse en prófugo y en exiliado, sin aclarar nunca ante nadie, ni siquiera frente a sí mismo ningún arrepentimiento. Así, aventurándolo todo, andas Adriano. Arriesgándote a perder lo que tienes por aquello que esperas. Enamoriscándote confundes ambición con mezquindad. ¿Acaso no ves que reduces creyendo acrecentar? ¿No ves, pobre de ti, que sustituyo yo misma amor por piedad? Sáciate, pisa, mancilla, doblega y vence para que regreses a mí enorme. Vuelca en mí la experiencia del guerrero, la sabiduría del viajero, la experticia del amante. Conquístame con verbo políglota y desinencia plural. ¡Levántate de tus cenizas, endereza tu armadura, ¿no temes ser muerto sin sepulcro? Pero ¿qué digo, qué pido? El hambre de Adriano no puede ser saciada, le es inherente, forma parte de él. Si en verdad lo amara habría de aceptar ese designio. Amar, amar, pura aliteración marina: ¡ah mar! Sólo mirar lejos piden mis ojos convertidos ellos mismos en mar por la fuerza cursi y desenfrenada de las lágrimas. Un mar de lágrimas. Siento la compulsión de mirarme en el espejo, ver qué de mí está siendo rechazado. Uno inmenso y bien biselado acabo de comprar, erguido me desafía por encima del tocador y de mi orgullo, pero contengo el impulso por atesorar el deseo. Mucho más pragmática tomo una ducha rápida. Una que me impida detenerme en los detalles, una donde alterno el agua: ora hirviente humareda que me nubla totalmente, ora helada, pellizco de granizo, pezones que respingan, cimbreante escalofrío lumbar. Froto mi cuerpo con el mismo vigor que invierten, en las películas de Hollywood, las mujeres que, como Lucrecia, acaban de ser violadas. Vuelo y vuelvo sobre Tarquino y sobre Lucrecia Ante mis ojos nuevamente nublados aparece la versión que sobre ellos pintó Tintoretto y que he visto exhibida en el museo de Chicago, antes, mucho antes de conocer a Adriano, cuando yo viajaba sólo conmigo. Recuerdo haberme propuesto entonces, visitar la versión de Rembradt en Washington y releer “La violación de Lucrecia” de Shakespeare. A caballo entre siglos, sobre las aguas movedizas que separan al italiano manierista del flamenco luminoso, me induzco nuevamente la risa. Maldita intensidad la mía, quiero el tuétano de la vida, del arte. Ser ninfa y fauno, modelo, esencia, creencia, excrescencia, goce y dolor decantado. Al salir goteando de la ducha tropiezo con el espejo que he estado evadiendo. Allí estoy y aquí: tenue por la luz tropical que oblicua se cuela a través de la romanilla. También yo, como Adriano, adolezco. Inconforme requiero un segundo espejo, uno que me permita también ver el lado trasero. Querría un espejo tercero para ver lo eterno inútil, un cuarto para lo interno, un quinto para la cabalidad, un sexteto para reproducir la comedia humana. A la imagen que se desprende del primero le nacen alas, del segundo surge una cola gruesa y turgente. Testículos de toro encojonado siento que me brotan abriéndose camino entre mis piernas húmedas. Ahora soy yo Tarquino el violador de Lucrecia, los dados están echados dispuesta como estoy a echarlo todo por la borda a cambio de saborear por un instante el desenfreno. Soy yo quien golpea con su espada un pedernal para hacerle brotar chispas de fuego a la fría piedra. Así forzaría a Adriano, sólo que no es Adriano piedra. De serlo lo haría hablar, lograría su confidencia y su orgasmo. No, Adriano es hombre cuyo destino ha sido echado sin cautela al azar. La mano que ha bailado esos dados tiembla de inanición. Aún ahíto ha de tener hambre. Aún saciado ha de añorar. Aún ganando deberá perder. Predestinado está. No puede ser domesticado ni alebrestado, ofendido, ni halagado, como no puedo yo dejar de lucubrar, de pensar, de inferir. Ojalá llegara de una buena vez para fijar la fecha de nuestro viaje. ¿Se cumple mi deseo? ¿Escucho sus pasos? ¡No!, sólo es, nuevamente, mi avidez. Quiero imaginarlo empuñando arma blanca, blandiéndola contra mí. ¡Mátame! No me mires con ese aspecto de genuina incredulidad, no finjas la grosera inocencia que ampara el disimulo de los hombres vulgares. Si optas por asumir una actitud tan pueril, acepta ser tratado en consecuencia. ¡Ven pequeño!, te cuento la historia de Tarquino Sexto y de Lucrecia: aconteció un día parecido al de hoy, pero en Ardea, cerca del mar Tirreno, por ende de la tierra romana -y sólo por una letra ele no de Ardeal, nombre antiguo de Transilvania-, que el hijo de un rey apodado Superbus, por soberbio y déspota, fue carcomido por la envidia, pues teniendo todo el poder no había poseído nunca a una mujer virtuosa. Dicha mujer le fue servida en bandeja de palabras por su propio marido quien alardeó en público sobre los atributos de su esposa hasta el punto de incitar en los otros mucho más que curiosidad. Así fue expuesta Lucrecia a los ojos de Tarquino, la inocente y buena de Lucrecia, que, según el orgulloso marido, tejía e hilaba durante sus ausencias guerreras, sin acceder jamás a un baile o a frivolidad alguna. Tarquino Sexto no tenía mala intención cuando visitó a Lucrecia en ausencia de su marido. La casa le salió al paso, la mujer lo recibió como correspondía a su envergadura y también como se le ofrece hospitalidad a los amigos. La conversación entre ambos fue un monólogo de hombre y un asentimiento femenino. La noche fulminante cayó sobre Ardea y Tarquino fue debidamente conducido por sirvientes a una habitación de huéspedes. ¿Faltaría más? Así fue como aconteció lo soneteado por Shakespeare y lo burlado por Juan Pastor, en el siglo XVI: Tarquino, presa de un insomnio lascivo, se coló en la habitación de Lucrecia para desafiar al destino y corroborar en carne la virtud. Siendo que Lucrecia se defendía con vigorosos y lógicos argumentos, él la instó a callar: “nadie tiene por qué saberlo. Nada tiene por qué cambiar. Calla y besa, calla y goza, calla y calla y no pasará nada”. Mas diciéndole todo aquello no lograba amordazarla. Suplicaba ella, insistía él. Rogaba ella, se avanzaba él. Lloraba ella, insalivaba él. Invocaba ella el honor, relamíase él. “Arriesgas el trono, la amistad, la vida misma” y callaba él, centelleaban sus ojos, se alargaban sus dedos, el aire que salía por sus narices adquiría espesor de niebla y temperatura de humo. Preso de incontinencia jadeaba y su arritmia traducía solicitud. Lacerantes frases salían de su boca convertida en arcabuz pero las palabras no siempre daban en el oído de ella. Las más soeces quedaron sofocadas, estranguladas, en la recámara de su arma, aumentando en él la presión. El hombre todo se volvió arco en tensión.“Todo misterio dura tres días, si callas, habrás aprendido de las piedras cuánto hay que decir ¡Calla y besa!”, ordenaba mientras con los labios le tapaba la boca y con las manos, ejerciendo apenas una fuerza perfectamente controlada, le apretaba el cuello para sentir en la palma toda su inspiración hasta expirar. La alternancia ocurría también en la boca de ambos, en la ella ocupada por dedos que hurgaban por secretos atrapados entre dientes, debajo de la lengua, en el punto más alto del paladar. En la de él hecha agua. Pero ¿y las manos de ella? Sus brazos extendidos no alcanzaban al hombre para sacárselo de encima. Mientras se esforzaba por acompasar una respiración que lograra vencer los asfixiantes dedos de él, la mano humedecida con la saliva de ella rozaba sutilmente su propia boca reseca de grito contenido. La mano que antes le aprisionaba el cuello detenta ahora sus muñecas por encima de su cabeza. Unos labios carnosos y cercados de barba se aproximan abiertos en sonrisa y dejan entrever una lengua pionera dispuesta a abrirse camino. La mano que ha quedado libre y ensalivada encuentra un atajo. La lengua dúctil brinca de la boca a los pezones. La triangulación se acelera hasta el cuadrángulo pues el inmenso hombre abarca ahora, en su recorrido exploratorio, el vedado sexo de ella. Otra vez ha quedado libre una de sus manos, esta vez para ocuparse de sí mismo. En un solo movimiento libera su miembro de las telas que lo aprisionan y expone a la cara de Lucrecia aquello que ella nunca había visto. Ella libera un agudo alarido. Música a los oídos de él, pero un segundo de cordura le advierte que ha de acallarla por el riesgo de despertar a los guardias. Esta vez la amordaza con la potencia de su falo y danza sobre ella. Ella muerde. Pobre de ella: creyendo herirlo, catapulta en él el placer. La frágil Lucrecia ha perdido toda fuerza. No así la sed de venganza que apenas germina en ella. Recurrirá a su padre y a su marido para cobrarle la ofensa y el deshonor al bárbaro que la abandona. Cuenta la historia que la virtud de Lucrecia fue vengada y que ella, viéndose mancillada murió por su propia mano, para recobrar su pureza y la honra de su marido. Pero, vamos, querido, tú que sabes callar ¿por qué no hubiera podido simplemente callar, tal como se lo sugería Tarquino?, ¿no callas tú?: porque tuvo miedo a que se descubriera la iluminación de su nueva mirada luego de haber conocido el deseo. ¿Acaso no ves, mi pequeño, lo que veo yo en tu mirada? Pobres de nosotros: de Tarquino que lo perdió todo, de Lucrecia que descubrió la pasión en su grado superlativo, al ser deseada por un hombre poderoso que lo arriesgó todo por ella y de mí que no quiero sino ser Lucrecia rediviva, deseada. Regresa Adriano, aprisióname el cuello con determinación, imprímeme allí tus huellas vitales. Yo soy Lucrecia siempre la misma nunca igual ¿No sabes esposo ávido y siempre hambriento que tu callar acrecienta mi apetito? Devengo Tarquino y tú el objeto de mi desvelo. Mi incontrolable marea no vuelve atrás, sino que asciende por el obstáculo. Heme aquí siendo dos: lasciva, penitente e insaciable criatura en eterna procura y al mismo tiempo virtuosa, responsable y cabal figura heráldica, obediente de las jerarquías institucionales. Tarquino soy yo. Yo la que detento el poder y el conocimiento. Yo la que lo he arriesgado todo por ti. La que he condenado mi rebeldía y mi libertad por ofrecértelos en prenda. Yo la que, heredera, lo cedo todo con la pura mezquindad que trae consigo el amar. Tarquino eres también tú en tu sempiterna búsqueda de más, en medio de la cual me dejas convertida en Lucrecia abusada y vengativa. Ven que yo, también Tarquino, he de destilar, de la acritud de tu saliva el brebaje absoluto. Pero ¿por qué no vuelves, Tarquino cobarde?, ¿huyes, persigues? Serás cazado. Defenestrado de mí, desprotegido y rabiando, serás convertido en buena Lucrecia virtuosa y también en buen Tarquino proveedor de sustento. Serás reducido a la escala de ti mismo y no podré protegerte más. ¿Hallarás en la limitación el descanso que añoras? Cuando la intriga cese no importará más tu callar ni mi vacío. Lo último sería el verbo violar. Quedaríamos insatisfechos los dos. Por más que secrete vahos y que ejecute malabares sólo querrías de mí otra Coca cola, esa sola franquicia. Yo adelantaría, a lo sumo, una pequeña revancha, ¿irías a París? Conozco de antemano tus reservas. Fue siempre el alemán y no el francés el idioma de la industria, fue el marco y no el franco la moneda dura que circuló en los vericuetos del aparato sanguíneo de los países del este europeo, es Alemania y no Francia la hegemonía que te atrae, pero me complacerás, lo sé. Iremos a Alemania, pero también al París de mis nostálgicos recuerdos juveniles y también al de François Mitterand, en el que la geometría organiza la grandeza. Iremos primero al Barrio Latino para asomarnos al Sena desde el pasaje de los vendedores de libros ambulantes. El Barrio Latino es el paraíso de los burgueses con veleidades bohemias, ocuparemos con ellos los restaurantes de mesas estrechas apostadas en las angostas calles y evocaremos, frente a exóticos platillos griegos, libaneses o tailandeses, los legendarios arrebatos del mayo francés. Iremos luego al Museo “George Pompidou” para adentrarnos en el universo decadente de la zona, pues el otrora emblema de osadía arquitectural semeja exactamente lo que es, el hito de un momento histórico. Mucho más atractiva es la Catedral de San Eustaquio, erguida en la proximidad de Les Halles, con la majestuosidad de un inmenso dragón que hubiera plegado las alas. Ya verás que al lado del eterno París de fumadores de tabaco negro, carrasposas cantantes de cabaret o eminentes catedráticos militantes de causas posmodernistas, ha emergido una ciudad disparada hacia el tercer milenio, en la que rascacielos aerodinámicos, formas prismáticas de cristal, metal o mármol y trenes subterráneos de altísima velocidad armonizan con milenarias piedras, centenarios palacios y balaustradas. Cuando yo vivía en París, gobernaba precisamente Mitterand y no cesaban las críticas al presidente socialista que conquistó a los electores con la fuerza de la esperanza y la simbología de una rosa. Quedó tras él, el cuestionable pero impresionante legado arquitectónico: el que en nueve kilómetros de una avenida puedan recorrerse desde construcciones monárquicas del más remoto pasado hasta los no menos imperiales monumentos al futurismo arquitectural. Durante los años setenta, aún antes, la sola mención de La Défense le causaba escalofrío a la mayoría de los franceses. Más allá del Arco de Triunfo se edificaba una ciudad impensable, se hablaba de mega centros comerciales, de edificios corporativos. Nadie daba crédito a semejantes proyectos, pero el estupor acabó convirtiéndose en un atractivo de tal magnitud que hoy en día circulan por La Défense, entre visitantes y empleados, 250.000 personas diarias, tanto como la población completa de Montpellier. Visitantes de todas partes se alinean frente a la taquilla del Gran Arco, para tomar un ascensor, imitación de una nave espacial, que los conduce al techo. Puedo adivinar tu sorpresa cuando tengas allí el privilegio de asomarte al gran sueño de Le Corbusier de reproducir los principios urbanísticos de Atenas con un inmenso espacio peatonal. En un día claro, puede verse desde el techo del Gran Arco toda esa gran avenida que desemboca en el Louvre y, como complemento lateral, la otra gran avenida que conduce hasta la torre Eiffel. El Gran Arco es según su diseñador, el finado arquitecto danés Johan Otto Spreckelsen, un símbolo de esperanza donde los hombres pueden encontrarse libremente. Es un cubo de 110 metros de alto con efecto de transparencia en cuyo espacio de vacío interior se despliega una inmensa nube de teflón blanco. Pero es también la sede de dos ministerios gubernamentales y uno de los centros culturales privados más grandes de Europa. Allí la actividad se mantiene febril y participativa por iniciativa de Martín Gray, un inmigrante polaco, sobreviviente de la Segunda Guerra Mundial, cuyo nombre se dio a conocer por la publicación de un libro autobiográfico, traducido a diecinueve idiomas, que luego fue llevado al cine bajo el título de “Los Inolvidables” y cuya tenacidad como exitoso hombre de negocios, políglota y visionario en lo que concierne a la inversión en obras de arte, se respira en el lugar. De pronto, al regresar a la calle, nos toparemos con obras de arte de gran formato de Jean Miro, de Calder, de César. La lista completa asciende a 59 esculturas si se recorre toda la zona. Andrés irrumpe en la habitación de su madre, viene nuevamente sofocado porque acaba de batir el record de destreza en otro videojuego. Mariana le sonríe afectadamente, con qué derecho le interrumpe su imaginario viaje en un vagón de la línea catorce del metro de París, con el que se dirigía a toda velocidad hacia la biblioteca François Mitterand.
- Los franceses lo llaman Meteor- le espeta al hijo imprimiéndole gravedad a la frase sin intención alguna de renunciar a su viaje. Le habla como si de pronto lo tuviera sentado al lado suyo, en el mismo asiento del moderno vagón y miraran ambos idéntica prosperidad en la rapidez del trayecto.
- No mamá -le responde Andrés divertido- el juego no se llama Meteor, sino Quasar y es muy emocionante, ven a jugar conmigo, en vez de estar allí sentada incómoda en la alfombra, en posición de loto. El acceso a La Biblioteca François Mitterand es por la Rue de Tolbiac hacia el Sena. Son cuatro inmensas torres que conforman cada una un ángulo recto distanciados entre sí lo suficiente como para crear entre ellas un espacio rectangular de jardines, salas de exposición y de consulta descomunales. Sólo en las salas K, L y M, dedicadas a las Ciencias del Hombre, a la Historia y a la Filosofía, pueden consultarse 83.000 volúmenes y 700 títulos de revistas. Al tiempo que recorre tozudamente los desesperantes detalles de la biblioteca, para por medio de cierto dramatismo realista quedarse prendada en su fantasía, se deja conllevar hasta el cuarto juvenil. El Quasar de Andrés es un juego alucinógeno: a todo color aparecen en pantalla los astros de una galaxia imaginaria, pero curiosamente no se trata de un entretenimiento de carácter bélico sino de crear nuevos mundos y de poblarlos a partir de micro organismos. Se requiere, sí, de cierta destreza en el manejo de los controles, pues las fuerzas cósmicas engullen, gravitan, catapultan, En el desaforado péndulo entre los extremos del caos, una incesante sucesión de imágenes desorganiza la mente de quien juega, sobre todo tratándose de Mariana, ocupada, como anda, en el París de los años ochenta. Atrás quedó el viejo debate entre tradicionalistas y modernistas, la pirámide del Louvre, con sus 21 metros de altura, se yergue como un monumento a la casi inmaterialidad, tal como fue la aspiración de su diseñador Ieoh Ming Pei o mejor dicho a la transparencia y al reflejo que permiten ver a través de los cristales que conforman sus lados, todos los detalles de los antiguos edificios que la circundan. Mientras Mariana evoca la magia que transmiten las pirámides desde la época faraónica en Egipto, un enorme meteorito la regresa a otra realidad. Una que desfila por el despeñadero de la pantalla. Una en la que los protagonistas son peregrinos celestes: lunas, planetas, estrellas apuradas por intervenir espacios inesperados; cometas siempre extranjeros disfrazados de pertenencia, afanosos por crear asentamientos y certitud pero perennemente entorpecidos por los meteoritos. Los cometas hacen esfuerzos desmesurados por evitar las colisiones y aunque sus acciones luzcan excéntricas siempre corresponde a un astro paternal regir su comportamiento, en consecuencia son medianamente predecibles. Los meteoritos, en cambio, andan cual adolescentes, en grupos, sin abandonar la orbita principal, pero sin responder tampoco a ningún comando.
-¡Ah no mamá, juega!. Juega que el hueco negro está a punto de tragarse todos tus puntos. Déjame mostrarte un truco: ¿ves la nebulosa de Andrómeda?, si le pones encima el cursor y pulsas el botón de la izquierda aparece una nave amiga, entonces, para teledirigirla, oprimes el botón de la derecha y enseguida cargas combustible en cualquiera de los puntos verdes. Allí puedes decidir si quieres más potencia o si prefieres quedarte con la misma fuerza pero con inmunidad. A mí me gusta más la fuerza porque, ¡oye!, ¡mira!, mira lo que estoy haciendo: una vuelta tridimensional que le da tres patadas a los programas de cad cam que enseñan en las universidades.
Mariana vuelve a asentir, el control vibra entre sus manos, la música electrónica le resulta enervante pero evita deslindarse. Arremete con fuerza contra el comando, quisiera involucrarse en la conquista de un universo, pero apenas logra amoratar sus propios dedos. Tanta torpeza la ruboriza frente al hijo veterano en el arte de la ciberconquista. Por culpa de ella, él está jugando muy por debajo de sus facultades, por amor a ella, él se ha detenido en su carrera hacia ninguna parte y ella ¿qué ha hecho?: ha desaprovechado la sobremarcha, está abusando de su paciencia y, peor aún, lo engaña, pues, mientras sus manos fingen jugar, se ha vuelto al Barrio Latino, 39 de la Rue Descartes, metro Cardinal Lemoine, para encontrarse con el pasado remoto, pues fue allí, en esa casa convertida en restaurante, donde falleció el poeta Paul Verlaine, el 8 de enero de 1896, cerca de La Sorbona, a pocos pasos de la plaza de la Contraescarpe. Me apetece un croque monsieur. Deja que pruebes, Adriano, ese sándwich de pan cuadrado, relleno con jamón y tomate, que se espolvorea con queso gruyère y luego se gratina. Maldita escalera mecánica. La tos del metro en el subsuelo simula el ruido de las viejas máquinas de coser Singer; en verdad el tren en pleno hace puntadas largas en su recorrido hacia La Défense, ora en las entrañas de este paño grueso que es París, ora en su superficie de popelina. Sostengo la respiración. Ya falta poco. Todos los transeúntes parecen detestar el trabajo. Son todos un mismo odio cuando siguen a tientas, en vez de sortearlo, a cualquiera que involuntariamente se encuentre de primero en esas largas hileras que laboriosamente van equipando. El ruido del Quasar y la música que escucha Andrés son apenas telón de fondo para el incesante rebullir humano que se exalta en Mariana. Espero a una dama a quien me apetezca llamar tía a la vieja usanza, cuando se nombraba de ese modo a las hermanas y aún a las buenas amigas de los padres. La veré venir precedida por su propia voz grande, querré me diga cómo se responde al callar de los vivos y
-¿Cómo escuchar el decir de los muertos?- inquiere en voz alta:
-No, mamá -le responde Andrés, sin disimular su entusiasmo- no son muertos, esas estrellas engañan porque son dobles, sobre todo Draconis y Serpentis. Cuando las crees muertas es porque se han eclipsado con su propia sombra.
Mariana suelta instintivamente el comando que la acalambra por el temor de haber estado pensando todo el tiempo en voz alta y regatea consigo misma lo excluso. Sin identidad ni contradicción gira la llave, en la cerradura de su casa, precisamente Adriano escabullido. Callar escudo. Callar es también su lanza para atacar en situación perpendicular. Sin melindres ni vocablos, Adriano se planta frente a su esposa con tensa pero pasmosa tranquilidad y la invita a almorzar. Un escalofrío lumbar estremece a Mariana. Salir o comerse en casa, no ha de incidir en su perenne desdoblamiento, lo sabe perfectamente. Accede. Mientras se viste evita a toda costa cualquier remordimiento, mucho más rememorar el humor invertido en la ensalada de pepino. Ella, tan esmerada en la heredad de los aromas culinarios y en la creación de recuerdos, trama en cambio un ardid para engañarse a sí misma. Confundida por la intempestiva invitación del esposo, de quien ha estado sospechando durante tantas horas, conviene consigo un oasis. Se coloca nuevamente frente al espejo biselado y se sorprende al verse multiplicada, mientras ensombrece sus párpados con tenues matices ocres, camufla diestramente las ojeras de la quejumbrosa mujer que sólo minutos antes despotricaba; la enmascara en espléndida esposa. Andrés declina, deriva. Tangencial y vehemente, le comunica a la flamante pareja dominical y vespertina que se queda en casa. Adriano lo lamenta genuinamente, pues siempre prefiere departir con Mariana desde un proscenio.
El callar victimario estrangula todo propósito, equivale a sobreseimiento. Mariana implora aunque sea una enumeración por parte de Adriano, le incomoda estarse muda, deplora. Recorre lentamente las facciones de ese hombre absolutamente enigmático a medio camino entre conductor y perdido. Sabe que preguntarle equivaldría a intimidarlo, está consciente del valor intrínseco del silencio, se siente ensordecida. Un ruido de chicharras enloquecidas se desencadena en su oído medio, le produce mareo. Entonces, dueña absoluta de un salvaje histrionismo femenino, se dirige afectuosa a su marido:
-¿Adónde vamos? Él, solícito, genuinamente atento, se ofrece a complacerla. Irán adonde ella diga. ¿Acaso existe mejor salvoconducto para esquivar una conversación? Ella conoce las reglas del juego. Sólo podría ganar perdiendo. Asume pues el mando. Sale del letargo y condena los deseos. Escoge de entre los discos compactos de Adriano, unas baladas con discreto ritmo de rock, y le dicta la dirección aproximada de un restaurante vegetariano. Él asiente. Ella sonríe con picardía: que le sea ingrata la falta de Coca Cola. Pero Adriano sorprende a Mariana con su repentina locuacidad.
-¿Viste alguna vez la película Easy Rider – obertura?
- Sí, esa fue una de las primeras road movies que vi. Después se hizo moda convertir los paisajes en personajes principales. Aun no existía la televisión por cable, ni los programas especializados en turismo y era una forma estupenda de viajar sin moverse de la silla. Además para Hollywood se trataba también de un ahorro en utilidades y en prebendas. Yo diría que incluso en el guión: dos chicos rebeldes en carretera. Yo creo que esa fue la primera de muchas películas con ese corte. ¿Adónde la viste tú? ¿Qué te pareció a ti?
-Yo quedé maravillado con los paisajes pues era expresión del gran sueño americano. Yo nunca había visto una moto tan sofisticada en mi vida. Las que yo conocía eran de dos tiempos. De esas en las que se mezclaba el aceite con la gasolina. Las de hoy en día tienen una tecnología tan avanzada que más bien parecen carros. Nada de arrancarlas dándole a un pedal, nada de eso, éstas se encienden con una llave, además son de cuatro tiempos y utilizan gasolina de alto octanaje. Son verdaderamente unas joyas. Imagínate que el giro, en los motores de cuatro tiempos, se realiza en el sentido contrario al de las agujas del reloj y cada uno de los cuatro tiempos equivale a una fase en el trayecto del combustible: la primera es la admisión, luego sigue la compresión, después viene propiamente la combustión y por último el escape. La potencia del motor depende precisamente de la compresión. Por supuesto que la velocidad que pueda alcanzar la moto es directamente proporcional a su estabilidad así como la inercia lo es con el peso. Fue gracias al ingenio de Otto que la industria motociclista internacional adquirió un vuelo increíble y por supuesto en torno a las motos se ha desarrollado todo un mundo de accesorios que incluyen desde increíbles cascos y guantes de todo tipo, hasta novedosísimas chaquetas impermeables ultralivianas.
Mariana detecta un nuevo apetito en el pormenorizado discurso de su marido. La falta de Coca Cola resulta forzada en la expresión de este nuevo deseo sobre cuyos atributos pontifica Adriano con lubricantes adjetivos. Sedienta de compartir, Mariana se involucra. Imaginativa, recorre mentalmente los Alpes suizos en verano, asida con fuerza a la esquiva cadera del maldiciente que acaba de callar nuevamente dada la proximidad del mesonero y de las poco atractivas opciones del menú. Un breve intercambio de miradas interrumpe el callar de Adriano por suficientes segundos como para coincidir tácitamente en perpetrar una elegante huida. A ninguno de los dos, aunque por motivos antagónicos, le apetece macerados, edulcorados ni abrillantados platillos de berenjenas ni calabacines. Roto el hielo y reinstalada la risa, resuelven, a sugerencia de Mariana, regresar a casa para devorar el almuerzo masturbatorio. Ambos saben que domingo equivale nuevamente a fútbol y seguramente a una salida exploratoria para admirar alguna moto (insalivada palabra de Adriano. De regreso al carro y con el humor mejorado, Mariana enciende la radio. Por evadir el callar, apaga el silencio. Ambos quedan fatalmente sustituidos por vociferantes declaraciones de funcionario auto investido de veracidad. Explica el hombre “los alcances palpables y palmarios de una economía mixta de mercado, en la cual se prioricen las cooperativas de consumo, sobre todo en los rubros de consumo popular”. Andrés apaga instintivamente la transmisión. Mariana no tiene necesidad de preguntarle nada, halla sus respuestas, como siempre, en presagios inventados. Aquellas declaraciones lo remiten seguramente al pasado cercano del que huye sin pausa desde que salió de su patria chica. Poco le importa que allí el comunismo haya sido abolido o que existan ya generaciones que no la hayan conocido en carne propia, sabe que allí se ha suplantado el sistema sin abolir las consecuencias: si antes no se conseguía nada ahora todo abunda menos la aquiescencia. Vago eufemismo para nombrar el dinero, tan escaso como antes, como siempre. Mientras ella lo imagina sondeando en improbables calibraciones macroeconómicas y en lucubraciones acerca del nunca suficientemente alabado acierto de haber emigrado a tiempo, puede él callar a sus anchas y escuchar complacido el disco compacto de baladas de dudosa procedencia que ha colocado en el reproductor con un movimiento mecánico, totalmente rutinario. Mariana se refugia de lo que considera un agravio sonoro y de la renovada combinación entre sus dudas y los celos. Lo mira discretamente y desdibujando su silueta, tiñe su rostro con melanina, lo ovala, le ennegrece el cabello y aumenta considerablemente su nariz, hasta convertirlo en un callar anterior, en el del padre de Andrés, para quien la ecuación existencial se planteaba a la inversa. Sonríe quedamente al constatar que las palabras del político que acaba de escuchar en la radio podrían, trasmutadas, ser las de quien a su izquierda maneja. Se llamaba Juan, sin más, como cualquier hombre del pueblo y ella creyó amar en él a toda la humanidad. Sólo yo respondo ante mi misma por el pecado de extralimitación, yo la que confundí el callar con el silencio y quise encontrarme cómoda en ese constante inventarlo. Cuando Juan callaba, yo me congraciaba con sus omisiones. Me le abalancé. París era lluvia y desempleo para millares de inmigrantes ilegales, Juan abanderaba esa causa. La mía era Juan. Detestaba almorzar en el restaurante universitario. Éramos todos un mismo odio cuando perseguíamos a tientas a cualquiera que involuntariamente se encontrara de primero en esas largas hileras que laboriosamente formábamos. Todos masticábamos el pan del mismo modo, pero sin parecernos. Yo no siempre fui acuciosa observadora de lo social, antes había vivido en provincia. Al sur de Francia, aprendía a conjugar. No digo que me aburría: un día tras otro pespunteaba una que otra experiencia inútil. Algunas veces, un pellizco idiomático atenazaba mi memoria remota y también la pluscuanperfecta. En cambio Juan era todo infinitivo: estudiar, manifestar, pegar afiches, discutir, analizar. Acabamos en un catre, escoltados por las voces andaluzas de Encarnita, la sirvienta casi analfabeta cuyos derechos humanos nos trasnochaban; también nos desvelaban las exclamaciones magrebíes de viriles y semíticas facciones; las consignas altisonantes de los nuevos filósofos franceses, los textos mal traducidos llegados de Tirana y el acento encantador de tardíos y revolucionarios incas que insistían en hablar quechua entre ellos para conservar su autonomía y garantizar una distante clandestinidad. También nos mantenía en vigilia el amor que sentía en él por toda la humanidad y que él se encargaba de acrecentar. El idioma ampliaba notablemente su espectro bajo el yugo de la ideología. En los brazos de Juan la orfandad, la diáspora y la impertenencia perdían sentido. Todos éramos en verdad parias en procura de una misma patria llamada justicia. Trotskistas o maoístas, al marxismo leninismo aplicaba la ley distributiva. Bajo el mismo corchete cohabitábamos hombres y mujeres de signos contrarios, bastaba multiplicarnos por factores comunes. Allí estaban para sustentarnos los profesores de la Universidad de Vincennes. Manteníamos con ellos una interdependencia extraordinaria: al tiempo que ellos admiraban nuestros orígenes y nuestro idioma, nosotros consumíamos con voracidad la bibliografía que ellos nos suministraban. El contubernio llegó a verterse en inmensas pipetas comunicantes. Si es que hasta llegamos a orinar al unísono en baños unisex, como legado de aquel virtuoso mayo de 1968. Los profesores nutrían sus curricula vampirizando las experiencias de los tupamaros disidentes, al tiempo que incubaban a futuros comandantes guerrilleros massmediáticos. En los salones contiguos, ilusas francesitas se despojaban gustosas de sus prendas íntimas para escenificar las torturas que le oían relatar a los exiliados chilenos. ¿Quién tenía tiempo para ventilar problemas personales?, si los mismos, a falta de espacio para manifestarse, desaparecían por arte de magia. La catarsis sexual y política vertía efectos colaterales eliminando los juicios de valor. Post brechtianos y maiakowskianos convergían divergiendo en colectivos orgasmos creativos. Un comunismo surrealista rasaba en éxtasis al hombre nuevo que allí se gestaba. A nadie sorprendió no contar entre los concurrentes con cubanos, chinos, rusos ni albaneses. Los resumía el poder de la palabra; muchos de los varones que nacían se llamaban Camilo o Ernesto; muchas niñas se llamaban Valentina. Enver Hoxha circulaba en copias mal multigrafiadas. Un pasticho de ideales colocaba en capas, entre crema y salsa, el pensamiento, la acción, los sentimientos y las lecturas. Ya no hubo entre Juan y yo más que simbiosis, de manera que no tuvo nada de raro que cuando se decidió la toma del Ministerio del Trabajo, asumiéramos juntos la vanguardia. Encarnita podía estar tranquila, lograríamos para ella la estabilidad laboral, garantías y aumento de salario. Para nuestros amigos palestinos obtendríamos prebendas y status de exiliados políticos, nuestros profesores de Vincennes completarían su tesis de ascenso en el escalafón académico. Nada podría detenernos. Como tampoco se detuvo Mariana en la evocación de sus recuerdos parisinos. Nunca había sido más fértil el callar de Adriano que durante la consumición del famoso almuerzo masturbatorio. Absorta en aquellos sucesos políticos, le fue leve la ausencia de elogios, la indiferencia, la apatía y la repentina inapetencia de Adriano, quien al constatar la hora, se disculpó cortésmente para no perderse el anunciado partido de fútbol. Fue sólo a la hora de recoger los platos, cuando Mariana se percató de la ausencia de su hijo. Subió las escaleras de par en par y tocó a su puerta hasta que le dolieron los nudillos. Entonces, Andrés se excusó sin abandonar su recámara. Por la familiaridad de su tono, Mariana adivinó que no estaba solo. Se atizó en ella la curiosidad, pero se retiró discretamente a sus remembranzas. Echó mano para ello a los viejos casetes de la época y se derribó en la alfombra de la sala de música a recordar. Casi llegó a experimentar idéntica arritmia y el mismo miedo que había sentido cuando, vencidos los primeros obstáculos, habían logrado penetrar las oficinas públicas francesas a la hora en que los empleados ya se habían retirado. Recordó, con pena, que lo peor no había sido el miedo a ser capturada sino descubrir que su cuerpo perseguía los destellos que brotaban de los ojos de Juan. Había en él una exaltación superior y ella, suplicante, había tomado conciencia, por un segundo, de su propia irrelevancia. Hubo de presenciar, inerme, cómo Juan le entraba a golpes a un celador, como ella, inerme. Era un hombre mayor, un jubilado que hacía méritos para redondear sus exiguos ingresos. Sentado en un taburete, el vigilante constataba todas las tardes el avance de las agujas de su reloj hasta que llegara la hora de marcharse. Juan le había reventado la dignidad al hombre, su cuerpo había quedado tendido en el suelo por encima de la vergüenza de ella: “¿No entiendes que él representa en este momento a la institución?”, le había espetado. En el vientre de Mariana ya existía Andrés. Las sirenas de la policía francesa ya rodeaban las instalaciones. Arrestaron sin preámbulo a todos los compañeros de la retaguardia, pues no habían entrado aún en el edificio. A nadie se le ocurrió pensar que yo, la que llevo el nombre de Mariana por honor a Francia, estuviera allí, menos aún con Juan -la síntesis de todos los pueblos- y con el representante de todas las instituciones reaccionarias, totalmente defenestrado. Logramos escapar de la policía sólo para caer presos de nuestras propias contradicciones. Durante varias horas eludimos la posibilidad de ser deportados, permanecimos enconchados en aquella oficina de paredes verdes, recién retocadas con pintura de caucho. Teníamos la sensación de estar atrapados en una piscina vacía, cuya entrada de agua estuviera a punto de destaparse con inaudita fuerza, la del inconsciente que ahoga. Apenas se marcharon los camiones de la policía ganamos la calle, no sin antes percatarnos de que el celador estuviera no sólo ileso sino paradójicamente colaborador. Fue él mismo quien nos indicó una salida lateral. Aún puedo recordar el olor del pañuelo que utilizó para secar mis lágrimas y su ligero acento español. Otro momento habría sido propicio para escuchar sus relatos de la Guerra Civil y de cómo logró pasar la frontera. No vi a Juan durante las dos semanas que sucedieron a la toma del Ministerio. Se las dedicó completas a diversas diligencias políticas que requerían independencia y total clandestinidad. Debía liberar a los compañeros capturados, movilizar a los comandos del eje iberoamericano, sensibilizar la solidaridad de los grupos árabes, hacer los contactos de la célula del Frente Revolucionario Antifascista y Patriótico, redactar los informes correspondientes. Peor que las nauseas fueron mis dudas, de manera que al tercer día de encierro solitario resolví visitar a mi abuela. Al abandonar el idioma francés y el español, le permití a mi oído una bifurcación en lenguas de origen bárbaro y eslavo. Acre fue el zumo de manzana y el sudor siniestro que exudaban mis vecinos durante el viaje aéreo, tambaleante la travesía atravesada por un denso ruido de anacrónicas hélices. Desde el asiento de atrás emanaban su aroma exuberantes salchichones, quesos frescos y rebanadas de tomate gruesas y jugosas que una voz tosca devoraba sin miramientos. Curiosamente tal embotellamiento de olores en vez de acrecentar mis náuseas me consolaba. Una casa atávica me acogía, me aliviaba. Quería dirigirme al comensal en su idioma y pedirle un sorbo de aguardiente. El buen tío bebía escondido, ignoraba que todos olíamos, por encima de todas las acritudes posibles, el fruto alambicado que él paladeaba y que luchábamos por contener nuestros ríos de saliva. Espumosa baba humedece la comisura de mis labios al recordarlo, chorros de bilis convergen y sobresaltan. Al monótono rugido del avión se sumaba el traqueteo del tren de aterrizaje. Voy llegando al pasado. Mucho antes de verla, escucho las historias de Elizabeth, porque sé que ella, sentada en su salita de estarse, las está contando eternamente. Con un cárdigan gris la veo apurar sus pasos cortos para abrirme la puerta, me deja tiempo para inventariar de memoria cada rincón de su apartamento, largo rato me detengo en el baño pues sólo allí he visto, en toda mi vida, un calefactor de agua a gas, cuyas llamaradas azules transforman la higiene en un espectáculo de sombras con zumbido de incendio. Nunca había visto tampoco tan minúsculo dispensario de enseres bajo una desproporcionada y oxidada llave de hierro. Sólo allí he visto una taza dispuesta de tal manera que los usuarios puedan escudriñar lo obrado antes de dispensarlo tirando de una cadena que acaba en un mango de madera. Dicha operación hidráulica genera suficiente ruido como para que los circunvecinos contabilicen el uso del retrete. Diríase que se trata de metro y medio cuadrado de espacio para el encuentro escatológico con uno mismo bajo las más elementales leyes de Newton. Por encima de la tina fue dispuesto un sistema de cuerdas del cual penden ropas blancas de algodón creando siluetas siniestras a causa del diablillo del calentador, siempre vivo. El eterno relato de Elizabeth, abarca ahora las purgas políticas de cuando todos los ciudadanos eran severamente vigilados por los demás mientras ella sólo ansiaba escribir. Con qué alivio hubiera reseñado aquellos años oscuros durante los cuales Bandi era trasladado a ciegas a un lugar desconocido para que aplicara todo el peso de su experticia estructural en la construcción de un edificio destinado a la seguridad y defensa del régimen y desde el cual se lo regresaban, igualmente vendado, manteniendo en ella un miedo roedor. Hubiera podido, durante tan largas horas de espera, convertirlo en viruta de palabra jactanciosa y no acumularlo en mies para convertirme a mí en silo. Una enorme prohibición le impidió siempre trasegar los símbolos de la realidad que vivía a signos verbales. Otros miedos de la realidad verdadera del este europeo la asediaban rumiantes. Al escucharla, yo que apenas comenzaba mi embarazo, le atribuía las nauseas a írritos presentimientos. ¿Cómo desaparecer de la nueva sociedad, que pretendía construir con mis amigos, los recuerdos mal habidos, la envidia, los resquemores de los vecinos quienes llenos de civismo me cercaban en escaleras y pasillos para preguntarme a toda hora si ya había acudido a la policía municipal. Y, cuando les respondía entre perpleja y ofendida que no había cometido falta ni fechoría, me respondían con cierta sorna que todo visitante extranjero debía reportarse durante las primeras veinticuatro horas de su visita. Yo insistía en la legalidad de mi estancia y les contaba que para obtener la visa había pagado en dólares un impuesto considerable. Ellos retorcían el mohín ya apretado que les producía el hecho de que la vieja del segundo piso tuviera un familiar proveniente de occidente sin que eso les aportara a ellos algún beneficio. Muchos llegaron incluso a invitarme a tomar el té vespertino pues consideraban que el Estado, a través de sus ciudadanos leales, tenía derecho a estar informado de todo cuanto aconteciera y ellos sospechaban en mí algo digno de reportar, a menos que yo aceptara la invitación y sobre todo si la agradecía adecuadamente, con alguna regalía, preferiblemente cigarrillos rubios. El lenguaje tácito me asfixiaba. Ingenua, creía que eran invitaciones genuinas de personas amables que realmente se interesaban por mi abuela. De manera que al escucharla despotricar contra ellos, la desavenencia nos envenenaba. La juzgué ferozmente por desconfiada, por mal hablada y ella me repostaba con vehemencia y me ordenaba que le creyera. Sin embargo, acaso por contribuir con mi formación existencial, aprobó dos o hasta tres encuentros con algunos de los vecinos. Me envió sola, asegurándose previamente de la probidad en mi atuendo y de aconsejarme absoluta reserva. Así atravesé los glaciares que aislaban a mi abuela de los apartamentos circunvecinos y bebí chicoria en sutilmente despostilladas tazas de colección, reminiscencias de un antiguo esplendor. Más que afán de denuncia, encontré en aquellas gentes, lo mismo que en otros ancianos que he conocido en el mundo, deseos de hablar, de encontrar oídos frescos en los cuales verter versiones refaccionadas de historias familiares salpicadas de heroísmo, de valentía, de gallardía y, paradójicamente, de glamoroso poder adquisitivo. Más del setenta y cinco por ciento de los inquilinos de aquel edificio eran personas mayores, el resto, los económicamente activos, no tenían tiempo para chácharas, ni delaciones, trabajaban febrilmente, ganaban poco y cargaban con sus viejos, a quienes no estaban dispuestos a seguir escuchando perennemente las mismas y rutinarias historias que casi siempre se remontaban, en virtud de la fantasía, hasta el imperio austro-húngaro. Hubo excepciones, cómo no, como la de una buena señora, ni joven ni vieja, que se había aventurado hacia occidente pero había regresado al constatar que nunca podría aprender a expresarse en otra lengua que no fuera la suya propia, pero que, al regresar a la patria, dejó caer su propio idioma en el olvido, cuando, nadie quiso volverle a hablar. De regreso al aislamiento de mi abuela me sentaba frente a ella nuevamente en la sala de evocar recuerdos. Sólo una vez intenté hablarle de Venezuela pero despachó el asunto, con una sola frase: “En el trópico, la falta de estaciones paraliza el conteo, el fraseo y el ritmo de la partitura vital”. Entonces le hice suscribir un acuerdo mediante el cual yo me escabulliría de dos a tres horas diarias para ir a la ciudad, para caminar o para ir a la ópera. Vivía ella en la calle Vas justo, frente a la escuela de cine, a media cuadra de la avenida Rakosi, que en su rectitud conduce directamente al Danubio. En tres zancadas llegué a la Calle de la Serpiente, la que exhibe las más elegantes vitrinas de toda Hungría y también conduce al hermoso Parlamento, a los principales teatros, a las mejores cafeterías y hoteles y a las más surtidas discotiendas, librerías y ventas de artesanía. Iba yo apurada, cada día, dispuesta a sacarle el tuétano a aquellas horas sensoriales y a comprimir en ellas todos los pensamientos posibles. Me pasó por la cabeza, por ejemplo, que era un error el que las jugueterías promovieran la venta de insulsas muñecas tipo Barbie, cuando las niñas húngaras se inclinaban genéticamente a desarrollar hermosos y turgentes cuerpos al mejor estilo renacentista. Eran niñas bien alimentadas y rubicundas. Eran niñas políglotas que domesticaban su autocrática lengua húngara, para obligarla a pronunciar el alemán, el francés o el inglés. Eran niñas simultáneamente bárbaras (de la época de Atila) y monárquicas (de la corte austrohúngara). Mal las veía yo jugar con esas muñecas tiesas y despersonalizadas, siendo ellas tan flexibles y atléticas. Había yo escuchado la víspera, en un programa de televisión, que hasta a las prostitutas húngaras se les exigía una educación impecable; que para tener cabida en las casas hospitalarias, las candidatas debían ser refinadas, elegantes, políglotas, cultas e inteligentes; debían ser capaces de mantener el interés de diplomáticos, políticos y empresarios de las más altas esferas y debían mantener muy en alto el prestigio del país, de la nación y del Estado. Con semejantes atributos, las servidoras públicas estaban autorizadas a desempañarse según un horario libre y flexible que les permitiera asimilarse a otros frentes simultáneamente: al doméstico, al laboral, al convencional. Sabía bien que Hungría fue el primer país del eje europeo oriental, en acoplarse a la estética occidental, yo albergaba la ilusión de que lo hiciera sin perder su autenticidad. Comenzaba por esos días, la venta de hamburguesas y yo lo lamentaba pues me resultaban más atractivos los ventorrillos de salchichas con mostaza picante servidas junto a una rebanada de pan negro con comino, o esa suerte de pizza frita y chorreante, que los húngaros llaman langos ( y que pronuncian langosh). En otra de mis salidas vi a un grupo de rockeros húngaros y tuve que sonreír al descubrir sus descomunales esfuerzos por hacer rimar con guitarras eléctricas y baterías aquel idioma endemoniado y por hacerlas vibrar a ritmo británico. Para defenderme de mis propios prejuicios reviví a Mozart en esas mismas calles y me di un buen gusto imaginando el revuelo que causaría su genio y cómo sería capaz incluso de desplazar a íconos musicales contemporáneos como la “reina” Mercury o a Elton John. En todo caso esos fugaces paseos por Budapest catapultaban en mí el deseo de aprehenderlo todo. No hubo resquicio que no hurgara, entré en la tienda de artesanía checa porque me quedaba en el camino y constaté en sus cristales el destello de su cultura. Confirmé en una tienda de jardinería las raíces profundamente agrarias de los húngaros. Vislumbré en la ropa femenina la practicidad de la industria textil, capaz de sumariar varias tallas de faldas en pretinas de goma y envidié con alevosía el ocio de los turistas frente a deliciosos pasteles y cafés humeantes en frescas terrazas. Me regocijé porque al apurar mis pasos me fundía con otras mujeres tan apresuradas como yo. Al traspasar la esquina de la calle Vas, un penetrante olor de familiaridad me aceleraba el pulso y mientras esperaba impacientemente a que mi abuela me abriera la puerta, pues llave de la casa no me daba, me flaqueaban las piernas. Se tardaba en llegar y me arrepentía de haberla dejado sola, hasta que por fin la veía aparecer con su bastón y así retomábamos la plática de cuando trabajaba en la radio y le enviaban cartas de Australia. “Sabes Mariana, como también mis dos hermanos emigraron a Australia, al contestar aquellas cartas, pude valerme, como lo hacen los buenos actores, de mis propios recuerdos y experiencias. Hubo una vez en que en una de esas cartas, una mujer, o sería mi propia sobrina, me contaba que su esposo húngaro la había dejado por otra mujer y que ella había pensado que su deserción se debía a que estaba cansado de vivir en esa especie de gueto familiar, que había querido romper la placenta que lo separaba de los demás australianos y que la dejaba a ella y a sus dos hijas en procura de una simbiosis anglosajona”. Mi abuela prosiguió su relato posesa: “No había modo de responder aquella carta con ventaja para Hungría, qué podía yo contestar, pasé varios días desvelada hasta qué por fin acerté. Querida Aniko – le escribí- no te aflijas por tu Felipe, tu casa será siempre patria. Eres tú mi pequeña húngara en Sydney quien ha dado albergue al idioma inglés. Me dices que das clases en la Facultad de Educación, que te han distinguido con honores y que preparas un doctorado. No olvides que es a ti a quien premian. Es tu inglés aprendido sobre la base del húngaro materno el que deslumbra a los australianos, es tu mirada teñida de cultura ulterior la que los encandila, Felipe se perpetúa en la medianía. Tiene derecho”. Consideré oportuno el momento para decirle a mi abuela que iría esa noche al palacio de la opera a una doble función espectacular de Caballería Rusticana y El Payaso. A mi regreso la encontré consternada y furiosa, la pasión fluía por su torrente sanguíneo, me reñía, me oprimía, la había dejado sola por más de tres horas, había preferido la música, la diversión, la relegaba. Me fascinó su fulgor, su vitalidad, su entusiasmo. Fingí una indignación, desaté en ella el tiempo presente, los celos, la autoridad, el conflicto existencial y la victoria. Ambas nos fuimos a la cama renovadas y felices, yo embutida en un edredón de plumas de ganso y con la cabeza apoyada en inmensos almohadones forrados de batista con iniciales. Una versión francesa y de bolsillo de Dashiel Hamet, con páginas amarillas e incompletas, editada hace medio siglo con carátulas de papel desteñido, me sirvió de somnífero hasta el amanecer. Cuando apenas creía haber dormido dos preciosas horas escuché un estrepitoso timbre. Me arrellané, me desperecé, bostecé, pretendí ahuyentar el desvencijado entramado de la calle Vas pero el timbre seguía sonando, inclemente, ¿quién puede ser tan desconsiderado? Descreí, dudé de mis sentidos, acaso hasta de mi cordura y me aproximé al visor de la puerta de entrada recobrando el buen humor En eso oí, detrás de la puerta de entrada hacia donde enfilaba mi somnolencia, una voz muy viril :da da da da aici, aici, sigur ca da. Acabé dándoles crédito, eran parientes de Transilvania que, al conocer la noticia de mi visita habían viajado toda la noche sólo para verme. Les abrí la puerta, los abracé y el olor de su trasnocho, mezclado con el que se desprendía de los bolsos apretujados en sus manos enrojecidas por el peso y por el frío, provocó juegos malabares en mis vísceras. Helos parientes lejanos, sin invitación ni zalamería. Los hice pasar, que se calentaran los huesos, que me contaran su desvelo. Pero ¿qué digo? Si es que el espacio narrativo está copado en esta casa memoriosa y ya viene mi abuela a paso lento, a corregir, haciendo cadenciar su bastón y sus mohines de desagrado. Los recién llegados la colmaban con atenciones. Ella se hartó de ellos. Se impuso el húngaro sobre el rumano y una conversación tartamuda, en la que nadie escuchaba. Mi abuela lo desaprobó todo, frunció aún más el seño al sentir el aroma del café que acababa de prepararles y que les traía servido en tazas de porcelana salvadas milagrosamente de manos rusas, en 1946. Logró echar a los parientes, en menos de una hora, pero no echar fuera de sí la bronca. Pasé con ella el día completo, sin escabullida vespertina y escuché atentamente su relato de cuando recibió una única carta de Caracas, en ella su hija le contaba que vivía en el patio interno de una casa de vecindad; que les habían permitido, a falta de habitaciones, construir un cuarto con cemento y zinc y que había allí cucarachas. Le noté con dulzor cierto cansancio. Sentada frente a ella, la había estado escuchando hasta que minúsculos vasos capilares de un azul báltico se fueron tejiendo detenidamente en sus sienes. Supe que estaba llegando el momento de regresar a Paris. Pero no todo fue oír. Durante esos días de reorganización anímica hubo también sabores inolvidables: frambuesas, cerezas, ciruelas. En cambio, la visita a la policía municipal requirió paciencia de mi parte. Los tiempos de paz son difíciles para quienes han sido entrenados para los enfrentamientos, de manera que los gendarmes fumaban tabaco negro para disimular el tedio mientras que su jefe inventaba complicados trámites burocráticos que justificasen su desempeño. El regreso a la calle Vas, me llevó casi una hora, me detuve frente a muchas vitrinas, la de un relojero con monóculo a quien espié reparando, con minúsculas herramientas, un reloj de pulsera que en occidente habría sido reemplazado por un modelo digital; me paré también en la panadería del barrio atraída por los pasteles hojaldrados rellenos de repollo, en su versión salada, o de mermelada de guindas, la dulce; entré también en una peluquería repleta de chismes. Me deje hacer, absorta en el calzado de las peluqueras, una especie de bota trenzada hasta más arriba del tobillo, pero al mismo tiempo con los dedos libres como si se tratara de sandalias. La peluquería era considerada prácticamente como un derecho público, era sumamente barata. Empleadas, oficinistas, enfermeras, gerentes, ancianas y jóvenes acudían allí y eran atendidas con extraordinaria y experticia. Quedé perpleja, allí también funcionaba perennemente el diablillo de flama azul, como en el baño de mi abuela, las peluqueras lo empleaban con una destreza imbatible, colocaban al fuego una suerte de rodillo y una vez hirviente, lo utilizaban para enrollar el cabello de las clientas para crearles rizos. Olía a tintes, a laca barata, a esmaltes de segunda, a cabello chamuscado, a hormonas femeninas, pero todas las mujeres salían de aquel antro con intenciones de regresar lo más pronto posible. Yo misma volví más tarde con mi abuela a que le hiciesen la permanente. La conocían a pesar de que sólo acudía dos veces al año. Revolotearon presurosas a su alrededor e intentaron inútilmente hacerla hablar. Ella respingó la nariz y al cancelar los honorarios, duplicó el monto de la propina. Quedó tácitamente establecido que con ello quedaría saldada cualquier infidencia relacionada conmigo. Ambas reímos porque al regresar a casa sentimos que impregnábamos con nuestros peinados los clásicos olores del lugar de estar, de narrar, de rememorar. Abrimos la ventana de par en par y escuchamos el aleteo de las palomas que desordenaban unas tejas del edificio vecino. Yo me carcomía pensando cómo decirle a mi abuela que me iba, habíamos establecido casi un ecosistema de convivencia, romperlo me resultaba extremadamente difícil. Fue ella, plantándose abruptamente en el medio de mis pensamientos, quien tomó la iniciativa “mientras vivas tu –dijo- perdurará mi recuerdo, ¿cómo puede ser, que cuando yo muera, estas cosas que me rodean desde siempre, sigan existiendo sin que yo las vea?”. Luego, notando mi aflicción, agregó: “Sé que te vas, pero siempre volverás, basta que me recuerdes”.
Ya en París, Juan me comunicó sin enmienda posible que regresaba a la Patria, a la lucha, a lo verdadero y yo me quedé callada. Callar es un lugar propicio para que anide la nostalgia. Un infinitivo de conjugar en solitario. Ni el teatro de Vincennes, ni las voces quechuas, ni los profesores insuflados con los revolucionarios suramericanos, ni la búsqueda de caminos propios me devolvieron jamás dicha alguna en París sin Juan. Al principio nos escribíamos y disentíamos frenética y epistolarmente. Leía en el interlineado de su bien silueteada caligrafía un eterno reproche. Me consideraba émula de Simonne de Beauvoir, me abría las compuertas, que me sintiera libre de todo compromiso, que me sincerara, que reconociera que en el fondo no creía en la revolución sino en el amor burgués, que a él se le requería a tiempo completo, que lo olvidara. Yo le respondía enardecida que los lazos que nos unían eran otros, que no creía yo en la simbiosis existencial de las parejas, sino en la libertad atestiguada. Le escribía que la posesión del otro no era amor, que podíamos vivir juntos o separados pero siempre seríamos nuestros mutuos testigos. Me respondió, con acentuadas silepsis, que los testigos no comprometidos serían como meteoritos paria: si uno de los dos encontraba una verdadera pareja capaz de compartirlo todo, el otro quedaría abandonado. Decía que nada lo ahuyentaba más de mí que la certeza de que pronto lo convertiría en otra de las múltiples fotos que colmaban mi manía de hacer de la vida un álbum de recuerdos. “No quiero convertirme en letra poética, en nostalgia tuya, ni convertirte a ti en nada que no desees ser” escribía, en consecuencia sugería que debía seguir cada uno su propia senda y evitar así la alienación. Las palabras de Adorno, Lukacs, Sartre teñían ligeramente nuestra correspondencia sólo por condescendencia con mis aspiraciones intelectuales pues, en verdad, Juan se imbuía de realidad y de subdesarrollo, sus cartas contenían imágenes impiedosas y casi surrealistas producto de su militancia con las causas populares en su estado puro. Ningún partido de los existentes tenía a su juicio una clara comprensión de la magnitud de la pobreza y menos de la capacidad organizativa del pueblo. Se auto imponía una disciplina teórico práctica de estudio y trabajo político a tiempo completo. Por último dejaba caer que “lo nuestro siempre ha sido una relación dialéctica”. Yo me pasé días lamiendo la palabra “siempre” y regresé tras él. Mientras más se ocultaba más lo inventaba, mientras más se me negaba, más lo busqué. Malinterpreté todo aquello que a todas luces nos distanciaba. Creí que me sometía a prueba cuando me llevaba a los barrios a impartir educación política a los analfabetas, o cuando me llevaba a pasar la tarde, en el escondrijo de algún amigo, jugando a las cartas o al dominó mientras yo, con las mujeres, si las había, escuchaba música folklórica o cantautores revolucionarios, lo único posible, lo único “correcto”. Creí protagonizar un cuento de corte medieval, en el que la vencedora de intrigas y de advertencias sería nuevamente aceptada en la más cálida de las caricias, como la que había conocido en Juan, antes de la toma del ministerio y cuya ternura había dado origen a una criatura a quien sin duda llamaría Mara, por apocope de Mariana y de Margarita y por darle un nombre indígena porque, como decían los Kogui, “primero estaba el mar. Todo estaba oscuro. No había ni sol ni luna, ni gente, ni animales, ni plantas. El mar era el espíritu de lo que iba a venir y era ella pensamiento y memoria”. Ay hija mía que no naciste para ser cosmogonía y zoosophia, mitología y vientre de combustión galáctica. Bienvenido hijo tecnológico y cibernético, pragmático, asertivo ideal para estos tiempos que cada vez entiendo menos. Como respondiendo al llamado de Mariana, Andrés se ha hecho presente frente a su madre y ella se despereza, se incorpora y apenas recobra la postura vertical, cuando se encuentra nuevamente cabalgando por los aires, sobre los amplios hombros de Andrés. Mariana se cuida bien de someterlo a interrogatorio, pero Andrés la conoce bien y responde al tácito cuestionario con absoluta naturalidad. Sí ha comido, le han encantado las sobras del almuerzo, en especial las croquetas. No, no ha huido amiga alguna por los meandros del jardín, ni tampoco permanece oculta dentro de los límites de la casa por timidez. Una nueva oferta de Internet, un juego electrónico y no una chica, lo ha destemporalizado. Se trata de un modelo de sociedad futurista que requiere, entre otras cosas, organización fiscal. Andrés detecta rápidamente que ha perdido la atención de su madre y para recuperarla adopta un tono de confidencia conspicua. El programa en cuestión aborda igualmente una diatriba sexual y trae un demostrador virtual, sólo que para probarlo hay que hacerse de un adminículo que catapulta los sentidos. “Estuve tratando de ubicarlo, de averiguar cuánto cuesta y dónde lo venden, pero parece que aún no ha salido al mercado porque la Comisión Ética del Departamento de Defensa de los Derechos de los Usuarios aún no ha autorizado su distribución. Pero encontré la dirección electrónica de los fabricantes y logré ponerme en contacto con ellos, quienes me hicieron llegar una carta muy bien sustentada para que la firme. Necesitan un millón de firmas pero la mía no cuenta porque no tengo la edad reglamentaria, así que vine a buscarte para ver si la firmas. Te va a gustar, mamá, ellos dicen que se trata de un traje de jersey que se adhiere como si fuera una segunda piel, los electrodos están totalmente camuflados y no pesan nada, en la cabeza se coloca un casco. En verdad parece un atuendo de astronauta, pero en vez de llevarlo a uno al mundo sideral, lo transporta al sensorial hasta el paroxismo. Mamá, ¿qué significa paroxismo?”
- Significa exacerbación- responde automáticamente Mariana.
- Y exacerbar, ¿qué significa?
- Quiere decir exagerar.
- ¡Ah!, entonces el error es de los fabricantes al ofrecerle a los censores la posibilidad de aplicarles un juicio de valor. Les voy a sugerir que cambien el slogan publicitario. Que lo hagan más turístico. ¿Qué te parece, a lo Julio Verne, por ejemplo, “50.000 millas de viaje... intrahumano” o a lo Kipling: “Algo sobre mí mismo”.
- A propósito, hijo, hablando de Kipling, ¿ya hiciste la tarea, no tenías que escribir algo sobre “El libro de la selva?
- ¡ Mamá! No me lo recuerdes. Me da la impresión de que mi profesora ni siquiera sabe que fue Premio Nóbel en 1907. Pareciera que sólo ha visto la película de Walt Disney, la de los animalitos animados.
- ¿Por qué lo dices?
- Por el tipo de preguntas que nos hace
- Y tú ¿por qué sabes?
- Se lo comenté un día, en el carro, a Adriano y me contó que su padre se lo había leído casi a escondidas, cuando era pequeño, pues Kipling era considerado un gran aliado publicitario del imperio británico, un enemigo de los intereses del pueblo, pero, luego, se le había hecho justicia a su prosa y había sido publicado en una edición de fácil acceso, que él había leído con entusiasmo a falta de televisión. Me comentó algunos detalles selváticos en India, que dijo haber aprendido simplemente leyendo “El libro de la selva”.
- Bueno, vamos a ver juntos esa carta- interrumpió Mariana, para disimular su sorpresa con relación al callar de Adriano. ¿Sólo con ella callaba?
- ¡Fírmala Mamá, fírmala! ¿Te imaginas hacer un viaje espacial hacia el centro de uno mismo, pasando por todas las aventuras sensoriales posibles, venciendo tantos sustos?
- Y ¿cuánto irá a costar semejante invención? Y ¿cómo pueden saber que tú eres menor de edad?
- Vamos, ven a mi cuarto, te muestro la carta y la foto del traje y la descripción. No la puedo firmar porque exigen una autentificación, pero vamos, me muero por mostrártela.
- ¿Y no es peligroso que una firma ande por allí en el espacio virtual autentificada?
- ¡Mamá! Sólo quiero que vengas a mi cuarto y que lo veas con tus propios ojos, es fascinante.
La reacción de Mariana maravilla a Andrés. Ella va leyendo y simultáneamente traduciendo del inglés, con sorna y en voz alta espeta “...En la sociedad perfecta, que usted mismo se fabricará a su antojo, podrá hacer depender las leyes de la oferta y de la demanda de los productos que consuman los pobladores que usted conciba según las normas estéticas, éticas y psicológicas propuestas. A tal efecto se le suministrará un amplio menú de opciones cuyo espectro abarca desde un modelo primitivo, conformado por indígenas, hasta una docena de variantes futuristas, cuyo hábitat pudiera estar ubicado incluso afuera de la Vía Láctea... Imagínese múltiples variantes relacionadas con el espectro – perdón, se corrige Mariana- con el aspecto sexual sin prejuicios de ningún tipo. El menú de opciones incluye el sexo entre seres hermafroditas. Existe incluso la posibilidad de crear un movimiento social minoritario que proclame la homosexualidad y entre cuyas reivindicaciones figure la gratuidad de las intervenciones quirúrgicas para instaurar cambios genitales. Con el fin de imprimir realismo a semejantes escenarios, y muchos otros, hemos diseñado un traje especial que le permitiría a nuestros usuarios meterse en la piel de sus virtuales protagonistas y experimentar sus posibles sensaciones... En vista de que aun no hemos obtenido el permiso comercial de la Comisión Ética del Departamento de Defensa de los Derechos de los Usuarios, nos permitimos sugerirles que firmen Ustedes la petición adjunta, con el objeto de ejercer lobby y acelerar la permisología...”
-¿De qué te ríes? Mamá, inquiere Andrés
- De mi misma- le responde Mariana. Me hacen gracia las traducciones, la palabra permisología por ejemplo, como si se tratara de una terapia para afecciones burocráticas.
- A mí me fascina escuchar cómo logras traducir en voz alta lo que lees. Yo lo entiendo todo, pero por escrito.
- Sí, es que ustedes casi no utilizan el lenguaje oral. Se la pasan chateando.
- ¿Vas a firmar la carta?
- Ya va, vamos a seguir traduciendo: “Imagínese que se ha puesto el traje. Pulse el botón azul ubicado en su hombro izquierdo. Un inconmensurable vértigo se apodera de sus vísceras, el deseo de lanzarse hacia el mero epicentro del vacío. Volcará todo el contenido erótico de su incontenible deseo en el teclado, inmensos poemas de desesperanza y de soledad se amalgamarán como sortilegios. Amago de versos en el vasto campo que ocupa el aburrimiento. Se habrá modificado el universo en un micro ángulo a través del cual se deslizarán, lubricados y enormes, los poderes creativos del hombre”.
- Mamá, ¿dónde estás leyendo? Yo no veo nada de eso que tú estás diciendo. Allí dice que al ponerse el traje, la piel se le pone a uno de gallina y los dedos se le crecen y que conviene echarse una colonia cuando se esté usando el traje, porque el único sentido que aun no se ha logrado dominar totalmente es el del olfato. Dice también que además del traje y del casco, proporcionan una mascarilla que hay que colocarse frente a los ojos porque tienen no menos de un millar de escenas compactadas en un disco y que en pruebas recientes se han determinado alcances insospechados en el registro de sensaciones que incluso llegan, como te decía antes, al paroxismo.
La noche ha penetrado diagonalmente en la habitación de Andrés, madre e hijo, absortos frente a las letras iluminadas de la computadora, descuelgan otras preocupaciones: las de él, ella. La mira de reojo, vislumbra incongruencias, se pregunta si serán sólo el producto de su sempiterna fantasía y de sus salpicaduras humorísticas. Ella continúa lucubrando acerca de las posibles permutaciones sexuales entre hermafroditas. Piensa en requiebros, en la seducción, pero también en los componentes cromosómicos de semejantes seres humanos. La doble hélice molecular alterada por el redoble de algunas enzimas. No advierte el escrutinio filial, sí disfruta, en cambio, del abrazo con el que Andrés logra sonsacarla de sí misma. Entonces, ambos se percatan de la oscuridad y tras un breve intercambio de miradas, resuelven importunar a Adriano. Lo encuentran espabilado frente al televisor, en la habitación nupcial también reina la noche sólo que iluminada por un hálito de imágenes que encadenan la realidad con la ficción: una ejecución, en vivo y en directo, de un periodista; el desmontaje de una bomba abandonada en un parque por un personaje cuya identidad aún se desconoce y finalmente las declaraciones oficiosas de Hollywood anunciando que se tomarán medidas especiales de seguridad pues los directivos, bien asesorados por expertos, tienen sobradas razones para suponer que serán objeto de ataques terroristas. La voz en off aclara que se han interceptado mensajes en los cuales se les considera “objetivos militares” por haber cometido los delitos de manipulación, deformación de la opinión pública, explotación de inmigran Al Pacino pum pum pum la pequeña Simpson chupón chupón chupón, “protesto su señoría mi cliente” cabello más suave ahorre. Adriano, en posesión del control remoto, hace cabalgar imágenes a galope. Fragmenta, disocia, fracciona y calla. Quienes deseen saber más han de inventar una improbable interfase. Andrés rompe el hielo con su apetito de adolescente y propone en alta, clara e inteligible voz, que pidan por teléfono una pizza. Suena un timbre en el callar de Adriano: “¡Ah Mariana!, exclama genuinamente liberando el momentáneo descuido, mientras dormías llamó Margarita para invitarnos a comer a su casa, precisamente pizza. Dijo que le avisó a tu papá y que tu hermano también va”. ¿Durmiendo? Mariana rumia el gerundio, le adjudica propiedades de camuflaje. Durmiendo dormía dormitando en duermevela. Dormía luego existía, soñaba ergo era. Mimesis órfica. Adriano ignora que acaba de servirle a su mujer, en bandeja de oro, un recurso de amparo auténtico para refugiarse en sí misma, un lugar-tiempo socialmente aceptado para librarse a especulaciones, como ésta, la más reciente, la de los hermafroditas procurando lo complejo. A medida que se alistan para asistir a la cena familiar en casa de Margarita, Mariana intenta mantenerse a distancia de las variables genitales que la ocupan. Sin embargo, algunas dudas prevalecen aún durante la vigilia. ¿Sería un hermafroditismo similar al de los caracoles, podrían los seres humanos estar dotados de falo y vagina dúctiles, tal vez en la cresta del cráneo y, en celo, ejecutar el acto sexual en la cabeza? ¿Quedaría de paso eliminado el pudor, el concepto de desnudez? ¿Podría producirse el doble coito como simbiosis absoluta entre dos seres que pudieran compartir durante el orgasmo sus respectivos contenidos ideales? Inmediatamente repasó la factibilidad genética. Semejantes seres le parecieron más próximos a la robótica que al humanismo que había teñido siempre en sus reflexiones socio-psicológicas, pero Andrés y Adriano la llamaban al unísono desde la sala. Las voces varoniles le imprimieron un tinte armonioso al momento. Mariana no los hizo esperar demasiado, sólo se dio tiempo para volverse a mirar en el espejo de su cuarto. Acertó. Entendió el absolutismo que imponen los compromisos familiares. Muy atrás ha quedado el aciago estreno de Adriano en las cacofonías del idioma español, de cuando recién llegado devoraba con similar gratitud guarismos y guacamayas. Ahora le hace gracia interceptar, en las menudencias del lenguaje coloquial, muletillas, latiguillos y groserías, que los interlocutores emplean para rasarse. Ni una sola idea se desprende de esos encuentros unísonos: cada reunión idéntica a la anterior y anticipo de lo que será la próxima. Los hombres hablan siempre de los últimos adminículos electrónicos y de sus respectivos costos. Las mujeres, casi siempre, discurren acerca de enseres, modas, hombres. Adriano encuentra en ese incesante cuchicheo un grado de aburrimiento tan supremo que ninguna chispa, ni aún la más peregrina, logra encender en él el deseo de conversar. Toda locuacidad queda encerrada en su fuero interno, en el desarrollo de frases concatenadas, perfectamente lógicas, en el diseño mental de un negocio tangencialmente relacionado con el ramo textil, para cuya ejecución debería no sólo convencer a su suegro, sino encontrar una fórmula de igualdad de condiciones comerciales. Jerarquiza, trilla, antes que abordar el aspecto meramente económico, repara en la factibilidad de fabricar etiquetas y calcomanías especialmente concebidas para las prendas juveniles; contabiliza para ello el talento de algunas chicas de la fábrica a quienes podría encargar la manufactura de los modelos iniciales. Permuta franquicias de fácil retención y organiza paródicamente una potencial campaña publicitaria popular en torno a su idea de lo que se llamaría “trans-fox”. Sonríe tratando de imaginar los giros fonéticos que pudiera tomar la palabra. Piensa que en los barrios populares seguramente sería pronunciada como tranfo, perfecta alusión sobre todo para los pantalones de características unisex. En las clases de mayor capacidad adquisitiva y de dominio del inglés podría convertirse en consigna entre amigos. Poca diferencia semántica ni fonética encontrarían seguramente entre fox y fucks. Adriano suelta una espontánea carcajada en el preciso momento en que el grupo familiar más se enfrasca en el inútil discurso político. La voz cantante la acaba de acaparar David, el confuso hermano de Marianne, que harto del tema, busca derivar la conversación hacia la música. Interpreta la carcajada de Adriano como un gesto de solidaridad y le echa mano rápidamente a la guitarra, momento que aprovecha Adriano para exclamar con experimental ritmo británico: “¡Trans-fox!”. David maravillado se entrega con pasión a jazz, guitarra y humo, trantrantranfo tran, chasquea y charrasquea, canta, silba y tamborilea. Saliéndose de sus propias extremidades, Adriano le pasa el brazo sobre el hombro a David y se vuelca en desafinación. Su mente no se aparta del posible gingle para los pantalones marca transfox. Un estremecimiento volcánico desmiembra a David, se le aglutina la lava en la campanilla, ya casi no le sale voz. Interpretando la guitarra se ha convertido en el fagote de esa orquesta sin dirección en que ha devenido la reunión familiar en casa de Margarita. Ella misma percusión de gran estruendo al anunciar que está embarazada. Metal y ensamble de viento, en ejecución de la marcha de Aída, es su marido. Cacofónico concierto para sordos, espectáculo para ciegos, teatro sin espectadores. Ilesa Mariana. Ileso Adriano. Ella porque conjuga desde temprano las encinas y el endoplasma de complejos hermafroditas. Él porque ejercita con precisión la mercadotecnia: “Debo enviarle la solicitud de presupuesto a los proveedores de esténciles para la industria textil, no debo olvidar hacer la consulta acerca de los precios de las tintas indelebles, quiero asimismo hacer el experimento allí mismo en la fábrica, concluir el laboratorio sólo requiere una mínima inversión que ya he asegurado para cuando se haga efectivo el compromiso de pago por la venta del lote de blue jeans de corte a la cadera, que me ha comprado el Señor Requena aún a sabiendas de que han pasado ya de moda, pues está seguro de poder colocarlos en los confines caribeños. Por cierto que le prometí averiguar la exención del impuesto al valor agregado. Todo sea por llenar los espacios silentes pues estoy seguro de que él sabe que yo sé que trama un contrabando. No soy su padre confesor, no me corresponde absolverlo, sólo cobrarle. “Tran tran transfox fox foxy fox fox”, vocaliza David tocando la guitarra aún estremecido por el abrazo de Adriano. No inmiscuirse en la vida de la familia ha sido su lema salvador durante años. Menos que menos querría hacerlo con el marido de su hermana Mariana; sin embargo, por más que intente racionalizar, los escalofríos persisten. No tiene caso disimularlos ante su padre, a quien tiene justo enfrente, pues Alberto, como el resto de los miembros de la orquesta, se ocupa únicamente de su propia instrumentación, arpegio centroeuropeo. Reverberan en él la cítara y el violín. Dirime con esplendor un canon cuyo motete conlleva siempre un perenne retruécano: el 19 de marzo de 1943, fecha funesta de voces oscuras acompañan a los suyos, más allá de toda lógica, a la hecatombe, al ara holocáustica donde relampaguean las manías tristes de Alberto. Aquí, reunido en consanguinidad con su prole, devenido patriarca en América, se ensimisma por encontrarse, aunque sea una vez más, con los que hablaban su idioma primigenio, con sus ancestros, con su hermano de quien le han contado que murió adoptando la inanición en grado absoluto, sentado en posición de loto, abstraído, transmutado, adyaciendo. Algunos acordes gitanos le templan las cuerdas de la memoria casi a reventar, el vodka cumple lo suyo. Superviviente de la guerra, es incapaz de sobreponerse a una velada familiar, se escurre sin anuencia refugiándose en la habitación conyugal, adonde una enorme pantalla de televisión, con control remoto de última generación, lo tienta a perderse en brincos desenfrenados entre sesenta canales de transmisión. Finalmente se deja atrapar, en casi duermevela, por una película checa, entrecruzándola, matizándola, añadiéndole, ora noticias, ora uno que otro capítulo de alguna serie humorística estadounidense. Allí va a dar con él su esposa, mezzosoprano de lujo en el arte de sonsacarlo y de prepararlo para la interpretación de un dúo de despedida resistente a todos los “encore” que puedan profesarles los hijos. Pero nadie puede marcharse, pues falta Andrés. Todos se dispersan para buscarlo. Es hallado sospechoso de merodear el cuarto de servicio, adonde una joven de su edad le causa intriga. Él, pizzicato, lo desmiente: “to ma ba a gua en la co ci na, venía de la bi blio te ca, de jugar con la nueva com pu ta do ra del tío”. Sólo Mariana podría eventualmente creerle pero acaba de imaginar el semen diferenciado de sus benditos hermafroditas y de descubrir, a través de la consistencia viscosa del fluido traslúcido, un efecto prisma sobre los objetos además de unos colores que no figuran en el espectro cromático. Le toca a Adriano disipar la vergüenza de la trigueña de marras (con quien ha intercambiado una calibradora mirada) y la genuina sed de su hijastro, con quien comparte una cerveza a medias.
Púrpura ventricular
restaño de auras
trazo
Curva envolvente de rayos luminosos Unívoco punto la procedencia y el fin. Reflexivo reflejo en constante arritmia. Diástole-sístole. Dia Sis Dia Sis diálisis, día de Isis. Diosa cabeza de vaca inmune al sacrificio minoico, a la hecatombe y al holocausto. Y, sístole y diástole, pulsión por hallar a Osiris fraternal, incestuoso, en cien fragmentos disperso por el universo. Sístole, sístole, sístole hasta completarlo y convertirlo en momia de adoración, en criatura mitológica, Isis amamantamamantamamanta Amamantada giro en espiral cósmica, alcanzo a verme la cola de cometa, giro al interno energía devorando. Diástole diástole diástole violácea. Una línea se contonea obstinada sobre el fondo, la procesión de ínfimos puntos negros se organiza apresuradamente para protagonizar sin dilación una entrada magistral en el proscenio. Se ha configurado una flecha, cuyo disparo provocado por estremecimiento nuclear en su estructura la ha convertido en velocidad. Rauda incandescencia transparenta todo aquello que atraviesa en su desbocada aceleración. Todo es poco. Pueden vislumbrarse únicamente ciertos íconos emblemáticos del recuerdo. Sólo memorabilia. La flecha regresa de su periplo por la zona de los recuerdos y sin clavarse en blanco alguno se detiene por un instante en el cero. Ilesa de gravedad, permanece suspendida aún, mientras va despojándose de aquello que pueda identificarla. De nuevo línea recta, se aleja hacia los confines bipolares. La masa linear no flaquea ni se adelgaza, al contrario, robusta y continua alcanza la infinitud y luego torna sobre si misma para representarse en el espectro visual en forma de ocho horizontal. La línea no reposa, infinitos ochos concatenados se desprenden del precedente infinito y se aureolan. La visión doble aumenta en progresión geométrica cuando, sin romperse, la línea de ochos se multiplica yuxtaponiendo en contrasentido otros ochos. Tantos, que lucen como pétalos de flores. La visión dura un fragmento de instante pues ha regresado la línea recta, evocadora del límite sensorial entre el aroma floral y el calor que las ha marchitado. Supremo testigo es quien haya presenciado alguna vez ese instante de máxima madurez que precede a la descomposición. La belleza suprema: conjunción, síntesis, esencia, perfume, decantación en gotas que tardan milenios instantáneos en formarse y luego pierden volumen para hacerse burbujas flotantes, reflectoras de transparencia. Las pompas se reproducen súbitamente creando zozobra. Diástole.
¿Cuándo se van de viaje?, pregunta Alberto a su plácida y sonreída hija apoltronada y absorta, a su lado, en el diván de la sala. Alberto no ha podido marcharse, tampoco ha obtenido respuesta a la misma pregunta cuando se la ha formulado hace apenas unos segundos a Adriano. No se lo toma a mal, ha sido él el extemporáneo, los hombres de la casa tienen todos la boca llena, devoran la tardía pizza que Margarita con precisión milimétrica talla y sirve y reparte y a cuyo auxilio acude Mariana, tan pronto como Alberto le asoma la punta del extenso cuestionario con el que suele reemplazar cualquier comunicación espontánea. Sin embargo, no rehuyó del padre, nunca lo hacía, le contestó cortésmente que la fecha de salida estaba a punto de ser decidida, sólo faltaba precisar algunos detalles. En verdad lo ignoraba, pero no hizo falta seguir preguntando. Adriano mismo, como tocado de repentina locuacidad, anunció de muy viva voz que dentro de dos días saldrían para Frankfurt y de allí, en carro, hacia el este. Luego, aprovechando el efecto sorpresa y el consecuente segundo de silencio generado, añadió “de regreso haremos escala en París”. En un gesto de extrema delicadeza, se dirigió a sus suegros. A ella le preguntó, con la debida impostura, si deseaba algún perfume en especial; luego, ofreciéndole disculpas a su interlocutora, se viró hacia su suegro y en un tono ultraconfidencial le expuso con detalles el negocio del Transfox.
- Ya veremos a tu regreso del viaje a Europa- repostó Alberto, recobrando por un momento su antiguo talante de ejecutivo y un minusválido bienestar. Más contenta estaba su esposa a sabiendas de que ahora su marido rejuvenecería teniendo un tema para rumiar. “Transfox suena de foxtrot”, dijo entusiasta y de seguidas improvisó unos pasos de baile a los cuales arrastró a su hija y a su hijastra. Así las encontró Margarita, la otra, al llegar jadeante y a destiempo, cuando ya todos habían cenado y amagaban dando traspiés antes de despedirse. La presencia de Margarita prolongó por tensos minutos la reunión familiar, pues llegó comentando el aumento de los precios, el control de cambio que estaría por anunciarse y todos quedaron perplejos pues hasta entonces jamás se le había oído a Margarita comentar absolutamente nada ajeno a su menudo mundo restringido a la moda, los amigos, los viajes, los restaurantes y, a lo sumo, a algunos libros de autoayuda. Las peregrinas palabras de Margarita quedaron revoloteando en la mente de Adriano hasta disiparse en un profundo sueño, cuando por fin pudo tras el silencioso retorno a casa, dejar de estar. También Mariana se fue a la cama reconfortada por el hecho de saber que en dos días viajarían, pero antes revisó mentalmente el itinerario y se interesó por voces políglotas provenientes de regiones atávicas. Escuchó chispazos cuando tomó en sus manos La tragedia humana, un libro del húngaro Imre Mádach, curiosamente publicado en idioma original, en Buenos Aires, en marzo de 1951, y que, finalmente, le había entregado a hurtadillas su madrastra hacía menos de una hora, después de habérselo pedido durante años al padre. Desde niña lo había visto ocupar un lugar privilegiado en la biblioteca de Alberto. Él le había respondido siempre con evasivas hasta que, harto del acoso, le reveló lo poco que Mariana le había oído decir acerca de su madre Era junto con Cabezas Trocadas, de Thomas Mann, de los libros favoritos de la difunta. Mariana miraba las palabras en busca de significados. No podía entender por qué hojeaba aquel libro en húngaro, ni tampoco su origen argentino. Cabalgó sobre hipótesis improbables hasta que de pronto, halló en la intervención de un Lucifer clásico algunas claves. Tras haber dialogado con Platón y con Saint Just, con un sabio y una gitana, con Dios y consigo mismo; tras haber viajado del Edén a la era napoleónica, de haber refutado muchas veces las proclamas versificadas por un coro de ángeles y después de atestiguar lo que calificó de tierno epílogo familiar entre Adan y Eva, es en el Fin de la comedia donde Lucifer le espeta a Dios: “...moral y grandeza son dos palabras que sólo se pueden materializar si son custodiadas por la superstición, el prejuicio y la ignorancia”. Luego ese mismo Lucifer le pregunta al mismo Dios: “¿Porqué en grande obra me emprendí con los hombres si amasado de lodo y rayos solares es enano para el saber y grande para la ceguera?” y Él le responde: “No quieras saber”. En cambio a los hombres, Dios les ofrece como respuesta a esa misma pregunta una consigna aún más imperativa: “Esfuérzate, lucha y con fe confía”. Mariana se estremece porque intuye, en el Lucifer de Mádach, un interlocutor desproporcionado. En duermevela le dice: “Hoy tuve una visión fantástica en la que un nuevo sentido se hizo presente. Uno que se parece al tacto pero no lo es. Se trata de la facultad de calibrar el peso de lo invisible. El placer radica en sostener esa nada”.
- Légy üdvözölve Idegen...- le responde Lucifer en húngaro
- Un detalle de la visión fue la certeza de haber sido prevenida- le responde Marianne, comprendiendo, sin preguntarse cómo, la bienvenida que le ha hecho Lucifer al mundo de los diferentes.
- Provenimos del otro lado de las palabras, de una región de libros, de las circunvalaciones laberínticas del pensamiento y del lenguaje
- Sí, sí, -asiente Mariana con entusiasmo- en mi visión tenías el rostro grande, ovalado, abultado y verde; en vez de ojos, nariz y boca tenías una cantidad de organismos palpitantes, independientes entre sí.
- Légy üdvözölve Idegen...
- Me das la bienvenida a la inacción, a la negación del desempeño. Caigo y al caer me elevo. Duermo y al dormir despierto. Dudo y al dudar oso. ¡No quiero despertar!
- Légy üdvözölve Idegen...
- ¿Muero?
- ¡Sí! Es el Fin de la comedia, bienvenida seas enajenada, otra, extraña. Bienvenida seas extranjera, ácrata y libre.
- ¿Qué libertad es ésta, Lucifer, adónde por no obedecer convenciones he de enajenarme, exiliarme y huir?
- Otra no existe.
- Pero yo confié con miope fe. Cuando mis preguntas a Dios no hallaban en él respuestas, atribuí su silencio a su particular método pedagógico. Interpreté que cada cual debía sacar sus propias conclusiones escalando la experiencia humana. Por ello lo admiré, pero seguí siempre preguntándole aquello que él nunca respondía. Desde el génesis bíblico hasta nuestros días ¿por qué pervive la maldad? Dios callaba y en su callar me hallé culpable. Acudieron en mi auxilio otras exigencias de la edad. Me aparté de Dios. Los asuntos prácticos ocuparon entonces los aposentos que antes poblaba la omnipresencia de Dios. Tomé la justicia y sus ideales con mis propias manos y la emprendí contra el status quo. Cuando cumplí treinta años, suplanté nuevamente ideales por pragmatismo. Me enfoqué en la fábrica, aún estaba a tiempo de dirigirme hacia el éxito económico, industrial, comercial y profesional y luego, el familiar. Vi en Adriano la posibilidad de apearme del tren y echar raíces en el seno de nosotros mismos, con nuestra cultura, con nuestra inteligencia, con nuestro sentido del humor, creí que lograríamos desprendernos de tierra firme y crear un espacio propio, un lugar en ninguna parte en el que privaran nuestras propias leyes, tan humanas y tan pueriles cuanto posibles, tan idealistas como realizables, pero ya ves Lucifer, él calla y en su callar…
- ¡Que fastidio!- protesta Lucifer bostezando y prosigue. Deslástrate de conclusiones, de anécdotas bla bla. ¿Es que acaso desconfías de tu nueva divisa?
- ¿No te sientes solo despojado de recuerdos, no sientes ante el despojo? ¿No sufres vértigo en el eterno abismo?
- ¡Yo no me deprimo! Yo me arrecho: ¡Pienso, sueño y copulo!
- Hablas como un niño. Sin matices ni intersticios. Obvias las excepciones, la coloratura. La vida es todo aquello que se le añada a la sempiterna repetición. No somos más que una fábrica de recuerdos individuales y colectivos. Por eso nos interesan las modas y los deportes, las batallas, las historias familiares, los relatos, los cuentos. Cada cual lleva consigo su experiencia propia y se enriquece con la compartida. Por eso escuchamos las noticias y vamos al cine a que se nos muestre aquello que no podemos ver sin la ayuda de terceros. De ese modo el interés en mantenerse en vida se carbura y se multiplica, por eso somos gregarios. En compararnos, en medirnos, en calibrarnos gastamos buena parte de nuestra vida. Embellecemos nuestra memoria con el doble propósito de maquillarnos para la comedia humana y también porque en el autoengaño vertemos creatividad estética
- Bla, bla bla…
- En pocos días veré de nuevo a mi abuela en su salita de estar. Pienso grabar algunos de sus recuerdos, porque ella suele decir que nadie muere mientras perdure su memoria. Me gusta en particular cuando me cuenta acerca de un radioescucha que lograba oírla en onda corta desde la lejana Argentina y le rogaba, por vía epistolar, que tan sólo hablara, pues el timbre de su voz lo retrotraía hacia la tardía adolescencia, le hacía recordar a su primera novia, de quien nunca más tuvo noticia desde su desembarco en Buenos Aires, en donde se reducía cada vez más su contacto con la lengua madre y donde por azar le había caído en las manos La comedia humana, precisamente un ejemplar del libro que ahora ojeo en procura de las huellas de mi madre. Dime Lucifer ¿la conociste? ¿Sabrías contármela? Házmela palabra. ¿Por qué le gustaba La comedia humana de Mádach?, ¿Por qué me afano en vano en estas páginas pergeñadas con ahínco maníaco?
- yap yap, yap
- Te encuentro vanidoso y soberbio, Lucifer, quieres hacerme creer que no te ufanas de tus propias hazañas históricas, que no te enalteces y te congratulas por haberte sobre impuesto a la voluntad de Adán y Eva, y a la de Caín y…
Mariana se alza del lecho nupcial acechando las figuras danzarinas que burlonamente la desafían desde las cortinas de lino. Sin aprensión, le parece que las sombras se repiten conformando un códice. Sí, definitivamente, más que figuras en movimiento, han de ser palabras ambiguas reflejándose viciosamente sobre un telón de fondo movedizo y pendiente. Ante la evidencia de sus conclusiones, bendice quedamente cada momento que en la vida ha pasado leyendo. Invoca El Horla de Mauspassant y se pregunta si será extravío conversar con Lucifer en medio de la noche, pudiendo entretenerse, como lo haría cualquier mujer en vísperas de un viaje a Europa, haciendo planes turísticos o el inventario mental del equipaje. Intenta obedecer el llamado pragmático que le hace la luz del amanecer que, emergente, se cuela en su habitación, cuando con torpeza corre ligeramente la cortina, sobre la cual, hace sólo un instante, ha mirado el único cuerpo posible de Lucifer, el de las palabras antiguas, pero sus pupilas y su voluntad se retractan inmediatamente por la irrupción del brillo luciferino. Con los ojos ahora desorbitados busca nuevamente a Lucifer, lo busca con el miedo de creerlo perdido, con el pánico de enfrentarse a la monotonía del día sin haber siquiera concluido el diálogo con él. La mañana amenaza con implantarse y Adriano con despertarse cuando Mariana, en un último esfuerzo por restablecer el diálogo, cree recordar las palabras que vendrán como si el burbujeo que se produce en su oído izquierdo le recordara una herida muy cercana. Aquella que le asestó Lucifer, cuando, mucho más joven, la retaba, como ahora, a dejarse de sí y a emprendérsela consigo. “¡Se que eres tu Lucifer! -le dice Mariana palpándose el oído, dudando, como siempre, de sí misma, pensando que la lectura de Mádach le ha disparado una locura, pero, al mismo tiempo, prestándole cada vez mayor atención al hervidero en que ha devenido su expectante oreja. “Sólo se vanagloria aquél a quien le importa una pobre puesta en escena con un guión repetitivo sobresaturado de moralina y bipolaridad” alcanza a oírle decir a Lucifer, a lo cual le responde briosa: “Si no te importara habrías claudicado, desistido; cedido protagonismo. No anduvieras rondándome, seduciéndome, invitándome al otro lado del lenguaje. ¿No representas tú tu propia moralina; quieres gobernar; es poder lo que buscas?
La respuesta no tarda: “La búsqueda del poder es una convención que se me ha atribuido siempre. Una paradoja que conduce a los hombres a buscar en mí su fracaso. He de ser yo quien corrompe a quienes lo detentan. He de ser la maldad, vanidad, vicio, perversión. Soy el enemigo invisible e imbatible inventado como contrafuerte al buen Dios todopoderoso. Bla bla bla. Me importa lo mismo el bien y el mal; los han inventado los hombres para sobrevivir al fracaso de su Dios omnisciente. Reino en la interioridad, en las circunvalaciones de la fantasía, en los retortijones diletantes. Me aburres Mariana cobarde, corres enfermiza al borde del abismo pero te regresas maníaca al regazo de tus recuerdos, a la vera de los convencionalismos. Eres un bostezo. Un letargo. Un fiasco. Horcada veo en tu mirada oblicua. Desperdicié buen verbo en zarandear tu inteligencia. Alucinaciones no te faltaron, mas hete aquí sonsa y sedentaria. Sólo doctrina. Bla. Bla. Bla.
- Hete tú, Lucifer, grandilocuente, rumiando tu propio catecismo. ¿Fuiste tú, acaso, quien guió la mano de Van Gogh, o la pluma de Lautreamont? No serían ellos lo que son de no haberlos exaltado el hombre con la venia de su Dios. Expurgar la monotonía inventando estupor ha sido un salvoconducto brillante para que los hombres sigan obrando en rebaño y que haya siempre algún diferente para que confirme la regla. Las flores de estiércol perfuman el tufo que exhala la mediocridad, son brotes de genio puro, para que luego aparezcan los racionalistas de siempre y les dediquen infinitas tesis, que demuestren que genialidad se emparienta con locura y con sus preciosos eufemismos: manía depresiva o bipolaridad.
- Yap yap yap. ¿Qué me dices, idiota?: que le temes a la locura, que llevas piedras en los bolsillos para semi- levitar, para medio volar y para dejar bien señalizado el camino de regreso en caso de sentir vértigo frente al muro abismal. Usas palabras ungidas en santos óleos para justificar tu terror apocalíptico. Allá tú con tus precauciones, allá tú, medrosa, pusilánime y descarada. No me invoques ni me nombres. No quieras medirte conmigo. Regresa a la confortabilidad, sigue copiando ademanes, modas y menudencias. Perpetúate en generar recuerdos para mentecatos. ¡Anda, prepara el viaje a Europa como le corresponde a una esposa!
- Yap Yap Yap- remeda Mariana a Lucifer con sorna- y tú ¡regresa al libro de Mádach! ¡Eternízate en el encierro literario al que te han condenado Milton, Goethe, Thomas Mann! Si tú no quieres comprar mi alma, mucho menos quiero vendértela yo. Yap, yap, yap, viciosa repetición. Mariana bosteza, pagarle a Lucifer con su misma divisa enaltece su autoestima un ápice, pero luego espera inútilmente la respuesta de Lucifer, quien al callar aviva en ella el deseo de seguir azuzándolo. En cambio, corre nuevamente la cortina para prolongar artificialmente, por unos minutos, la oscuridad y poder de ese modo rozar palabras extáticas: “Tragaluz autófago”. Las pronuncia en voz tan alta que casi despierta definitivamente a Adriano, y, luego, aclama más quedamente: “Sí, tragaluz es el diablo; lo convexo del delirio; la perplejidad con el empeño de adelante; lo inescrutable de la carencia; el extravío cuando a ninguna parte se iba. Es encarcelarse en prisión expansiva; ir diciendo el silencio con el esfuerzo de quien borra; echar la lengua al viento, enterrar los oídos, empacar los ojos en fuego”. Todo cuanto en palabras va repitiendo Mariana se manifiesta también en colores. Callar equivale a blanco engullidor de sombras que transparentan y reflejan. Blanco es metáfora de pantalla, de cortina en lino, de superficie onírica y las imágenes que sobre ellas se proyectan son junto con ellas mismas fagocitadas.
Predecible, automático, impecable, Adriano se despierta justo a tiempo para evitarle a Mariana la estridencia del despertador. Todos sus actos subsiguientes guardan igualmente una cortesía rigurosa, totalizadora, absoluta. No quedan tras sus pasos huellas que lo delaten ni tampoco sonidos que lo identifiquen. Su ser clandestino merodea los recintos de su propia casa como quien husmea el correo ajeno; camina desplazando setenta y cinco kilos de masa corpórea, sin que su peso repercuta; va cerrando tras de sí toda notoriedad posible. Para cuando Mariana despabila, Adriano se ha duchado y afeitado con rasuradora eléctrica. A medias vestido, frente a la cama, está por ponerse la camisa. Su mujer, haciéndose la dormida, lo espía, lo ausculta. Le fascina ver como envaina sus largos brazos en tela gris plomo. Advierte, una vez más, que su marido ritualiza el abotonamiento metódicamente, de abajo hacia arriba, haciendo coincidir ojal con botón y no a la inversa. Adriano lleva la mente en blanco y así se esfuerza por mantenerla el tiempo más largo posible, de manera que no cede ante la tentación de escuchar música ni noticias. En verdad, aunque él no llame por nombre alguno su rechazo al sonido, es un tanto audio fóbico. Si protegió el sueño de su esposa fue simplemente por no oírla hablar. También evita tropezarse con Andrés. Ni siquiera autoriza a su propia voz interna para que interrumpa el silencio placentario. Acepta, sí, algunos ruidos deleitosos: el sonido redondo de un motor bien temperado, el imperceptible rumor que se genera al encender el aire acondicionado de un automóvil como el suyo y otros, aún más delicados, casi imperceptibles, como los que producen los vidrios automáticos cuando suben o bajan o la palanca de velocidades cuando la dirección es hidráulica; los espejos retrovisores o los asientos inteligentes que retroceden para permitir el acceso del conductor y luego recuerdan la posición inicial sin necesidad de pulsar comando alguno. Adriano ha abandonado el hogar, ha huido de casa como cada mañana. Se está abriendo paso por el convulsionado tránsito caraqueño. Pese a que conserva la mente en blanco, aun no ha consumado en su totalidad los ritos mañaneros, todavía se solaza, inconscientemente, permitiéndose la delicia de juguetear con el volante forrado en cuero y ejerce el poder supremo de manejar. Acariciando la piel mullida, tersa, mórbida de su automóvil le da importancia al acto de revisar sus propias manos. Ha hecho de la pulcritud un símbolo, sobre todo las uñas han de estar siempre prolijas como emblema de honestidad y de honorabilidad. No es que desdeñe todo trabajo manual, puede, por ejemplo, hacer amagos por reparar alguna máquina, en la fábrica, por el mero placer varonil de descubrir su funcionamiento. No ha renunciado al gusto masculino y pueril de convertir los mecanismos en rompecabezas para conocerles las entrañas, pero, luego, a hurtadillas, echa mano siempre de abundante agua jabonosa y de su cortaúñas suizo, para mondárselas y adecentarlas. Ahora mismo, mientras sortea y blasfema por salir del embotellamiento vehicular, se ha descubierto en la uña que corona su falangeta anular un desperfecto. Aprovecha la luz roja del semáforo para intentar deshacerse de la pequeña mancha contumaz y descubrir que debajo de la uña se ha almacenado un jirón de mugre y que se le ha levantado ligeramente la cutícula. La luz verde se apoya en el pedal acelerador, ahora sí, libre de contratiempos y de malabarismos, Adriano gana la autopista centro occidental y se felicita, como todas las mañanas, de haber llevado a cabo su decisión de descentralizar la fábrica mudando los talleres a sesenta kilómetros de la capital. Ha logrado con ello descongestionarlos, pues los precios por metro cuadrado son mucho más rentables en provincia y menores los impuestos. Ni hablar de otras libertades: la exoneración meridiana del almuerzo familiar, en casa, con sonrisa; el escrutinio cotidiano de parte del suegro, a quien ha convencido para que conserve un bello local en Caracas, como oficina de representación y relaciones. La fábrica desplazada le proporciona además una oficina personal descomunal. Se la hizo construir en una suerte de ático con vista panorámica sobre la maquinaria, el personal y, por supuesto, la producción. En esa oficina ad hoc, se ha instalado un excelente escritorio con su respectiva poltrona, una biblioteca para los catálogos y un archivo, pero, además, un piano de cola. No es que sepa ejecutar a Chopin o a Beethoven, tampoco es un intérprete de jazz o de boleros, simplemente encontró una oferta interesante de parte de una cliente morosa y aceptó la propuesta acondicionada. La dueña del piano era una empresaria guapa, altanera y asertiva. Adriano se lo había aceptado como pago parcial de un giro vencido, siempre que ella lo visitara de vez en cuando y los mantuviera afinados a ambos: a él y al piano. Ella remilgó pero aceptó. Había en ese acuerdo un dejo a negociar, pues no quedó acta ni constancia de los compromisos adquiridos, ni del valor económico de la transacción ni la adopción de ninguna medida precautelar en caso de omisión o incumplimiento. Adriano no extraña para nada el concierto privado que tarda en ocurrir, su audio fobia no admite excepciones. Tampoco se da tiempo para contemplar aquel instrumento impecable, cuyos detalles ignora por completo. Otros, siempre otros derroteros cruzan su mente frente al vitral y de espaldas al piano. Lo inquietan las noticias, pues si bien se considera miembro activo del ramo industrial, no ha descuidado en absoluto el filo comercial del negocio y ha sustituido buena parte de la producción nacional con importaciones, a las cuales, bajo la figura de valor agregado, ha logrado restarles el olor a contrabando. Ahora, justo antes de emprender el viaje a Europa y de paso encontrarse con su principal proveedor asiático, se le anuncia un nudo difícil de desenmarañar frente a su suegro. En verdad, se justifica, no es que le haya ocultado nada, no ha habido trampa en la operación, sólo que los pormenores los ha manejado él y no existe respaldo metódico más que en su cabeza. Se dirige con paso firme hacia una pequeña nevera camuflada estéticamente entre los archivadores y le echa mano a la primera Coca Cola del día. Se gira sobre los talones y enciende la computadora. Mecánicamente revisa los correos electrónicos del día y los mensajes internos del departamento de ventas, así como los cronogramas de la sección de producción en serie. Para tomar una decisión en relación con la mercancía en tránsito, escudriña con lupa las noticias. Se habla de aumentar los aranceles para proteger la industria interna, no encuentra en ello obstáculo, las prendas manufacturadas serán debidamente etiquetadas y ligeramente intervenidas en la fábrica. El problema de la aduana está prácticamente solventado, pues ha tenido el buen tino de autorizar embarques parciales y con ello reducir los riesgos. Varios lotes han sido comandados con sistemas de embarque privado de puerta a puerta sin pasar por burocracia alguna. Uno de los lotes, el destinado al consumo popular, vendrá por la vía ordinaria y pagará fletes preferenciales a menos que prospere la exoneración total, según lo ha convenido con excelentes y oportunos contactos gubernamentales. Tenía incluso previsto, en el peor de los casos, si fallaban las previsiones, hacer un importante pago al fisco en mercancía la cual, a su vez, sería distribuida, a precios irrisorios, a los vendedores ambulantes. Con las facturas debidamente selladas y refrendadas ninguna inspección fiscalizadora le encontraría reparos al resto de la importación. “Diversificarse es la clave para la supervivencia en períodos de crisis”, se dice Adriano en tono reconfortante, evitando, a toda costa, hacer memoria de otros cataclismos mucho más severos. Atrás quedaron para él, en las hornillas más remotas del recuerdo, los racionamientos y las razzias en su país natal, el tejemaneje y el trueque para obtener cualquier bien de consumo. El que 400.000 personas hayan perdido sus puestos de trabajo en el sector comercial, como reza el diario que ojea, no lo estremece más que cualquier otra cifra estadística del mercado. Entender las corrientes ultra telúricas y las reglas del juego son los únicos salvavidas posibles. Mantener un balance atractivo para, en caso de emergencia, solicitar, como último recurso, un crédito apaga fuegos y esforzarse al máximo para acudir puntualmente a las subastas oficiales para garantizarse ventas que aunque se cobren con gran demora, nutran, por inercia, el molino de la producción y la fachada de empresa benefactora. Se le van entumeciendo los dedos, él, que no le teme al trabajo, sucumbe a la pereza ante la tarea titánica de plasmar por escrito los pormenores de algunas importaciones en curso, reclina el espaldar de su butaca y coloca con desfachatez los pies sobre el escritorio, luego espeta, con el mejor de los modismos venezolanos, gozosamente aprendidos: “No joda, escribir esta vaina es pa´locos”, sin embargo persevera y logra estructurar un memorando que respalde las operaciones durante su ausencia. Luego toma intempestivamente el teléfono y al cabo de unos minutos logra entender, en el inglés macarrónico de su interlocutor asiático, que habrá una demora de tres semanas en la entrega de la mercancía. Adriano disimula perfectamente su alivio al calcular que estará de vuelta para cuando haga falta maniobrar y, en cambio, le demuestra enojo a su interlocutor desplegando una habilidad espeluznante para obtener de él un descuento adicional “por daños y perjuicios” sobre el envío retardado. Al colgar el auricular, bebe, esta vez con sorbos mucho más espaciados, su segunda Coca Cola y suelta en carcajada, uno de los refranes que ha aprendido de su mujer: “El que pega primero pega dos veces”. Aliviado, mas no satisfecho, Adriano ataca el resto de la agenda con precisión y empeño. Antes que nada llama por teléfono a Alberto para concertar con él una reunión de trabajo para ultimar todos los detalles antes de su viaje a Europa. Alberto lo sorprende, pues en ese preciso instante entra en la oficina de Adriano, aún con el auricular en la mano y el yerno lo escucha decir en estereofónico, por la bocina y de viva voz “no me esperabas, pero me quedé pensando anoche en el negocio de Transfox y quería hablarlo contigo personalmente”. Adriano se pone inmediatamente de pie para darle la bienvenida a su suegro y cederle gentilmente su butaca, pero éste, en vez de sentarse para comenzar sin demora la conversación pendiente, ocupa el banquillo del piano. Concurren hacia sus dedos espectrales acordes de memoria remota. Interpreta un Para Elisa con la torpeza propia del niño que una vez hubo de aprendérselo. Luego, más afianzado, toca de memoria a Mozart, su compositor favorito y mirando de soslayo a su joven yerno, le cuenta, como sólo a un hijo se le habla, algunos episodios sueltos de la deportación de sus familiares. Allí está Adriano de pie, en señal de respeto, remordiéndose de impaciencia, pues ya ha escuchado esos cuentos en otras ocasiones y, en cambio, el tiempo lo estrangula. En cambio Alberto se afinca en las notas desafinadas del piano -en los hiatos- e inquiere acerca de su procedencia, cree que Adriano se ha aficionado a la música y pretende explicarle que no se trata de un hobbie fácil. Adriano busca en vano un resquicio para introducir precisiones, pero Alberto sigue tocando el piano y con cada clavija se le disparan los recuerdos y el placer de compartirlos. Adriano calla y al callar engrandece el desempeño de su suegro. Adriano teme que reaparezcan los retortijones que ensombrecieron su juventud en el esfuerzo de contenerse, entonces es sorprendido nuevamente por Alberto, quien de un salto se ha incorporado y en tono endoctrinador le dice “basta de desvaríos, vamos a trabajar”, no sin antes referirle una anécdota sobre Beethoven: “¡Aj! Cuando pensamos que la música es sublime y creemos que los músicos son seres celestiales que han venido a la tierra sólo para compensarnos los malos ratos que nos proporciona la vida real, debemos recordar a Ludwig. ¿Puedes creer que aunque la policía tuvo que intervenir en el estreno de su Novena Sinfonía, para pedirle silencio al público que por quinta vez irrumpía en aplausos, Beethoven fue terriblemente maltratado económicamente? ¡Imagínate! De los convenidos 2.200 ya depreciados florines austriacos, le restaron tanto por concepto de gastos diversos que al final no llegaron a pagarle sino 420…”
La pulsión nerviosa en las sienes de Adriano ha cedido. Obediente a las caducas normas centroeuropeas de siglos anteriores, mantiene frente al suegro una máscara cuya expresión denota además de interés pleno, total dedicación. En cambio, por debajo de la sonrisa congelada, ha estado analizando de memoria los saldos bancarios pues sabe perfectamente que por allí ha de comenzar, cuando por fin comience, la reunión de trabajo con Alberto. Encuentra el instante oportuno para irrumpir y lo logra con enorme esfuerzo.
- Algo similar nos está ocurriendo a nosotros con el negocio de los pantalones de dril; cuando lo comenzamos hace tres meses se contabilizaban ganancias por el orden del cuarenta y cinco por ciento, pero el principal cliente ha desconocido la operación y estamos estancados con el stock. He convenido con nuestros abogados la realización de una subasta pública para, al menos, recuperar los gastos, pero no se puede proceder mientras dure el litigio y mientras tanto la recesión industrial está produciendo mayor desempleo, de manera que las fábricas no requieren uniformes para sus obreros. He pensado en exportar el lote, pero nuestros precios no son suficientemente competitivos para atacar los mercados centroamericanos.
Alberto lo escucha con fascinación, le agrada que su yerno siempre le plantee posibles soluciones a los problemas. Le hace recordar cuando más joven y también inmigrante, él mismo actuaba de igual modo frente a sus superiores. Más absorto en la forma que en el contenido, Alberto regresa al piano, piensa que la fábrica está en buenas manos, que Adriano la dejará funcionando perfectamente, que lo mantendrá debidamente informado y que el planteamiento sobre el Transfox puede esperar hasta su regreso. De tal manera que el pacto tácito de confianza mutua admiración queda renovado para gran alivio de ambos. Sin embargo, Alberto no vuelve a sentarse en el banquillo del piano, sino que regresa hacia el escritorio de su yerno para revisar, de todos modos, las cuentas y algunas facturas. Alberto frunce el seño, las cifras no se corresponden con las propuestas comerciales, habría que reducir costos y gastos, también se debería reducir personal. Todo aquello que le dicta su sentido común queda pendiente. Emprende el regreso a Caracas y para su gran deleite de melómano, la emisora cultural anuncia precisamente la Novena Sinfonía de Beethoven, interpretada por la Orquesta Nacional de Budapest bajo la batuta del maestro Solti; sin embargo, a pesar del entusiasmo inicial, declina la invitación radial sin darse explicación alguna y escucha, en cambio, una selección de hondos cantos gitanos, de varias partes del mundo, en los que el idioma roma se tiñe de español, de húngaro, de rumano y en la que los violines descuartizan cualquier amago de pensamiento, de razón, de análisis, de lógica, de preocupación. “Légy üdvözölve idegen hey hey hey” retumban las voces múltiples por encima del endemoniado violín cíngaro y Alberto las va repitiendo haciéndose eco fiel del coro de las plañideras. Piensa visitar a su hija cuando llegue a Caracas y se lo advierte telefónicamente desde el carro pero sus expectativas se tropiezan con el tono hostil de Mariana, quien aterrorizada por el trasfondo musical que escucha tras las palabras del padre, le pregunta: “¿Qué es eso que escuchas y que se oye hasta aquí?” y Alberto, entusiasmado por compartir con ella su último descubrimiento musical, le aumenta el volumen y, por si fuera poco, canta a todo pulmón el estribillo: “Légy üdvözölve idegen hey hey hey”.
“Légy üdvözölve idegen hey hey hey” canta también Lucifer confundiendo a dúo su voz con la de Alberto, a ratos en canon, a veces en fuga. Una suplica que más parece rugido destroza la garganta de Mariana al rogarle al padre que apague la música, que maneje con cuidado. Quiere advertirle que corre peligro, prevenirlo acerca de la naturaleza demoníaca de su acompañante. “No te fíes Alberto, -le dice, llamándolo coloquialmente por su nombre para hacerse sentir diferente- ese que canta contigo no es quien es. No te dejes impresionar por su cálida voz oscura. ¡No es quien es. Es quien no es!”. El accidentado dramatismo de Mariana carbura en su padre una gran risotada. La carcajada le llega a Mariana en estereofónico, directamente en el oído derecho a través del auricular y como un soplido ardoroso por el izquierdo. Instintiva se gira sobre su hombro y espeta:
-¿Eres tu, anfitrión del revés, histrión deslenguado? Y, como contraseña, le canta a la presencia invisible Légy üdvözölve idegen hey hey hey al tiempo que revisa incesantemente el equipaje para que nada falte durante el viaje a Europa. Al roce con una camisa gris plomo, parecida a la que lleva puesta Adriano, se estremece, y, dirigiéndose al cielo raso le ordena a Lucifer: “¡Deja a mi padre! ¡Déjalo que con fe crea!”. Al nombrarlo, Mariana se percata de la ausencia de Alberto, retoma el teléfono para ubicarlo nuevamente, pero sus intentos resultan inútiles, presa de pánico se hinca de rodillas e implora:
- ¡Deja a mi padre! Ven, hablemos, ¿quieres que suspenda el viaje a Europa con mi esposo? Dime palabras claras. ¿No es acaso superlativo de la duda atisbar tus designios? Superior riesgo es éste de hablar por ti y yo misma darme respuesta mientras tú, juez y parte, te reservas el derecho al veto y a la risa. Dialéctico manipulas a tu antojo mi voluntad y luego los retuerces ambos, los confundes, para hacer de tu voluntad mi antojo.
- Yap yap yap
La parca respuesta de su interlocutor se estrella contra las lágrimas de Mariana dispuesta a hacer concesiones. Derrotada en su intento por mantenerse incólume alcanza, en uno de los bordes de la maleta, prolijamente acomodado, el pañuelo más lujoso de Adriano. Así, creyéndose protegida por sortilegio, anuncia un amago de promesa: “Si dejas a mi padre ahora mismo una me haré contigo”. El ubicuo invisible calla. Mariana llora, pero esta vez sin lágrimas que empañen su mirada interna. Callan callando ambos. Lucubran los dos. Especulan. Hela arrepentida por haber cedido a destiempo a una petición jamás formulada. Helo aburrido, empalagado, saturado. Helo añorante, deseoso de discontinuidad. “Yap yap yap la vida es repetición, la felicidad del humano, sobre todo si fausto, radica en satisfacer incesantes e inflacionarios deseos. Me consideran moneda fuerte, ya no me venden el alma a cambio de favores sino que pretenden poseerme a mí, comprarme, que sea bufón de alcoba, recurso natural combustible pero renovable, pieza de conversación, mercancía mediática, palo fuerte en la baraja, garantía, fianza, aval. El infausto me ha exorcizado al convertir a sus semejantes en diablos, ha volcado en ellos odio y miedo. Preexistir, callar, crear, alucinar levitar, pocos son los verbos autónomos, abundantes sus antónimos chatos, fofos, tontos, inútiles, aburridos”. Discurre alternando el unísono con temperamentales silencios y permitiéndole al piccolino de fondo una agudeza virtuosa, apta únicamente para oídos instruidos o melomanazos. Transcurre la hora meridiana sin que el exceso de luz o de calor que agobia a los transeúntes perturbe la quietud en la casa grande adonde Mariana se macera. Apenas un hilillo de sol se cuela por una rendija aterciopelando el rostro de la señora que, recostada en una poltrona, reposa. Entre sus dedos, apenas ajado, se asoma el pañuelo de Adriano. Así la encuentra la mucama cuando viene a avisarle que ha llegado su padre. La mujer echa una mirada reprobatoria a su patrona, no es la primera vez que la encuentra dormida a deshoras. A nadie más parece importarle que la señora Mariana duerma tanto. Ya casi no se atreve a trastear, ni encuentra el momento oportuno para limpiar, pues la señora ha perdido completamente los horarios. Ni siquiera es posible adaptarse a su nueva rutina ya que nunca puede saberse de antemano en cual diván ha de descansar ni a qué hora; realmente causa pavor despertarla. Asustan y contagian sus sobresaltos. La mujer resuelve callar, no involucrarse, por más que la escueza el deseo de contarle todo al señor Alberto, de decirle que ella cree que la señora está embrujada, le comunica simplemente que la señora está descansando. Alberto querría hacerse conducir hasta ella pero se contiene, tiene sed y muchas cosas en qué pensar. Regresará más tarde, cuando Adriano haya vuelto de la fábrica, para despedirse de los viajeros. Le hubiese gustado preguntarle a su hija qué había querido decirle, por teléfono, cuando se cortó la comunicación, pero ya lo haría, si se acordaba, más tarde. Pisando sus propias huellas invisibles se dirige hacia la puerta sin dejar de rumiar algunas dudas sobre la efectividad de las líneas telefónicas celulares y de esos aparatos cada vez más pequeños y mejor dotados, como el de su nieto, por ejemplo, que más parecen prótesis que adminículos. Él a la edad de Andrés apenas tenía acceso a un teléfono enorme, negro, de uso bastante complicado y sobre todo limitado pues su padre no concebía que ninguna llamada durara más de unos pocos minutos, mejor aún si segundos, apenas los suficientes para anunciar alguna noticia. En cambio él se las había arreglado para hablar con su novia a las horas más conspicuas, porque por teléfono perdía toda la timidez y podía pronunciar en voz alta aquellas frases e ideas que antes sólo le revoloteaban en la cabeza y que al verla de carne y hueso se le esfumaban convirtiéndose en aire irrespirable. Recordar, insidia incesante ardentía. Una abuela estricta, garante a toda hora de la efectividad en la transferencia de valores y modales y gestos y rezos. Una novia inquieta por imponer los suyos propios, similares pero diferentes, de alivianado judaísmo a causa de su turgente fuerza erótica. En la casa de ella como en la de él se prendían velas los viernes y se acogía a la mesa a algún estudiante pobre del yeshiva. En ambas casas se rezaba el kadish en los velatorios y se ayunaba en Yom Kipur, pero el pan ácimo sabía distinto cuando era ella quien lo quebraba porque también era ella la que fizuraba los preceptos religiosos cuando, acalorada, después del liceo, saturaba la atmósfera con una risa olorosa a nueces o a ciruelas, pues nunca le había faltado, para la merienda, un buen bocado. En el liceo para chicas judías se había hecho dogma de la noción de compartir: que no hubiera distinción entre quienes llevaban manjares y quienes, a causa de una extracción social menos afortunada, no; que no se compadeciera ni se envidiara a ninguna y que no cundiera, por tanto, codicia ni mal de ojo. Hermosos tomates y huevos de granja daban fe de los envíos que llegaban a muchos hogares citadinos provenientes del campo donde vivían generosos padrinos o agradecidos clientes de los tenderos, de los abogados y médicos cuyas hijas acudían a la escuela. A veces, cuando la producción de amapolas se desbordaba, la risa de las jóvenes se tornaba espectralmente violácea.
Le toca a Andrés rescatar al abuelo del naufragio memorioso. Viene, como siempre, saltando de dos en dos, de tres en tres, los escalones y se tropieza con la ausencia, en presencia, de su madre y de su abuelo. Andrés detiene a Alberto en seco, lo catapulta de regreso al siglo XXI a causa de su aspecto. Lleva pantalones tres tallas más grandes, insignias incomprensibles en su camiseta y la cabeza tocada a pesar de estar adentro de la casa y, además, con la visera volteada hacia atrás.
-Abuelo ven para que veas mi programa de juegos interestelares ¿Me firmarías una petición de apoyo a los fabricantes?
- Ahora me voy a almorzar- responde Alberto evasivo- pero regreso en la noche a buscarte ¿Ya tienes la maleta lista para venir a pasarte tres semanas en mi casa?
- Ay abuelo, yo me quiero quedar en mi casa, ya estoy suficientemente grande para estar solo. Aquí tengo mis cosas, mi computadora, mis programas, todo.
- ¿Ya se lo preguntaste a tu mamá?
- En verdad no- musita Andrés provocando en Alberto un mohín de complicidad y una tácita promesa.
Mariana escucha voces a las cuales responde nuevamente con preguntas: “¿Eres tú entendimiento diamantado, eres tú el que arrancas viruta de todos los resabios hasta dejarnos expuestos y aovados?” Mariana hierve. Fruta madura en ebullición precipitándose de sí, desprende de ella lo que de etéreo contenía. Entre el iris de sus ojos claros y los párpados cerrados se despliegan figuras, formas, tonalidades y matices. Un súbito asombro le sobreviene. “¿Eres yo?”, pregunta esta vez en voz alta despertándose y desperezándose. Se frota los ojos vigorosamente para constatar en su reloj de pulsera el tiempo transcurrido desde la llamada de su padre. “No soy el que soy, soy el que no soy, soy y no soy”, escucha en lontananza como retahíla canturreada por un coro de niños a quienes incluso cree por un momento estar viendo y a quienes querría unirse para jugar en vez de tener que incorporarse del todo y descubrir sorprendida a su padre y a su hijo en provocativas murmuraciones. Desde atrás los abraza a ambos pillándolos desprevenidos. Al segundo aparece también Adriano presa de la aceleración propia que aqueja al viajero cuando se sabe atascado en problemas de última hora, en diligencias inconclusas, en conversaciones truncas. En modo alguno se permitiría declinar la algarabía familiar con inconveniencias, de modo que levanta inconscientemente los hombros para acomodarse gestualmente a las circunstancias y bromea. En verdad ha regresado a casa más temprano de lo convenido porque necesita una firma de Alberto. Encontrarlo en casa, le facilita el procedimiento. De manera que tienta su suerte.
- Alberto- le dice en tono coloquial- me gustaría que firmaras el proyecto Transfox, así como el talonario bancario, hoy mismo para que se vayan agilizando los trámites. Si luego de mi regreso de Europa decidimos no hacerlo, sólo habremos perdido los gastos notariales, en caso contrario, habremos ganado un tiempo precioso.
Sólo después de haberse pronunciado cae en cuenta Adriano de que ha desoído su propio sentido común quebrantándolo, de que ha sido, pese a sus prevenciones, imprudente y hasta mordaz, por lo que espera la reacción de su interlocutor con humildad.
- Ya sabes Adriano que no firmo nada sin leer, no autorizo nada sin saber, no avalo nada sin referencias ni afianzo a nadie. Sólo lo hago a ciegas cuando se trata de confianza. ¿Qué es confiar? Eso me recuerda otra pregunta que siempre me he hecho en la vida, ¿qué es un amigo: alguien con quien tomarse un trago de vez en cuando; alguien por quien uno da la vida; alguien en quien se puede confiar?
Adriano calla. Andrés, rapaz y astuto, encuentra oportuna la disquisición para acotar que “confianza, es todo eso junto abuelo, pero además es dejarme demostrar que puedo tranquilamente quedarme solo en la casa durante el viaje de mi mamá, ¿verdad abuelo?”
- Confianza, decía, es la única divisa fuerte que conozco ¿piensan ustedes que Andrés puede quedarse solo en casa?
Adriano bulle, la conversación ha girado hacia otro trasfondo. Se le encona la impotencia. Confianza es una palabra envolvente, escurridiza, imprecisa, manipulable, dispendiosa. Él requiere una firma que en verdad desearía no requerir. Helo allí asido por hilos invisibles a una lealtad que priva sobre todas las demás, helo allí, una vez más imperceptiblemente sometido. Calla, pero su callar no produce efecto alguno pues Mariana, la destinataria de todas las carambolas, acusa recibo de las tardías y demoledoras peticiones. No logra poner en palabras sus sombrías dudas. Hijo, esposo y padre la tienen acorralada a la espera de que dé el sí como aval de confianza al hijo adolescente para que se quede solo en casa mientras ella viaja; otro sí al fideicomiso a favor del poder creciente del esposo en la fábrica; sí, a aplacar su inconmensurable poder de veto y cederle el paso al cogobierno. Mariana sonríe para no estallar en llanto, sonríe porque de nuevo está aplicándole eufemismos sociológicos a los más pedestres problemillas domésticos; porque nadie le consulta nada, porque ha sido ella y sólo ella la responsable de haber implantado los conceptos de libertad, responsabilidad y confianza. Nada raro tendría pues el que Andrés intente probar sus alas, el que Adriano dé un golpe de timón y el que Alberto pontifique. Se defiende de cualquier vil impostura. Que nadie le atribuya una actitud perdona vidas, que no se le malinterprete.
Alberto se despide y abre la puerta para irse, al hacerlo, los cuadros de la sala se estremecen, una lluvia con olor a viento se ha desatado, un remolinillo de polvo ha cobrado vida entre los zapatos de Alberto, un aullido se contiene en la garganta de Mariana con la aparición de un rayo olímpico. “Deja a mi padre”, dice una vez más sin darse cuenta que su suplica ha llegado a oídos equivocados pues Adriano y Andrés se disputan el espacio para darle explicaciones que ella no escucha, pendiente como está de oír otras. Sólo llega a sus oídos un yap yap yap yap yap yap en estereofónico. Gira la cabeza en persecución de la fuente sonora, detiene la mirada en el rabillo derecho de su propio globo ocular al constatarla allí, estremecida. Ahora siente la compulsión de hablarle. Fingiendo un apremio doméstico deja a los hombres con la palabra en la boca y se refugia en el estudio, una vez apoltronada se suelta la rienda. “Sí, afirma déspota, lo sé: yap yap yap, pero dime, ¿quieres también a mi hijo? ¡Déjalos quietos! ¿Eres yo: fantasma de pacotilla, abismo insondable, pulsión de muerte? Me matas dejándome viva”
- Yap yap yap
- Yap yap yap lo sé. Habrá autorización para que Andrés se quede solo en casa, habrá Transfox con firma de Alberto y continuidad y cotidianidad y bostezo. ¡Viaja conmigo! Te invito a que me acompañes.
- Yap yap yap. Iré y no iré
- También yo.
Juan lleva siempre prisa. Una que lo hace beber café con premura, fumar sin apetecerlo, entregar documentos sin corregirlos, revisar estafetas a deshoras. Una, también, que le ha hecho perderse los mejores años de su único hijo concebido en plena efervescencia juvenil, en el tránsito hacia la más trascendente decisión de su vida, la de anteponer lo colectivo a lo personal, lo social a lo privado, lo paradigmático a lo circunstancial, la ideología a las ideas, la metodología al método. La prisa de Juan lo ha rescatado de la rutinaria vida doméstica. Poco le importa hacer concordar camisa con pantalón, o hacer coincidir sus medias. Ya no recoge zapatos en los pipotes de basura, como lo hacía en París, pues se ha instaurado a su alrededor un sistema de recolección y distribución de prendas por medio del cual se abastece, pero únicamente cuando se lo recuerdan los compañeros. Él no tiene tiempo para menudencias. Vive al filo de un cuchitril tapiado de libros y de documentos. Recientemente ha incorporado a su utilería una computadora, pues a su entender incluso la tecnología debe servir a las necesidades del pueblo. Pasa numerosas horas alimentando lo que le gusta calificar como base de datos. Sobre todo le interesa todo aquello relacionado con la autogestión. La describe, la cataloga, la organiza, la radicaliza, la subdivide y, cuando se le embotellan más de dos definiciones, más de dos diligencias o más de dos decisiones, descuelga de la pared un cuatro y, valiéndose exclusivamente del dedo índice, le arranca siempre el mismo estribillo, uno que aprendió con los campesinos en la época en que cultivó cacao, ó, aún antes, cuando escondido de sus padres y de sus maestros, se escurría del banco escolar para escaparse a jugar truco con la gente del pueblo. Pero lo más probable es que el gusto por charrasquear el cuatro le viniera de la época en que le tocó vivir en un campo petrolero rodeado por las facilidades típicas que las empresas transnacionales le brindaban a los empleados locales para comprarles el alma y hacerlos súbditos de sus manierismos. En ese entonces, a Juan le gustaba entrometerse en las fiestas patronales, en las cuales el cuatro junto con el arpa y las maracas acompañaban a los cantores en sus corridos improvisados y también arropaban con su música el sonido de los machetes amenazantes que señalaban el rostro de la amenaza en la figura de quienes los blandieran. Ahora, en su edad madura, Juan ha abandonado toda fe partidista, no así las causas militantes. Los vocablos revolucionarios habían calado profundamente en sus palabras. Sólo en la utopía reconocía futuro y para conquistarla requería siempre de un plan, de un proyecto y de un arma. Iluminado con un bombillo de bajo voltaje se le iba encorvando la espalda mientras martillaba las techas de su computadora cifrando en la pantalla precisamente los lineamientos generales de su último plan/proyecto armado y autogestionario a ser debatido en una próxima asamblea general. Entre subtítulos resoplaba. El calor húmedo del octubre tropical abrillantaba su incipiente calvicie, trocaba café por cerveza, alternaba el cuatro silbando desafinadas melodías y lo atormentaba el inaudible tic tac de su reloj de pulsera. Se acercaba la hora de la asamblea y el prometido documento no terminaba de encajar porque otros pensamientos lo usurpaban. Cuando estaba por concluir el capítulo sobre “La Comuna”, apareció el alivio por boca de un compañero que venía a anunciarle que la asamblea se había pospuesto para el día siguiente porque se imponían acciones de calle para refrenar el avance reaccionario de la burguesía.
-¿Qué más Juan?, le dice el compañero hurgando entre los papeles que hacen pandear, junto con la computadora, el endeble escritorio- ¿Qué estás escribiendo?
Pocas cosas aclaran más una mente ofuscada que un interlocutor solícito. Exponerle sus ideas le sirve, además, de ensayo general, así que Juan se aclara la voz, suplanta la cerveza nuevamente por café, le ofrece también al compañero, y le habla de las desviaciones que surgen en todo proceso revolucionario.
- ¿Desviaciones?- se sobresalta el compañero- lo que veo es a muchos de los antiguos camaradas viviendo bien y nosotros lo que hacemos es seguir pasando trabajo. Lo peor de lo peor es que yo ni siquiera sé como se desvía uno.
- No hermano, esos son reveses -carraspea Juan para darse tiempo de organizar la frase-. Puedes estar seguro, el pueblo bien preparado y mejor armado se llevará por delante a los dirigentes oportunistas.
- ¿Ah?
- Te voy a leer precisamente el capítulo que acabo de escribir sobre eso: “En una sociedad autogestionaria, la seguridad es responsabilidad de todos, por lo que se hace imprescindible promover la organización y mantenimiento material del Armamento General de Todo el Pueblo con fines defensivos, durante un largo período, hasta que se consolide el poder popular en todo el mundo y ya no existan reminiscencias del mercantilismo y de quienes defiendan esos intereses, así como tampoco individualidades o grupos que ejerzan la violencia contra la población. Sólo así llegaremos a una situación histórica en la que no sea necesario recurrir a las armas para resolver los problemas y éstas dejen de tener razón de existir, lo que significa el fin de las guerras y de la violencia en la Humanidad. Mientras se va logrando la incorporación masiva de la población a esa actividad, se van desarrollando instrumentos organizativos para defender los intereses del pueblo como las milicias populares y otras comisiones y equipos de trabajo relacionados”.
- ¡Ah!
La mezcla de admiración con incredulidad apenas le dura un instante al atento oyente pues es abruptamente interrumpido por el buscapersonas que pende del pantalón de Juan. Se le solicita en “el lugar convenido”. Debe apurarse. “La prisa se ha llevado por los cachos los mejores años de mi único hijo, a quien ahora, apurando el paso, pienso que debería poner sobre aviso. Hacerle saber que durante los próximos días sería mejor que se quedara en casa, advertirle que prevenga a su madre”. El apuro barre sus intenciones y la convocatoria política todo instinto paternal. Su arma de reglamento abulta el interno de su chaqueta, es una pistola nueve milímetros, más moderna y lustrada, equipada y justificada que la que empleó en otros tiempos para entrenarse dentro y fuera del país. Ora con voces quechuas, ora con lecturas en francés y también en la facción oriental de la guerrilla venezolana. Una contraorden paraliza la prisa de Juan en cámara lenta. En el lugar convenido debían estar las instrucciones con los pasos subsiguientes para la ofensiva contra los sectores reaccionarios que vulcanizan el avance de la “ideología correcta”, pero la estafeta está vacía. Tres teorías se entretejen en la atribulada cabeza de Juan: Una delación; que haya sido descubierta por el enemigo, en cuyo caso tendría que avisar a sus contactos subalternos o que la orden no haya llegado porque otras prioridades hubieran detenido su curso. Juan sabe perfectamente que por medidas de seguridad debe abandonar el sitio lo antes posible, de modo que recupera su estado habitual de apuro. Uno por lo demás lento a los ojos de terceros, pues en verdad pocas personas lucen tan calmadas y flemáticas como él, toda su aceleración, toda prisa en él es interna. Lo son sus pensamientos y sus teorías en el indescifrable trayecto que toman para tratar de convertirse en teoremas. Para Juan la revolución es una ciencia y la sociedad un permanente laboratorio empírico en el cual el primer conejillo de indias, por lo demás voluntario, es él mismo. El trabajo es titánico, requiere investigación previa, planteamiento del problema, elaboración de hipótesis, trigonometría en la aplicación de estrategias, álgebra táctica, apoyo logístico, académico y pragmático. Requiere además estar al día en las teorías y en las prácticas que aplica el enemigo de clase. En consecuencia se mantiene pertinaz en el análisis de la economía de mercado, en las fluctuaciones de la bolsa, en las paridades cambiarias. No podría de otro modo elaborar sesudas propuestas como la de eliminar a largo plazo el uso del dinero. Juan acuña un proyecto autogestionario que abarque todas las ramas de la producción, de las redes de distribución, de la administración, del mantenimiento y de la comercialización, cuyo rotor económico sea el trueque. Juan comprende que lo que le queda de vida sería insuficiente para llegar a ver con sus propios ojos la implantación de semejante equilibrio, pero está dispuesto a dedicarle todo el tiempo hábil que le deje libre la política pragmática a evaluar escenarios y a crear cooperativas de producción agraria, industrial, de vivienda o de cualquier cosa en la que se solicite su experticia. De hecho se le reclama permanentemente en varios puntos del país, entre los cuales se desplaza como un nómada para ser recibido en cada uno de ellos como si encarnara una especie de gurú. En los barrios más pobres es aclamado por su capacidad de ayunar cuando el trabajo lo exige o de entrenar ideológicamente a los cuadros elegidos en las asambleas populares o de practicar con ellos en los polígonos de tiro levantados, ad hoc, en las inmediaciones. Así pues el apuro de Juan es parsimonioso. No debe ni teme, no huye ni persigue. Planifica, proyecta y vislumbra la hegemonía de los oprimidos así como su expresión artística y artesanal como consecuencia “superestructural” del sistema para el cual ha consagrado la vida. Mientras camina lentamente apurándose hacia la parada de autobús para alejarse prudentemente del lugar del desencuentro, pasa revista meticulosamente a los rostros que lo rodean, hace inventario de los quioscos de comida rápida, de los vendedores de ropa interior, de las baratijas expuestas sobre raídos manteles de hule, de las descoloridas sombrillas y resuelve adentrarse en el mercado popular en que se ha convertido buena parte de la capital. No va conmocionado, entiende que la lucha ha de ser larga y que las condiciones de vida en los países del tercer mundo activan en la población la inventiva, el riesgo, la supervivencia. Sonríe al constatar que no hay en esos recovecos espacio para la soledad o la depresión. Los tenderos conversan, juegan cartas, las mujeres chismean, los niños patinan, eventualmente roban. El espacio público parece una gran casa tumultuaria, multitudinaria. Por cierto muy diferente a la que habita su único hijo, en la cual contadas personas se pierden entre objetos costosos y adonde no se oye ni el zumbar de un zancudo. Un lugar al que sólo ha ido una única vez y de donde ha salido despavorido. Un lugar de donde le gustaría rescatar a su hijo, ahora que atraviesa la edad crucial en la que un muchacho se hace hombre y en la cual necesita del padre más que de la madre. Con gusto lo habría entrenado ya en las artes y las ciencias revolucionarias, pero mayores responsabilidades se lo han impedido. No por grandes o importantes que hayan sido sus atribuciones en la lucha se ha sentido menos irresponsable con relación a Andrés I, a quien por cierto hubiera preferido llamar Simón José en honor a dignos luchadores caribeños, pero su madre a cambio de llamarlo Andrés apenas había consentido en que llevara una enigmática letra I, la pura inicial de Illich –a la memoria de Lenin- como segundo nombre. “¿Cómo estará el chamo?”, se preguntó Juan al detenerse frente a un vendedor de chicha que tendría la misma edad de su hijo. De pronto quiso llamarlo valiéndose de su teléfono móvil pero luego, como medida de seguridad, optó por uno público para lo cual compró a un vendedor ambulante una tarjeta. La mano que le extendió la tarjeta estaba mugrienta y herida. Sangraba y sudaba. Juan lo arropó con una mirada cálida y prometedora. En el mundo que él preveía no habría abuelos penitentes. Si era preciso, regresaría a pie hasta su casa antes que negarle a semejante anciano una ayuda. Hizo el cálculo mental, tardaría dos horas en llegar, a menos que se desviara a mitad de camino para visitar a Andrés I. Intentó llamarlo desde varios teléfonos públicos pero estaban todos destartalados e inservibles, así que fue acortando, a pie, la distancia que lo separaba de su hijo. Debería, sin duda, advertirle sobre su visita, no sólo por expresa exigencia de la madre, sino también porque a la entrada de todas las urbanizaciones del este de la ciudad, los vecinos habían apostado vigilantes privados y armados y él no tenía ninguna intención de darles explicaciones a esos hombres del pueblo que para subsistir cuidaban las propiedades de sus propios explotadores. Prefería llamar a Andrés y que éste saliera a la calle a encontrarse con él en territorio neutro, pero, cuando al fin logró la conexión telefónica, su hijo le extendió una invitación indeclinable.
- Épale Juan- exclamó Andrés reconociendo la voz de su padre- qué bueno que me estés llamando hoy. Estoy solo en la casa, mi mamá se fue de viaje esta mañana y me gustaría que firmaras una petición por Internet para que liberen un nuevo juego.
- ¿Cómo que solo? -inquiere Juan entre sorprendido y molesto.
- No te preocupes, me costó bastante trabajo convencerlos de que ya estoy suficientemente grande para quedarme solo, de todos modos mis abuelos están pendientes de mí. Me encantaría mostrarte el juego. ¿Dónde estás? Ahora mismo le digo al vigilante que te deje entrar, o si quieres salgo a encontrarme contigo y regresamos juntos.
Juan accede, pues hay en la voz de Andrés una determinación contagiosa; piensa, además, que hace mucho que no se ven y que el chamo tiene ya suficiente edad para tomar sus propias decisiones. Treinta minutos más tarde, padre e hijo marcan pisadas similares, Andrés marea a Juan con sus conocimientos cibernéticos, con sus inquietudes tecnológicas y con el olor de su agua de colonia. Una vez en la casa grande, Andrés lo guía directamente hasta su cuarto. Juan se deja conducir sin reparar en ninguna palabra de las que le ofrece Andrés en avalancha. Antes que nada pide el teléfono para despachar una llamada a fuerza de monosílabos: “Sí (estoy a buen resguardo) sí (tendré lista la ponencia para dentro de veinticuatro horas) No. Sí”. Andrés ha aprovechado el momento para desplegar en la pantalla los juegos que quiere mostrarle a su padre y también la carta que quiere hacerle firmar pero, en vez de cómplice, halla en Juan pontificados versículos: “la guerra interestelar no es un juego, chamo, ése es precisamente el objetivo del imperio y esa la manera de penetrar la mente de los jóvenes, hacérselos ver como una cosa normal. Es en ese rubro donde más invierten dinero y esfuerzo, hay que rescatar al hombre de ese destino, de ese marasmo y rescatar el poder popular. Las clases dominantes de las colonias que giran en torno al imperio son garantes de la alienación, de la dependencia y de la sumisión de los pueblos”.
- Oye Juan- rebate Andrés- este juego es muy interesante, deberías probarlo conmigo. No tiene nada que ver con la realidad que me estás describiendo, ¿no ves que es un juego, una diversión?
- El asunto de las armas es un asunto muy serio y peligroso
- Sobre todo ahora, papá, que todo el mundo parece armado y que se pone cada vez difícil salir a la calle porque hay más asaltos y robos y violaciones. A mí me parece mejor quedarme con la computadora. ¡Ven te enseño!
-No, chamo, vamos a ponerle seriedad al asunto. Quienes se oponen al Poder Popular son también los que se asustan de ver al pueblo armado. Sin embargo si esas personas pudieran controlar su nerviosismo y pensaran con calma, racionalmente, comprenderían que en la práctica el argumento de que esas armas facilitan la actividad de la delincuencia no tiene apoyo en la realidad. Basta con pensar que la vida de una agresor que robe, mate o viole vale muy poco en un barrio de diez mil personas armadas. ¿A quién van a amenazar cuando cualquiera está en capacidad de defenderse tanto individualmente como colectivamente, es decir, que ya no enfrentará a un civil desarmado o a un policía aislado sino a un colectivo armado que impondrá el poder de ejercer la justicia popular y buscarle una solución autogestionaria al problema?
- ¿Cómo en una película de vaqueros?
- No te burles chamo, tu vives en un mundo aislado, irreal. En una sociedad autogestionaria, las personas con problemas de conducta agresiva tendrán un tratamiento integral que abarque numerosos aspectos, dándole prioridad a las medidas preventivas sobre las represivas, quedando a la conciencia colectiva de la gente, en cada caso concreto, con conocimiento de causa, como va a tratar el problema.
- ¡Ah! Pero hasta en los video-juegos hay algunas normas previas, algunas leyes fijas. ¿Cómo pueden aplicarse reglas y normas distintas de acuerdo con el humor de las personas, ¿y si se equivocan? ¿Cómo hacen después para pedirle perdón al mal juzgado y a su familia? Yo he visto eso en muchas películas. El otro día vi una espantosa por la tele en la que un grupo de encapuchados (creo que se llamaban Kukuxklan o algo así), cree tener la razón y en nombre de esa razón matan y torturan a personas inocentes. Pero ven, Juan, quítate la chaqueta, hace mucho calor, te quiero enseñar la carta que quiero que firmes. Al forcejear por quitársela él mismo, su revolver queda al descubierto. Sin poder controlar sus ímpetus juveniles, Andrés intenta echarle mano. Juan se le adelanta para revisar que el seguro esté adecuadamente ajustado y al tiempo va enumerando mecánicamente las medidas de precaución en el uso de las armas. Andrés escucha en su interior gritos rabiosos. Gritos que lo empequeñecen para traerle vívidamente a la memoria el día en que su padre hubo de marcharse de su lado para siempre precisamente por andar armado a pesar de la rotunda prohibición de Mariana. La escuchaba todavía por dentro, la casa de entonces retumbaba al unísono con la actual. Sin embargo pudo más su curiosidad juvenil que aquella biselada admonición. Se inclinó sobre el revolver con ostensible respeto y quedó perplejo. Sólo al sostenerla en la mano le surgió la súbita avidez por tirar al blanco, de disparar. Medirse, compararse consigo mismo, evaluar si su tino guardaba relación con la experticia que había adquirido en el manejo del control remoto, pero la voz se le atoró en el trayecto que recorre el deseo hasta convertirse en palabra. No fue necesario que dijera nada, Juan comprendió en el acto el antojo viril de su hijo y algo ambiguo, y por lo mismo indescifrable, recorrió su espinazo. El reclamo de Mariana también a él le roía la memoria. Pero no se dejaron amedrentar, ambos cavilaban en la mejor forma de salir a disparar sin crear contratiempos ni sospechas. Andrés quiso saberlo todo acerca del revolver, todo cuanto fuera técnico, el peso, la medida, el alcance, incluso el año de fabricación. En cambio, como si entre ellos existiera un pacto de silencio, no llegó a formular ni una sola pregunta acerca del uso que le había dado su padre. Estaban tan absortos que no advirtieron el sonido del cerrojo ni los pasos de Alberto quien, llave en mano, venía a invitar al nieto a visitar juntos la fábrica. El abuelo venía absorto, el viaje de Adriano redimensionaba su ejercicio gerencial y por impulso quiso involucrar a Andrés en algunos aspectos administrativos. Explicarle el significado de vocablos comerciales, industriales, financieros. Lo que significa flujo de caja o balanza de pago así como fideicomiso o nómina. También quería hacerle ver el funcionamiento de una línea de producción, desde la concepción de un producto pasando por la manufactura y/o la mecanización hasta el resultado final. Hacer con Andrés lo que nunca logró con su hijo David ni con su yerno. Se sintió patriarca y con ínfulas ordenó su bigote. Sonreía y recordaba a su tío favorito haciendo lo mismo con él, tantos años atrás, mucho antes de que estallara la guerra. Recordó que en ese entonces más que las explicaciones del tío, que le resultaban sobradamente interesantes, le habían impactado las condiciones de trabajo de los asalariados, con quienes se sintió peligrosamente solidario y con quienes creyó aliarse ideológicamente años más tarde, durante su breve pasantía por la universidad, antes de la instauración del numerus clausus que excluyó a la mayoría de los judíos de los estudios superiores. Él sabía, como lo supo a su vez su tío, que los jóvenes creen tener el poder de cambiar el orden de las cosas. Él mismo creyó poder torcer la dialéctica histórica a través de las ideas, como seguramente Andrés creería lograrlo, aun inconscientemente, mediante el ejercicio lúdico y cibernético. Pero al margen de las ideas, en el mundo real, pensaba tener aún algunas experiencias que transmitirle a la nueva generación y se complacía en ello tal como le había ocurrido a su tío cuando era él quien representaba a la juventud y con ella la esperanza. Así, complacido en la fabricación de motivaciones, y haciendo coincidir memoria remota con proyección de futuro, fue avanzando Alberto por la gran sala. Aprobó la apolínea puesta en escena del hogar y buscó, en algún rastro de desorden, la presencia de Andrés. Nada había fuera de lugar. Por un momento pensó haber perdido el viaje y se recriminó el no haber llamado primero, pero conocía a su nieto, seguramente estaría como siempre en su habitación, frente a la endiablada computadora, escuchando música a todo volumen mediante audífonos que lo aislaban del resto del mundo e ingiriendo comida chatarra a sus anchas. Sonrió nuevamente; siempre le ocurría que mucho antes de verlo en persona se le perfilaba desgarbado ante los ojos como un potrillo y, como tal, relinchando. Fue subiendo las escaleras parsimoniosamente y se burlaba de sí mismo, envejecer le daba risa y rabia en desiguales proporciones. Ambas emociones excluían categóricamente la compasión o la complacencia. Reía cuando pescaba, rabiaba cuando debía pedir ayuda. Reía cuando sacaba cuentas de memoria con mayor rapidez que los jóvenes con calculadora, rabiaba cuando olvidaba las cosas más sencillas. A veces se le mezclaban ambos componentes y generaban una sustancia volátil que se convertía en palabras hirientes, pero, luego de proferirlas cual puñaladas, eran de tal suerte gentiles y afectuosas sus disculpas que nadie que lo quisiese conservaba cicatrices. Subía pues los escalones tomado de la baranda pero conteniendo el resoplo; iba alegre y con desenfado, anhelante y expectante. Cuando llegó a la antesala de las habitaciones, se detuvo un instante para recuperar el aliento y en el suspiro se sintió penetrado de nicotina. Llevaba treinta años sin fumar, pero aún respondía al estímulo con familiaridad. Le habían prohibido los cigarrillos para preservarle el ritmo cardíaco, aún así estaba dispuesto a comprender que su nieto aprovechara la ausencia de Mariana para fumar, también él había comenzado temprano, sorteando todas las protestas. Tomó la determinación de esperar a que el muchacho botara la colilla antes de entrar en su cuarto. Más aún, esperaría a que se disipara el humo. Ya encontraría la forma de disuadirlo indirectamente, sin provocar la oportunidad. Se sentó pues en el penúltimo escalón y de buena gana recordó aquellos primeros cigarrillos consumidos, a escondidas, en compañía de otros adolescentes ilesos aún de los horrores de la guerra. Cuando cesó el olor a nicotina, Alberto reemprendió el camino hacia la habitación de Andrés. Ya frente a la puerta entreabierta fue sorprendido por una voz masculina desconocida; para no interrumpir la conversación esperaría a que surgiera una pausa, sólo entonces golpearía con los nudillos y se haría presente con la debida cortesía. Los segundos transcurrieron en sobresalto, la voz le decía a su nieto que no debía hacer movimientos bruscos, Alberto sintió que un sudor frío recorría su espalda, le cruzó por la mente que pudiera tratarse de un acto homosexual, pero descartó la idea por considerarla paranoica, de manera que optó por llevarse por delante sus propios escrúpulos e irrumpió en la habitación. Lo que encontró no le resultó menos escalofriante, allí frente a sus ojos, le pareció ver que un hombre armado encañonaba a su nieto. El hombre tenía mal aspecto, metía miedo, pero ningún gesto hizo por intimidar al asustado abuelo, sino que bajó el arma y tartamudeó una despedida. “Bueno, chamo, será en otro momento” le dijo y virándose hacia el anciano pero sin mirarlo le soltó un extemporáneo y coloquial “¡bueno pues!”. Alberto quedó perplejo pero aliviado al ver que el hombre bajaba los escalones de dos en dos, de tres en tres, tal como se lo había visto hacer siempre a su nieto y pronto lo perdió de vista. Abuelo y nieto quedaron despabilados el uno frente al otro sin lograr articular palabra alguna. Uno porque se recriminaba no haber podido hacer nada por detener a aquel hombre, por averiguar quien era y qué quería. El otro porque no podía remontar el desgarro emocional de ver partir a su padre, por segunda vez en su vida, por andar armado. Transcurridos los primeros instantes, el uno halló, en una desusada esquina de su memoria, algunos cabos para atar: el rostro le era familiar, ahora lo reconocía, era el padre de su nieto, aquel tarambana que su hija había conocido en París y de cuyas fantasías había concebido una revolución, una ilusión, un hijo y, luego, un inmenso y perenne desengaño. Al otro se le precipitaba la saliva, habría querido correr tras el padre, pero, al mismo tiempo, debía proteger a su abuelo, a la única figura constante y reaseguradora en su vida. Ni bien desapareció Juan que Andrés fue presa de remordimiento, se sintió cobarde y vil por no haber sabido defender ante el anciano la presencia ignota, se sintió pelele sometido, obediente a unas normas tácitas y atado a una familia artificialmente avenida. Sintió que la sangre se le espesaba en las venas, deseos de llorar y de hurlar. El abuelo recuperó la locuacidad con esperpéntica serenidad. “No lo reconocí”, dijo, pero cuando iba a agregar que sabía que se trataba de Juan y que no tenía porqué haberse marchado tan de prisa, Andrés atinó a crecer ante sus ojos con un enunciado lapidario: “Era Juan, mi padre, hoy, por un momento, fui también su hijo”.
Callar adquiere atributos distributivos cuando se halla en tránsito. Es un espacio precioso para inventarse cada cual países distintos aunque sean los mismos. Eso les ocurre, a Adriano y a Mariana, cuando recorren juntos andenes y pasadizos, aduanas y locaciones. En el Frankfurt de él palpita el desarrollo industrial y tecnológico, los vehículos desbordan los doscientos kilómetros por hora en autopistas asfaltadas a la perfección, ninguno tiene más de dos años de fabricado. Son nuevos, competitivos y flamantes. Todos usan gasolina sin plomo y se miden en divisas fuertes. Lo mismo ocurre con los productos lácteos, con la agroindustria y, por supuesto, con los textiles. La maquinaria de última generación para la manufactura de tejidos industriales presenta a la vista un espectáculo inenarrable, capaz, en tiempo record, de producir una urdimbre de mil hebras multicolores o de tejer, con no menos de treinta modelos de nudos, los más imbricados patrones. Interviene en el proceso la coloración sorprendente de los hilos, la cual obedece a una industria química sin precedentes. La exposición industrial que recorre Adriano alelado, reúne, también en la zona ferial, pero para él es lo de menos, a los modistos artesanales de fama internacional. Le interesan sobremanera los aspectos mecánicos y electrónicos de algunas de las máquinas exhibidas no sólo porque le encantaría que la demanda de textiles creciera tanto en su país de adopción que pudiera hacerse de una línea de producción totalmente computarizada, sino obtener, incluso, la representación comercial de algunas marcas para venderlas en el subcontinente latinoamericano. Esta vez Adriano se niega a acatar la conseja de los lugares comunes. Detesta pensar que “soñar no cuesta nada”, prefiere los pensamientos proactivos, en consecuencia no sueña: proyecta, visualiza, energiza. Por lo mismo fija entrevistas con posibles proveedores, practica con ellos el idioma alemán, hace complicadas consultas sobre hipotéticos problemas y en el entretiempo paladea una tibia y bávara cerveza rubia. Sólo el nervio ciático le advierte, al cabo de ocho horas de feria, que debe tomarse un tiempo para descansar y también para recordar que no viaja solo. De buena gana se echaría a ver la televisión después de cenar un buen filete de ternera empanizado a la manera vienesa. Le gustaría continuar viéndose incesantemente reflejado por seres que de alguna manera se le parecen, hombres altos y de andar determinado, mujeres competentes, personas políglotas y unívocas, capaces pues de manejar el inglés técnico implantado en el contexto de varios idiomas al mismo tiempo; hombres y mujeres calculadores de intereses y de créditos.
Para acelerar la estadía en Frankfurt, Mariana se dedica a callar en un parque de gorriones. Sentada en un banco mira desfilar las nubes por encima de los álamos y respira a conciencia. Pero el idioma germano es pertinaz e insistente, se le cuela en filigrana entre los vasos capilares para rociar subrepticiamente todo aquello que ha deseado siempre olvidar. De poco le vale entregarse al paisaje con ánimos de poetizar; recordar a los grandes como Heine, Hölderling, Rilke o sintonizar internamente a Beethoven o a Mozart. Ella es hija de la posguerra y su animadversión hacia el idioma verdugo es simultáneamente congénita y aprendida. Las voces germanas evocan en ella la era nazi. Hace esfuerzos, racionaliza, toma una enorme bocanada del aire perfumado que desprenden las mustias flores de lila. Se pone de pie, creyendo, pobre de ella, poder conjurar los recuerdos hereditarios, pensando ahuyentar las imágenes que la han determinado desde mucho antes de nacer. Bambolea los brazos de atrás hacia adelante recobrando por momentos la infancia. Dejándose turbar por inocentes juegos, dibuja con una piedra caliza una rayuela en el piso y salta por encima de los números primarios con enorme gracia. Luego complica los brincos pues confluyen en ellos algunas fórmulas pitagóricas cuyo uso práctico jamás le fue revelado en la escuela. Se siente observada por rostros aprehensivos que la detienen en seco, y en su búsqueda por mimetizarse halla en su memoria otras referencias que la vinculan con esta ciudad. Recuerda de sus años universitarios a Theodor Adorno, el gran representante de la “escuela de Frankfurt” y rememora el detalle de que además de crítico y sociólogo, el hombre hubiera asesorado a Thomas Mann en el aspecto musical de su Fausto. “¿Ves, hoja verde lanceolada y eficaz, ves polvillo de sequía arremolinado al pie de los abedules, ves incauta naturaleza aquello que yo con los ojos escucho? Puedo andarme por las ramas o entregarme al universo pueril, jugar a ser o pensar que soy, deducir, inducir, refugiarme en recuerdos o fabricarlos para mañana, siempre acabaré invocándolo. Y, al nombrarlo, habré ejercido, sin poder atribuírselo a nadie más, esa única libertad de albedrío. Mi poderosa flaqueza lo robustece en su invisibilidad, mis palabras corporeizan su inexistencia. Allí viene, ¿lo sienten nenúfares? Deberían, pétalos eternizados en lienzos impresionistas, pues la mano que los mudó del parque al museo fue la de Él enguantada en la piel de Monet. Jajajajá, para pintarlos de ese modo, el francés hubo de verter en colores su incipiente ceguera y en sombras la vanidad transcurrida. Sí, nenúfares, sí, Él sólo se valió de su mano cuando Monet le demostró que había adquirido la capacidad de mirar hacia el interno (hacia adentro de sí mismo, hacia adentro de las flores), hacia adentro equivale verticalmente hacia abajo, hacia el centro del universo, hacia donde vive Él. ¿Él?:¡no!, él y ella que uno mismo es en su iluminación y en su destello, en la transparencia del reflejo, en la velocidad de la luz que lo transporta y lo traslada, en su ambigüedad que es su divisa. ¿Qué daría yo, nenúfares, por encarnar en femenino el delirio figurativo y descarnar en masculino el arrojo erótico de una pincelada? ¿Qué daría yo, musgo al acecho, por desprender de mi palabra toda lógica, toda sociología, toda psicología, y crear un solo verso?”
-Yap yap yap, escucha Mariana detrás del proscenio en que ha devenido el parque de gorriones. Un yap yap yap quedo y de creciente in audibilidad. Uno cuya única amenaza consiste en marcharse y dejarla nuevamente desamparada y sin contrincante, expuesta a la inanición, a la nada, unívocos reductos contra la medianía.
-¿Lo escuchan nenúfares como lo veo yo?: Omniausente, infinito y autosuficiente. Los tiempos también a Él lo han influido. Si antes concedía favores a cambio de algunas almas, ahora la oferta supera con creces su demanda. Se da tregua y consume paciencia para someter a licitación cualquier transferencia. Halla un placer felino en eso de jugar con sus presas. Ahora mismo se resta para asustarme, ahora mismo me reta a que lo retenga, ahora mismo me pellizca para que me alce de este parque ahíto de adjetivos, descrito hasta el hartazgo, saciado de cantares y para que explore otros paisajes: los parques viscerales que dan la talla del efímero paso a la eternidad, los jardines en el mundo que albergan a los que piensan, la luz del último farol ubicado en una estación de infinito arribo, el fin de la comedia, como índice de todo principio.
-Yap yap yap. Suena como un retruécano la respuesta desde ninguna parte y Mariana se cuida mucho de hacer muecas que revelen su satisfacción. Voluble, se cree victoriosa. Confunde el camino con la ruta. Cree en la retórica, en la dialéctica, en la discusión y no advierte que apenas fortalece su dominio en el manejo de argumentos, que vuelve de nuevo al reino de la razón y que se alejan de ella las pinceladas geniales, las palabras visionarias, el arte. Atrapada en su propia trampa y aburrida otra vez de sí misma, dirige la mirada al cielo y en un arranque de espontaneidad, grita a todo pulmón: “¡Yap Yap Yap!”. A lo que una pareja de alemanes entrados en años, responde gentilmente: “ya ya, gutten tag, schonne tag…”. Mariana les responde con la única palabra posible: “Danke”. En efecto les da las gracias porque amablemente la han retrotraído. Un incipiente apetito se le manifiesta como primer efecto del trasbordo. Hambre de deambular entre los rascacielos de Frankfurt y de dejarse llevar por el flujo urbano hasta los hitos culturales de la patria chica de Goethe, patria él de la palabra germana con la cual pugna Mariana. Sobre todo con Fausto yap yap yap.
Al caminar entre rascacielos empequeñece. Los vidrios, los aceros y hasta el aluminio con los que han sido apuntalados, retrucan y deforman reflejos. Ella no escapa del efecto deformador por lo cual se va preparando inconscientemente para entender todo aquello que verá en pocos minutos, cuando haya llegado al Museo Moderno de Frankfurt y se detenga indolentemente a observar las instalaciones, los experimentos, el abordaje fallido que una época quiere darle a la interpretación humana. Una que, por encima del expresionismo alemán, ha eliminado precisamente al hombre, a quien, no obstante, pretende enviarle señales o recuerdos desde el presente devenido instantáneamente antiguo. Pero ¿dónde está el hombre? ¿Será que ya dejado de ser? Se atisba sólo el anticipo de su propia holografía, tan parecida precisamente a los seres impersonales y masivos que desfilan sin ojos por enfrente de los rascacielos.
La visita de Mariana al museo queda suspendida por un arrebato llamado Andrés. Busca frenética un cibercafé.
- Ein cafe bitte und Internet. La solicitud de Mariana no revela desubicación alguna, nadie la habría hecho de otro modo. Ella no sabe si ha sido por imitación o mimesis, lo cierto es que ha pronunciado la frase sin esfuerzo alguno y que un joven la dirige hacia un ordenador disponible. Mientras lo sigue, a Mariana le parece que el muchacho podría ser venezolano o libanés, griego o surafricano pues nada en él revela una quididad acerca de su procedencia, lleva un piercing en la ceja derecha, un gorro con la visera hacia atrás, pantalones inmensos, franela teñida con signos indescifrables y no habla. Callar tiene entre los jóvenes un código estelar, su pensamiento es telegráfico, pues no está concebido para ser dicho sino para ser crípticamente escrito. La palabra oral no les resulta necesaria para transmitir información pues la mayoría de las instrucciones son tácitas, sobreentendidas, obvias, evidentes. Poca gracia tendría, por ejemplo, decirle al cliente “bien, sígame señora. ¿Cómo quiere su café?”, pues si ha venido a un cibercafé es porque sabe cómo se procede, si no lo supiera habría preguntado y en ese caso se le respondería estrictamente lo requerido. Por otro lado, si hubiera querido el café diferente al estándar lo habría especificado. De manera que Mariana, cosificada como los demás, se instala frente a la pantalla y desentumece sus dedos tecleando vertiginosamente las coordenadas codificadas, electrónicas, cibernéticas y virtuales de su hijo. Calcula que según el huso horario, Andrés debería estar desperezándose frente a su teclado, bajando de Internet sus mensajes y revisando cual de sus amigos está conectado para iniciar una sesión de “chateo”. Falsificándose, Mariana exprime del idioma su mínima expresión:
- Épale, chamo. La respuesta no tarda.
- Hello akí todo ok ¿y allá?
De pronto Mariana siente que se le acaba la impostura, que no sabe decir sin significar, preguntar sin interesarse ni compartir el espacio con media docena de internautas que chatean a la vez. Se limita a enviarle cariños y le ofrece un e-mail para el día siguiente, siempre que él le envíe uno primero. Andrés respira aliviado, pues aún tartamudean sus emociones tras los recientes sucesos del día. Mariana cierra la sesión con iconos de los que vienen prefigurados en los programas de mensajería y con los sempiternos consejos maternales. Andrés también le envía iconos, besos y promesas. Ambos paladean simultáneamente un café hirviente con el océano Atlántico de por medio.
En la misma calle, a cien metros, pero en la acera de enfrente, una buhardilla musical atrapa la atención transeúnte de Mariana, se deja tentar por aires marroquíes y porque tres personas entunicadas la preceden. Una vez adentro se avergüenza cuando todas las miradas, oscuras, profundas, brillantes, se prenden de su soledad. Allí huele a hogar remoto, a comodidad y a incienso. Se le obtura el pecho ante la evidencia de estar interrumpiendo una convivialidad. Intenta la retirada, pero es retenida: “Stay!”, comanda una en un inglés colonialista; “reste!”, la tutea otra en francés imperativo. “Varten!”, la conmina alguien en alemán. Ya no puede marcharse, ha quedado atrapada por voces políglotas. En ese lugar el callar emite ondas magnéticas, telepáticas, hipnóticas. Lo mismo ocurre con las palabras pronunciadas, pues al mezclarse, al repetirse, al confundirse unas con otras, se convierten en música de laúd, en aquiescencia. Acomodada entre cojines de lana, con los pies descalzos y a merced de alfombras de seda, Mariana detiene el itinerante samovar y también la pipa de agua; se le humedecen los dedos con aceite virgen al retirar de la bandeja comunitaria una empanada impregnada de diversidades y de exotismo. Por apócope o contracción ha devenido en Maar. Con vida propia y recuerdos desérticos de higos y dátiles, Maar echa la cabeza hacia atrás para escuchar al revés del Mistral y del Simún los cánticos lejanos provenientes de un minarete fantasmagórico. En obediencia a los mandatos colectivamente asimilados se vela el rostro dejando a la vista únicamente sus intensos ojos cerrados, pues se ha dormido, hace eternos segundos, sin amenaza ni advertencia, sin culpas ni demonios. Una mujer mayor se encarga de despertarla con un arrullo. Se incorpora sobresaltada, creyendo que se está durmiendo y al tomar repentina conciencia de la hora, cobra en ella dimensión el apuro. Ha de cenar, con Adriano, el consabido menú de alternancia, enumeración y callar. Llega al hotel tan deprisa como lo consigue el taxista, un maestro en sortear embotellamientos, pues durante la hora pico de tránsito Frankfurt no difiere de otras cosmópolis. A su arribo, la velada transcurre en avenirse a la repetición viciosa, anunciada, prefigurada, consensualmente prefigurada. Un pozo sangriento de vid alambicada diluye asperezas en el torrente cerebral de la mujer solitaria. El consorte bebe Coca cola y omite. Ella aprovecha el silencio para retomar conciencia de su viaje vespertino. Viajé hacia el espacio opuesto a la congoja, hacia el lugar inaudible que pervive en el inconsciente femenino, fui al epicentro sensorial del perdón y del ilimitado permiso para existir adonde nada existe hasta ser nombrado y donde todo se desvanece en el acto mismo de la existencia. Me sumergí en el amplio espectro de lo imposible. Nadé en té y fui arremolinada en espiral y en tobogán abalanzada desde la cima del mundo y desde las entrañas giradas del universo fui dada.
- Mariana, el mesonero quiere saber si deseas algo más- solicita Adriano gentilmente y le responde ella, súbitamente reinsertada en la vida conyugal, que ordene una copa de ese digestivo amargo e inclemente, tan famoso como áspero. “¿Se llama bitter, verdad?”. Así prolonga por un rato más la cena y escucha a su marido que se ha emprendido repentinamente con datos sobre la feria y también acerca de Frankfurt.
- Ah ya, eine bitter bite- comanda Adriano al mesonero y retoma el hilo del monólogo: “A las cinco de la tarde de mañana terminamos con Frankfurt y podremos seguir el viaje. Por la mañana podrías escoger entre más de sesenta museos, incluyendo la casa de Goethe”, le dice a su mujer con ánimos de resultarle grato.
Ella lo mira agradecida y es la primera sorprendida al proponerle a su marido que se queden un día más para visitar alguno juntos. Tarda menos Adriano en carraspear de lo que se demora Mariana en detectar en la microatmósfera un estruendoso yap yap yap.
- Yap yap yap, mujer moderadora, conciliadora, insulsa y soporífera.
- Entiendo, dice Mariana mirando al que frente a ella calla, pero dirigiéndose al socarrón invisible.
El mesonero acude en auxilio de Adriano con la bebida servida en cristal de Bohemia. Callar, paladear, degustar, conforman el declive del primer día del viaje deseado. Adriano recupera la delantera y con ella una ofensiva retirada que le deja a Mariana el deseo rebotando en forma de balón. Ella no consigue esgrimir una excusa para no irse a ver televisión con él, para no rebasarse en expectativas insatisfechas. Para no repetir escenas domésticas en el extranjero, se encierra en el lujoso baño de la habitación del hotel, se sumerge en la tina y adivina, en las tornasoladas pompas de jabón, la renovada presencia del infalible interlocutor. ¿Eres tu burbujeante intangibilidad la que iridiscente me vuelcas? A veces me veo como reflejándote/ vale la pena regresar/ pero diferente. Pronunciar estas palabras en voz alta hubiese equivalido a plagio. Hurga en ellas y las remueve hasta conseguirles el origen. Pertenecieron a finados, a idos, descontinuados muertos. Sin embargo, recurrentes en elipsis, se trasiegan a borbotones y abriéndose paso a través del yunque auditivo, devienen. Son tanto. Ahora eres ellos. Roce, fogosidad. Ahora sois tú: inescrúpulo.
-Inescrupuloso soy, sí- oye decir Mariana al invisible aterrador a quien también siente deslizarse por su piel jabonosa y detenérsele en el pubis y juguetear con sus vellos irisados.
-Tienes la lengua bífida- exclama ella ahogándose en el pronunciamiento. Utilizas la mitad derecha para encantarme con palabras y la izquierda para convertirte en el significado de la palabra encantamiento.
- ¿Creas? ¡Crea! Pregunta y ordena.
- Este viaje que creé hacia el externo, que creí de parajes nuevos y de paisajes, se gira hacia adentro. Hacen metástasis los sustantivos, cancerígenos resultan también sus significaciones. ¿No existe umbral en este alijo de conclusiones? Sólo en la escalada inflacionaria de alucinógenos reside el espacio diferenciado, decantado y puro de la creatividad. ¿Eres yo? ¿Éxtasis o sólo arrobamiento?
- Yap yap yap. Bagazo, despojo, excrecencia. Capta.
- Lo se. Monet, Beethoven, Artaud, Gaudi. Pintura, música, poesía, tangibilidad.
- Yap yap yap, - pontifica Él- la retórica es un recurso perverso; lo son también la moraleja, la anécdota, la remembranza. Arte es síncopa de alteración. Te lo he dicho todo, me he vaciado en ti. Me debilitas, me restas, me apocas. No basta que sufras tentación de fracaso recompensado.
Dicho esto, de la voz de Lucifer apenas queda un murmullo: “OH vanidosa expectación la mía haber creído. Esta mujer es el diablo. Ardo. Vale la pena regresar/pero cambiado”.
Han desparecido las burbujas de la bañera, el agua se ha tornado fría y una capa oleosa traza siluetas en la superficie, desdibuja una abominación. Mariana activa el moderno desagüe y constata divertida que está dotado de un sistema autolimpiante curiosamente silencioso. Sonreír le permite deslizarse imperceptiblemente en la cama compartida y obviarse.
Frankfurt distrae a los esposos en sus respectivos intereses de segundo día. Adriano coteja precios y servicios, corona encuentros comerciales, visita el ala oeste de la exposición de máquinas, deglute una salchicha, bebe Coca Cola. Luego revisa la pantalla anunciadora de eventos extraordinarios y acude a un desfile de textiles sintéticos de última generación cuyas fibras son unidas con hilos de pegamento. Resuelve no quedarse a la conferencia del dermatólogo a cargo de las explicaciones médicas acerca de la inocuidad de los modernos componentes y técnicas que garantizan el ensamblaje veloz y sin riesgo para las operarias del sistema ni para los usuarios. Prefiere llevarse un extracto de la ponencia por escrito y las direcciones de los posibles suplidores por si acaso surgiera algún interés entre sus clientes. Lucubra sobre uno de ellos en particular a quien se propone seducir para la eventual compra de una máquina que pudiera servirle de exhibición y prueba. Mientras desacelera el paso en el último pasillo, calcula mentalmente qué porcentaje de la negociación estaría dispuesto a financiar. Cuando está a punto a regresar para buscar información adicional que le sirva de sustento, siente que un fuetazo de sentido común lo detiene en seco. La situación del país no permite semejantes experimentos, tampoco podría convencer a su suegro de emprender semejante aventura tecnológica, ni semejante desembolso. La frustración le aprieta el íleo, pero un recuerdo de la infancia acude a su memoria para despistarlo. Compara su desilusión con la que vivió de niño ante la negativa de su padre de comprarle un tren con motor de vapor, cuando juntos visitaron la República Federal de Alemania. Recuerda que en aquella ocasión estaban tan cortos de dinero que hubieron de vender manualidades en las plazas y realizar toda clase de peripecias económicas para pagarse la gasolina, el cuarto en la pensión y dos comidas diarias. El recuerdo de su astuto padre lo acompañó aún por algunos minutos, ciertamente le hubiera gustado parecérsele más, pero pudo conjurarse al ganar la calle, adonde sus pupilas debieron acomodarse a la luminiscencia del mediodía. Le restaban aún dos horas para el encuentro acordado con Mariana, las aprovechó para visitar una tienda por departamentos en busca de algunos encargos, sobre todo medicinas y cosméticos, para familiares y amigos. El resto del tiempo se lo dedicó a mirar cámaras de video porque le rondaba la idea de filmar varias líneas de producción, lo pensaba como apoyo para la venta de algunas maquinarias cuya representación bregaba. Le alcanzó el tiempo para echarle un vistazo al periódico y por encima de éste a los excéntricos transeúntes que desfilaban por delante de la cafetería adonde se bebía la tercera Coca Cola del largo día que acabaría en Sopron, una ciudad antigua húngara que, estaba seguro, haría las delicias de su mujer. Adriano lo pudo constatar cuando, de regreso a la habitación del hotel, Mariana lo recibió con las maletas hechas y con el hilarante grito de “Scarbantia”.
-¡Nos vamos, nos vamos ya para Scarbantia- exclama Mariana eufórica y su marido calla para mejor asentir.
- Así llamaban los romanos a la ciudad de Sopron”, agrega con desmesura y luego, sin pronunciar palabra alguna: “Cronoscopia el que entre Frankfurt y Sopron recorramos diez siglos…”.
Durante toda la travesía hacia la frontera austro-húngara, se instala entre ellos una mampostería. A medida que se aproximan a la tierra magyar Mariana recupera de algún escondrijo las palabras húngaras que recuerda de Mádacs y se las dice a su marido: “¡legy üdvozolve idegen!” y él, conocedor de esos vocablos, responde a la bienvenida en alemán: “danke” y luego traduce la frase al rumano “¡bine-ai venit!” y ella complacida sigue el juego en francés, en castellano, en inglés. Los automóviles silban de velocidad a los dos costados y los esposos ven crecer sola la muralla que los distancia a pesar de haber jugado con las palabras, con los idiomas, con el lenguaje y con toda rapidez mental. Sirve de argamasa el que ambos cavilen por separado. Él piensa sobre si conviene informarle a su mujer acerca de la visita que Juan le hiciera a Andrés y que su suegro le ha contado por teléfono. Mientras tanto ambos callan indeterminadamente. Ella recuesta la cabeza del esponjoso respaldar y se cuenta a sí misma aquello que sueña encontrar en Sopron. Imagina el burgo con sus plazas, imagina la fecunda cópula entre el lenguaje de los hunos y el latín de los conquistadores, imagina con tanta densidad que sus visiones adquieren verosimilitud documental. Sumida en una historieta medieval atestigua la preparación de zumos alquímicos y huye por laberínticos pasadizos. Cosquillean ahora sus bronquios a causa del leve polvillo áurico que la cubre. Por culpa de su estruendoso estornudo la han detenido ingentes captores, quienes, fascinados por la extranjera, aguzan el tacto para verla mejor. Únicamente manoseándola pueden mirarla en verdad pues sus ojos están hechos a las sombras de mecheros e infiernillos. Ella en cambio los mira con los oídos esforzándose por detallar sus murmuraciones. Alcanza a ver algunas: “vulnerant omnes, ultima necat…alea jacta est”. Las ve, sí, en forma de un gran reloj cuyas agujas marcan la proximidad rimada entre muerte y suerte. Recrudescente incertidumbre. La intemperancia ha carcomido las visiones auditivas en el sueño de Mariana y ella se lamenta con palabras de Goethe: “Mehr Licht” (más luz, más claridad intelectual, más ciencia, más verdad), pero apenas dicho y aún en sueños Mariana rememora las palabras escuchadas la víspera acerca de su diabólica quietud y las responde: ¡Monta tanto monta! Somos lucha entre pensar y crear; divorcio entre imaginar y hacer; incomprensión entre el intelectual y el artesano. Idénticos complementos de difícil aceptación. Insistes en que te paralizo cuando el detenido eres tú. Invádeme, hazte presente, hágase tu voluntad si la tuvieses. Calificamos, degradamos, calibramos a los demás para desgastar la vara que pueda medirnos a nosotros. Me río de tanto comprender. ¿Asientes? Retroalimentas en mí el fuero de existir en contrapartida. Dialéctica esencia ésta de cobrar vida por reflejo de otro.
Un rayo vertiginoso zigzaguea hasta despertar a Mariana a tiempo para hacerla atajar en un trueno la furia de Zeus. El viaje a Sopron ha sido largo, el descanso merecido, Adriano yace plácido, a su lado, mientras ella sobresaltada se alza para dirigirse hacia la ventana. Se asoma a otra realidad, la calle mojada luce desde arriba como un espejo de cemento y alquitrán, la lluvia ha obrado sobre el pavimento un efecto reflector sobre el cual se desplazan las almas tempraneras. Allí se ve apurar el paso a mucamas y camareros de hotel. Es ella quien va identificando a los pocos transeúntes según su antojo. También les inventa nacionalidades en tránsito hacia una vida mejor. Mira a la mujer que espera el autobús en la esquina. Viene a trabajar al hotel luego de haber dejado dispuesto el desayuno y el almuerzo de su hijo adolescente que ya casi no desea responderle pregunta alguna en rumano, ella no tiene tiempo sino para trabajar, si llegara a preguntarse si ha hecho bien en emigrar clandestinamente, para ofrecerle al muchacho un futuro mejor, lloraría hasta perder en riesgo su empleo. Allá en su Moldavia natal también tuvo que estar en pie catorce horas para sobrevivir. Allí remachaba en una fábrica y tampoco le alcanzaba el sueldo, pero aquí al menos el hijo podría desafiar su monolítico destino y tentar otra suerte. De manera que Mariana la deja tomar el autobús y viajar en él durante cuarenta y cinco minutos, y no la acompaña hasta la estación de tren, ni lo aborda con ella, ni viaja con ella otros cuarenta y cinco minutos para llegar a su casa y tampoco entra a gritos contra los adolescentes que encuentra dormidos con cara de beatos, en la sala, rodeados de botellas de cerveza. En vez, Mariana se desliza nuevamente entre las sábanas que cubren a su marido y virándose hacia él acompasa su respiración con la de él y aspira el aire que él expira. Se produce entonces la inversión de la escena: Adriano despierto a un día pleno mira dormir a su esposa. A él también le viene bien holgazanear un rato para luego recorrer juntos la ciudad pues han llegado muy tarde, cansados, medio dormidos. Cela el sueño de Mariana y recuerda haberla remolcado con esfuerzo desde el carro hasta la cama. Vela el momento en que se despierte y puedan desayunar sabores húngaros y complacerla con en ansiado paseo. Todo lo cual transcurre como vivido bajo la mirilla de una cámara lenta con repentino pase del gran angular óptico a la aproximación microscópica. El lente bombea secuencias, late, sístole diástole, manteniendo bajo presión sanguínea el sueño y la vigilia, las visiones, las acciones, lo genérico y lo neutro, la adrenalina, las endorfinas, los tendones, la epidermis.
El viaje prosigue su curso a velocidad automotor. A él le importa ubicar los expendios de gasolina sin plomo, a ella los parajes floridos. A él esquivar los embotellamientos de tránsito y llegar a buena hora a los mejores restaurantes, a ella adivinar el efecto que el pápikra picante tendrá sobre su paladar, rociarlo luego con vino tinto, degustar la aspereza de su propia lengua, rozándosela descaradamente contra los dientes mordisqueándosela, herirse luego el cielo de la boca con un bocado de crujiente pan de fabricación casera. Sobre el leve y salobre sangramiento untar una fina capa de hígado de ganso cuya apetitosa adherencia perdure. Entre bocados volver al vino. Que la lechuga aderezada con vinagre azucarado cicatrice instantáneamente las deliciosas abrasiones y luego deleitarse en postres cremosos de aristocrática factura. Adriano prefiere mantener la radio apagada y acrecentarse de gusto al mando de un vehículo nuevo, potente, cuyas respuestas difieren de todos los que ha conducido jamás. El imperceptible sonido del motor lo hipnotiza. Piensa en la tecnología invertida en conseguir tan fascinantes resultados. Se remonta a la historia de la industria automotriz, a las marcas y a los modelos que conoció durante su infancia, a los Trabant de dos tiempos y dos cilindros, cuyos ochocientos veinte kilos de peso podían levantarse en vilo. Acariciando el lujoso volante, sin perder de vista la reluciente carrocería ni la vía, se sonríe recordando las recorridas tantas veces en Trabant. No era más que una motocicleta disfrazada de automóvil, un eufemismo de carro, cuyo parafango podía ser reparado con ingenio y pegamento, lo mismo que la carrocería compuesta por una mezcla de resinas y lana. Mariana detectó en la sonrisa de Adriano un resquicio.
- ¿Dónde estás?, quiso saber ella, y Adriano percibió tanto interés en la pregunta que aumentó el volumen de sus pensamientos para compartir con ella múltiples detalles técnicos del Trabant. Le hizo saber que los primeros fueron fabricados al cabo de la segunda guerra mundial, en la ciudad de Zwickau, que carecían de bomba de aceite y que eran famosos, entre otras cosas, por la cantidad de chistes y refranes que se contaban sobre ellos. “Aún en la actualidad- le dijo- existen numerosos Trabant en circulación, sólo que ahora son objeto de culto. Sus propietarios mantienen páginas web en las que anuncian variados eventos y donde publican avisos clasificados de compra y venta; incluso tienen un álbum de fotos especial para sentimentales.
- Cuéntame alguno de los chistes- requirió Mariana
- Se decía que tenían capacidad para ocho personas- la complació Adriano volviendo a reír y demorando el desenlace humorístico de la anécdota, para aumentar la curiosidad de su esposa.
- ¿Cómo podían caber ocho personas en esos carros tan pequeños?
- ¡Precisamente! : cuatro adentro más los cuatro de afuera … para empujarlo … Trabant significa algo así como compañero y en verdad eso era, una especie de amigo temperamental que cuando más lo necesitábamos nos dejaba varados, pero sin el cual no podíamos salir a divertirnos, un amigo que nos mantenía preocupados con sus problemas, un egocéntrico que negociaba permanentemente con su solidaridad. Uno que nos hacía despertarnos temprano para hacer infinitas colas en la gasolinera y luego no le daba la gana de funcionar o, al contrario, una vez que arrancaba quedaba viciado, engolosinado.
- Ah –exclamó de pronto Adriano, luego de un corto silencio- me acordé del nombre del material con el que estaba hecho, se llamaba Duroplast. Hay que ver lo mucho que inventaron los comunistas alemanes para prolongarle la vida al pobre Trabant; por ejemplo le adosaron un motor modelo Polo de Volkswagen, para hacer una versión oriental del Goggomobil. Por supuesto que no lo bautizaron con motetes occidentales sino que se referían siempre al D.K.W.
- Eso suena a K.G.B, a nomenclatura- acotó Mariana y exagerando su interés en el Trabant, preguntó: ¿A qué responden esas siglas?
- Significan Das Kleine Wunder, algo así como la pequeña maravilla. Imagínate que alcanzaba, teóricamente, la velocidad de noventa kilómetros por hora, menos de la mitad de lo que llevamos ahora en esta autopista húngara. La caja de velocidades de los Trabant no estaba sincronizada. ¿Te puedes imaginar lo que significaba acoplarlas?
Mariano siguió hablándole a Mariana del modelo limusina y del modelo coupé, mejor conocido como “Kombi” y del volumen de ventas y de las compras de segunda y hasta de tercera mano. “¡Sabes- exclamaba- un Trabant está formado de 4.000 piezas! Tiene el tanque de gasolina al lado del motor y el enfriamiento es por aire”. Mariana sólo asentía.
- ¿Cuál fue el primer carro que manejaste tú, Mariana?, le preguntó Adriano, sin obtener respuesta. Al virarse inquisidor, buscándola, sólo encontró en el rostro de su mujer un magnífico mohín al respondió reasumiendo el monólogo. Habló entonces de otros vehículos, de uno en particular de última generación que habría comprado de no haber sido por la inseguridad reinante en las inmediaciones de la fábrica. La conminaba a que también escogiera uno nuevo para ella, le proponía uno de dirección automática que le ahorraría esfuerzos inútiles en los cada vez más congestionados embotellamientos de tránsito. Hablablaba en continuo, sin reparo ni pausa. En contrapartida ella involucionó hasta transformarse en adolescente y como tal prendió la radio, sintonizó una estación local y desesperó a su marido al tararear, al unísono con los gitanos, un coro beodo. Reconocía muchas canciones provenientes de una patria atávica. También iba recordando cuentos gitanos, principalmente uno cuyo texto había intentado traducir alguna vez, desde la versión francesa. La inmortalidad del gitano era allí transferible pues mientras uno sólo de ellos permaneciera vivo, vivos estarían con él todos sus ancestros. Es por eso que algunos creían que los mejores instrumentos musicales de madera provenían de los árboles que crecían en los campos santos y atribuían su perfecta afinación a una virtud hereditaria.
Una canción plañidera ocupa ahora el universo sónico y Mariana advierte en el quejido de una madre, una presencia sefardí. Hasta cree detectar en la lengua roma algunas desinencias ladinas, algunas declinaciones moriscas, algunas lágrimas en yidish.
Monumental, el edificio del Parlamento húngaro devuelve a los esposos el deseo de conversar. A Adriano la boca se le hace agua en anticipación a la sopa que ha de ordenar en cuanto encuentre la calle exacta del restaurant de Náncsi néni, el lugar recomendado por el sitio en Internet adónde antes de viajar, ha consultado sobre los mejores comederos.
- Yo, definitivamente, voy a pedir un csolent- dice Mariana con sorprendente autodeterminación y luego prosigue, como quien ha investigado en carcomidos libros de cocina y con la ayuda de diccionarios: “Todo el jocus pocus de este plato tiene que ver con la tradición judía; ya sabemos que el día sábado lo hizo Dios para que los humanos podamos descansar y darle las gracias a Él (no en ese orden, por supuesto. En consecuencia ese día está prohibido cocinar. Así, pues, las buenas señoras judías preparan el csolent desde el viernes y al día siguiente lo llevan al panadero para que, con el calor remanente del horno, se caliente. Nadie se ha explicado jamás porque no se considera trabajo llevar semejante hollón hasta la panadería. Por tratarse de un plato judío, los ingredientes han de ser kosher, de ninguna manera derivados porcinos, así que el sabor ahumado habría que obtenerlo de la gran salchicha resultante del cuello embutido de una oca. Pero los húngaros, que no tienen que ceñirse a semejantes normas ortodoxas, han sabido suplir el ganso con todas las carnes ahumadas posibles (lengua, jamón, chorizo, costillas, chuletas, codillo) y hacen un csolent extraordinario. El csolent lleva caraotas blancas, a las que se les agrega un puñado de cebada y cantidades de ajo, cebolla, pimentón, todo aderezado con abundante páprika, dulzón al comienzo de la larga cocción, pero luego, poco antes de servirlo, se le añade una pizca del picante. ¿No se te hace agua la boca? A mí sí, sobre todo rociado con Sangre de Toro egregio.
- ¿Quieres decir de Egres, la región vinícola?, pregunta él, revelando las carencias propias de quien nunca ha estudiado en castellano, ni mucho menos escuchado la palabra egregio, pero con la propiedad del entendido en geografía.
Ella se muestra complacida con la respuesta de su marido, pues sabe que si bien es cierto que el buen tinto en cuestión proviene en efecto de Egres, al norte de Hungría, no le cabe con menos certeza el calificativo de egregio.
- Sí- afirma ella conspicua, reservándose toda mordacidad en cuando a los hábitos abstemios de su marido y dejando pernear al mismo tiempo un dejo de admiración hacia Adriano por su capacidad de sorprenderla con datos.
- La Sangre de toro ( o Bikavér) -continúa él con la debida esdrújula fonética húngara- es un vino de mucho prestigio, lo leí en la guía Michelin la otra noche, mientras te bañabas, en Frankfurt.
- ¿Entonces te convencí, vas a probar el csolent y el Bikavér? -pregunta ella con más ánimos de distanciarse de la bañera de Frankfurt que de conocer realmente las apetencias de su esposo.
- No, tal vez prefiero un buen gulyas con Coca Cola, -responde él sin remilgos- las caraotas blancas me recuerdan siempre el rancho que nos daban en el ejército dos veces al día, durante los setecientos y tantos días que duró ese infierno. O a lo mejor quieres que compartamos esa especie de parrillada húngara que trae varios tipos de carne, de vaca, de puerco, de carnero, de conejo, de pollo y que sirven sobre una bandeja de madera. ¿Te parece?
- “Yap yap yap- escucha Mariana adentrándose en ella nuevamente el desorden, el genio del impiedoso discursante- en verdad te arrojas bulímica a la nada. Llenar los espacios huecos con palabras vacías sólo conduce a la repetición. Hipócrita camuflaje éste de ir con la corriente. Yap yap yap. Súmete en la inmediatez perenne de la feminidad y déjame a mi tranquilo”.
Mariana aprovecha, entonces, los pocos minutos que tarda Adriano en acomodar el vehículo en el estacionamiento del restaurant de Nancsi néni, para responderle internamente a la voz: “Monolítico y unívoco quieres inducirme a una determinación. No intuyes Yap que en cuanto optara, enseguida añoraría otra. Nimbo/ Abismo de aureolado vértigo/ En caída ascendente el foso desaparece/ Desde tan de cerca visto fuiste Todo indiferenciado/ Volteada la mirilla/ devienes punto.
Dicho esto, Mariana recupera el gesto, largamente desaparecido, de acariciar el cabello de su marido y lo sigue gentilmente hasta el mantel de cuadros rojos, verdes y blancos ubicado en una esquina. Él le dispone aquella silla desde la cual pueda ver entrar y salir a los comensales y mirar, como sinónimo de inventar, en quienes almuerzan, incluidos ellos mismos, sus pequeños dramas cotidianos. Una vez instalados frente a una copa de vino y otra de Coca Cola, Adriano encuentra, en palabras, el modo de contarle a su mujer que Juan ha visitado a Andrés y que no debe preocuparse pues todo ha transcurrido.
- ¿En qué piensas?- le pregunta a su mujer callada, con sinceros deseos de entrar en detalles si fuera necesario.
- Pienso en el punto y en el nimbo- le responde ella ensimismada.
- Dame un punto de apoyo y levantaré el mundo fue lo que dijo Arquímedes, pero, ¿qué significa nimbo?- replica Adriano irreconociblemente conversador- ¿Significa nube, del latín nimbum? -repregunta sin obtener respuesta.
El callar de Mariana recuerda algunos sauces que engañan los oídos a la orilla de los ríos, así como callar deja inmediatamente de llamarse soledad para volverse sonsonete, retintín, eco cenital, eco eco eco eco.
útero reproducido
en hojas otoñales
Tornasol cuanto secante
trazo
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